dom. Sep 26th, 2021

Por Bertha Hernández / “Tomado de La Crónica”

Sobresaltos e inquietudes: de repente, en las pequeñas cosas de todos los días se deslizaban algunas palabras, que corrían por las calles, que entraban en las conversaciones, que llegaban a las casas traídos por el que vendía las verduras, por el peluquero que cortaba el cabello del padre de familia. Cualquiera podía compartir y echar a rodar esa historia extraña, esa trama que hablaba de peligros latentes, de acechanzas, de eso que no tenía cuerpo ni nombre ni apellido, pero que ponía en peligro el mundo construido: un rumor.

El México setentero era un país de diversiones sencillas. La gente se emocionaba con contenidos televisivos cuyas referencias venían de un mundo relacionado con la vida de las comunidades pequeñas: un barrio, un edificio de departamentos, la cuadra en la que se vivía, una parte de la colonia.

Eso explica el éxito de producciones como ¡Sube Pelayosube!, nacida originalmente como Juan Pirulero, programa de concursos conducido por Luis Manuel Pelayo —la voz de Kalimán en la radio— que lo mismo buscaba al caballero que cantase igual que Pedrito Infante o a la muchacha que resultara igualita a Angélica María para entonar, con todo y suspiritos Cuando me enamoro. Familias enteras se apersonaban para participar en el palo ensebado, porque si el padre lograba llegar a la punta, caería sobre su esposa y sus hijos un diluvio de obsequios, útiles y necesarios. Eran Pelayo y su equipo los creadores de El bello durmiente, un concurso en el cual vencería aquel señor capaz de pasarse un mes o dos acostado, vestido con un pijama rayado, sin hacer otra cosa que ver televisión, comer a dos carrillos y… dejarse ver, en el escaparate principal de una tienda de muebles y electrodomésticos ya desaparecida, Viana, en una esquina concurridísima, la de José María Izazaga y San Juan de Letrán. El “durmiente” se la pasaba acostadito, saludando a los mirones —que siempre tenían colmado el lugar—, atendido por elegantes meseros. Si aguantaba la inactividad, el concursante también conocería la alegría de ganar un dineral y un montón de objetos para renovar su hogar. Mirado desde el presente, El bello durmiente es el antecedente de los reality show que a estas alturas ya no impresionan a nadie.

Las telenovelas, consagradas como un entretenimiento exitoso y consolidado encumbraban lo mismo a mujeres con un aire “chic”, como las actrices Lucy Gallarddo e Irán Eory, estrellas de El Amor tiene Cara de Mujer, que a una joven con carita de ser una muchacha sencilla, como tantas otras de esos días, y que se llamaba Ofelia Medina, a quien las familias de la época vieron en Natacha, luego en Lucía Sombra y después se volvió una estrella al encarnar a la jorobadita Rina —que originalmente iba a ser coja— junto al galán Enrique Álvarez Félix. Y, encima, una niña, Graciela Mauri, había roto el récord de las telenovelas largas: estrenada en 1974, Mundo de Juguete duró, nada menos, que 605 capítulos, y perduró, un buen tiempo, la fama de Hermanos Coraje que se promovió como la “primera gran teleserie” —claro, facturada por los competidores de Telesistema Mexicano.

Los niños eran atosigados, a las 8 en punto de la noche, por un breve corto animado: “Vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”, cantaban Cleo, Tete, Maripi, Colitas, Pelusín y Cuquín, la Familia Telerín. Por el día, muchos usaban las playeras “unisex” con dibujos de animalitos o con paisajes, y muchos tarareaban alguna de las canciones del hit disneyano de la época: Los Aristógatos, donde TinTan hacía una de sus últimas grandes obras en materia de doblaje: el gato Tomás O’Malley.

Tal vez, solo tal vez, si se habla de sustos memorables, habría que recordar el estreno de la película El Exorcista, en 1974, que venía con la fama de ser el colmo del terror fílmico. Cundió la paranoia colectiva: menudeaban los chismes que hablaban de gente “poseída por el diablo” aquí y allá, mientras las carteleras insistían en que la película era clasificación “Sólo Adultos”, y se recomendaba abstenerse de no verla si se era sensible o si tenía algún padecimiento cardiaco. Se llegó a hablar de infartados a media película, colapsado el corazón por el pavor. Mientras, el libro en que se basó el filme se vendía por carretadas y estaba en muchísimos hogares de todo el país.

Pero, en ese mundo que parecía correr con placidez, ya se ha contado, la presencia y las acciones de los movimientos guerrilleros urbanos, las tensiones sociales heredadas de la década anterior, la explosión demográfica y la contaminación —se puso de moda para nunca irse la palabra “smog”—, el crecimiento de los movimientos sociales de izquierda y la presencia omnímoda de un Presidente con claras simpatías por el experimento socialista chileno y que sostenía una fuerte confrontación con algunas cúpulas del poderoso empresariado mexicano, propiciaron la circulación de historias que parecían encaminar al país a días tan oscuros como los que se habían vivido en Chile.

Y aunque muchos de los que eran ya adultos en esos días vivían aspirando a la normalidad cotidiana, ahí estaba: como una espina clavada en el ánimo: como el temor de verse atrapado de repente entre el tiroteo consecuente de un asalto bancario; como la sospecha de que el sexenio, en el que, a medida que avanzaba se hablaba más de inflación y de desempleo, tenía enemigos ocultos y no tan ocultos que hablaban de operaciones sordas, semiencubiertas, para sumir al país en el desastre y la inestabilidad.

México era un país de rumores.

DEL EJÉRCITO GOLPISTA A LA CARRERA HACIA EL SOCIALISMO

Aún con el impacto emocional del golpe militar en Chile, que los mexicanos habían seguido de cerca, a fines de 1973 corrió la versión de que el Ejército mexicano preparaba un levantamiento muy similar al encabezado por Augusto Pinochet. Circuló, escribieron los columnistas políticos, un mensaje, anónimo, que exhortaba a la milicia nacional a asumir un papel “salvador” que evitar que México se encaminara, en vista de las simpatías ideológicas del presidente Echeverría, hacia el socialismo. Muchos periodistas de la época vieron en aquella historia la zarpa de la legendaria CIA estadunidense, especialista en crear corrientes desestabilizadoras en los países donde los movimientos contestatarios eran o parecían ser robustos. Algunos se preguntaban a qué sectores o grupos de poder podría interesarles promover un golpe militar en México.

Desde luego, no ocurrió nada. Pero el fantasma del militarismo fue empleado repetidamente, y planteado como un riesgo real en la vida de los países latinoamericanos que no habían caído en los yugos de las dictaduras castrenses. Tal vez por eso, cuatro años más tarde, en 1977, la misma versión que promovía a un gobierno militar como la gran solución a los problemas nacionales, volvió a circular.

En tiempos de la guerra fría, ese otro fantasma muy socorrido para perturbar los ánimos, el del socialismo, era cosa frecuente como parte de las confrontaciones políticas. La iniciativa de una nueva Ley de Asentamientos Humanos, enviada al Congreso de la Unión a fines de 1975, y que pretendía dar orden al crecimiento de las ciudades, fue el punto de partida para las reuniones de los empresarios más poderosos en Chipinque, Nuevo León.

De allí partieron numerosas versiones según las cuales, lo que el gobierno echeverrista pretendía con la nueva ley era determinar en dónde y cómo vivirían los mexicanos, y decidir qué empresas y actividades productivas se establecerían en qué regiones o localidades. En aquella reunión, a la que muchos conocieron como “La conspiración de Chipinque”, se concluyó que el espíritu de la iniciativa era conducir al país a un modo de vida “socialista”, y se llegó a pensar en denunciar, como un bloque, las pretensiones del Presidente.

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