lun. Sep 20th, 2021

Arnulfo Vigil

A diferencia de los súper héroes marvelianos y de otras galaxias alfombradas y con calefacción, salidos de una mesa de dibujo o de un programa de animación en la computadora, nuestros héroes mexicanos son de carne y hueso y por lo tanto sudan, sangran, vomitan, lloran y mueren. Y eso les da precisamente la inmortalidad. No como Supermán, por ejemplo, que no muere y si muere resucita y ya no muere y ahí anda y ya sin poder alguno porque la verdadera muerte del hombre de azul y rojo es el aburrimiento.  

    Así es que nuestro Súper Héroe Pedro Perro Aguayo ha muerto. El jueves 3 de julio ocurrió su deceso. El súper héroe perdió la lucha final contra los ciclos de la naturaleza. Perdió, no la cabellera ni el cinturón de campeón mundial ni el campeonato nacional, que tuvo en su vitrina, sino la vida. Nada menos. Y nace entonces la leyenda. Esa que cubre a nuestros héroes con el manto púrpura de lo inmarcesible.

    A los 73 años de edad, en Tala, Jalisco, donde residía, murió el miércoles por causas naturales. Una vida ruda. Su gran colección de cicatrices y lesiones, los golpes recibidos, los cansados viajes y las rutinas estresantes se acumularon en un cuerpo que rindió tributo a la madre naturaleza, como se dice en las novelas de aventuras. Pedro Perro Aguayo nació el 18 de enero de 1946. Su infancia pobre lo obligó a realizar varios trabajos desde niño y adolescente. Pocos después en sus correrías por las calles buscando el sustento diario se topó con un gimnasio y comenzó a entrenar.

Su carrera se extendió a lo largo de 30 años hasta convertirse en uno de los luchadores “más espectaculares del pancracio nacional”, como decía el inolvidable Gerardo Castro. En su carrera dejó sin cabellera a grandes cartas de la baraja luchística: Karloff Lagarde, Ray Mendoza, Negro Navarro, Texano, Sangre Chicana, Bestia Salvaje. Asimismo descubrió la identidad de Konan y Máscara Año 2000. Tuvo varios campeonatos mundiales y nacionales. Y se enfrentó con lo más selecto y granado de la historia de la lucha libre mexicana, espacio en el cual ocupa un escalafón de privilegio.

Su nombre estará grabado con letras de oro en el libro de los inmortales, sobre todo por su visión de la lucha libre, el deporte mexicano por excelencia, que se guardará como herencia y como fundamento de lo que es y debe ser un luchador:

“Siempre he considerado que un luchador de a de veras, no como tanto improvisado que anda por ahí, se la rifa en cualquier lugar, por más grande o modesto que sea, y en las condiciones que se presenten, ya sea que haya mucho calor, o frío o que llueva en arenas sin techo, pequeñas. Yo he luchado en todas y nunca me he rajado o puesto peros. Otros sí: que si la lona está arrugada, que las cuerdas no son las apropiadas. En todas las arenas se hacen los mejores esfuerzos, los empresarios por modestos que sean también hacen su lucha y quieren crecer. Entonces uno como luchador tiene que apoyarlos. Ejemplos de eso hay muchos, no sólo yo. Blue Demon, ya señor y grande como lo era, luchaba donde lo invitaran, lo mismo El Santo padre, o El Solitario. Y también se debe brindar la mejor función, dar lo mejor de sí como si estuviera en la mejor arena del mundo. Mis luchas eran igual en cualquier arenita de provincia que en la México o en la Monumental Monterrey, iba con todo. Porque hay algo muy importante: el público. A la gente que va a ver a uno hay que responderle y la gente responde. Una vez un empresario de una arena de barrio no completaba para la garantía, se veía muy apurado y le dije: no se preocupe, esta lucha me sirvió de calentamiento para la lucha de mañana en Monterrey. Lo mismo hacía El Santo. Se trata de no porque ya seas figura te creas la pura crema, porque todos empezamos desde abajo, y gracias al público y a la entrega de uno, poco a poco se va subiendo. Así todos. Porque la lucha la hacemos todos”.    

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