dom. Jun 26th, 2022

Óscar Tamez Rodríguez

Un grupo de los llamados servidores de la nación, acusaron despido porque se negaron a condicionar los programas sociales que ofertan a los mexicanos, a cambio de garantizar el voto electoral en favor del partido en el gobierno.

Al país le urge una transformación, la cuarta o la quinta, el número que sea, pero una transformación que inicie, en palabras del líder de la 4T, de arriba para abajo. Una donde la honestidad, honorabilidad y legalidad sean su base de soporte.

Al momento, lo que hemos visto es un gatopardismo, cambiamos todo para que todo siga igual. Gracias a la democracia, en el 2018 se cambió radicalmente al gobernante del país. Se dijo no a los representantes de los partidos que habían gobernado y se eligió una opción radicalmente distinta.

Fue un cambio cargado de esperanza, de verdaderas modificaciones en el actuar de los gobernantes, uno que llevara a las oficinas gubernamentales la honestidad, legalidad, transparencia y honradez; ese fue el sueño que concluyó en pesadilla.

Quienes llegaron lo hicieron con mayor indiferencia, opacidad e ilegalidad. Su justificación al día de hoy es que los anteriores estaban peor. Eso puede ser o no cierto, pero aquellos fueron electoralmente juzgados y en mayoría se optó por negarles la confianza.

Los servidores despedidos por negarse a violar la ley pagaron el precio por su honestidad: fueron despedidos por no querer usar electoralmente su función pública.

La sociedad demanda gobernantes y no más personajes deshonestos. Se requiere de una verdadera transformación que devuelva confianza a los gobernantes, donde el actuar sea congruente con los principios de legalidad y transparencia.

Es entendible que el actual gobierno surgido desde la izquierda radical prosocialista desee permanecer varios sexenios en el poder, lo que no es razonable ni negociable son las formas y métodos para pretender hacerlo.

El clientelismo electoral de los gobiernos siempre existirá, por ello en todo gobierno existe un área de comunicación social la cual tiene la función de difundir los logros y aciertos del gobierno y el gobernante, eso se entiende, sin embargo, intimidar a los ciudadanos no es clientelismo, esas son prácticas del viejo sindicalismo en el mundo, de las mafias, de los totalitarismos.

Pretender el clientelismo no equivale al chantaje. Por supuesto que los gobiernos buscan ganar las simpatías de los electores, pero eso se gana en forma honorable mediante un trabajo socialmente aceptado.

Con dádivas se ganan simpatías, pero son adeptos iguales a los que consigue aquél quien paga siempre la parranda a los amigos, ese tendrá amigos mientras tenga para costear la juerga. En el gobierno sucede lo mismo, mientras haya migajas qué repartir, habrá “amores comprados”.

Lo que el país vive no es una transformación, es la imposición de una ideología, de una fracción del pensamiento político mediante la compra o el amedrentamiento.

Todo indica que la apuesta es la de aumentar su base de menesterosos. Su plan electoral gira bajo la premisa de, cuánto más pobres, más clientes y por consiguiente más potenciales votos a favor.

Los gobiernos con discursos populistas tienen simpatías naturales en países como el nuestro, no se requieren actos autoritarios, totalitaristas o dictatoriales para lograr el clamor popular.

Claro, son amores comprados y como tales siempre se irán al mejor postor, quizá ese es el miedo en la 4T, saber que la lealtad de sus electores es la del mercenario. La lealtad comprada con dinero y no con convicción. ¿Por eso imponen su verdad?

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