sáb. Ago 13th, 2022

Óscar Tamez Rodríguez

El estado de Nuevo León padece la peor sequía en décadas, bueno, corrijo, la peor escasez de agua en los hogares que quizá no es la peor sequía.

Revisarlo desde diferentes ángulos, lo simplista sería decir que se debe a la falta de políticas públicas gubernamentales que ofrecieran soluciones.

El problema del agua es histórico, ésta es una de las causas, no sólo en los pasados 40 años y al caso de don Alfonso quien trajo al indio danzante para que desde la macroplaza hiciera llover. Leer la historia de Nuevo León nos recuerda que este territorio es de clima estepario.

El noreste mexicano y Nuevo León incluido no se han caracterizado por tener abundantes aguas (excepto Tamaulipas), quizá parecía mucha agua hace 449 años cuando Luis de Carvajal de la Cueva identificó el abra que conectaba a Mazapil con el antiguo Tampico, lógico, no había poblaciones fijas, predominaban los grupos nómadas y semi sedentarios.

Carecer de agua tiene que ver con definiciones. Primero, entender que no carecemos, que es insuficiente la que tenemos para la población que somos; segundo, que consumimos más agua las mismas personas; tercero, que afectamos al ciclo del agua en la zona y cuarto, que hay una sequía real.

La sequía actual es de menor magnitud a las sufridas en otros momentos, nos impacta más porque dependemos más del agua entubada, de la que sale en las llaves domiciliarias.

Entre 1975 y 1985 la entidad padeció sequías intensas, los hogares tenían agua por horas como hoy sucede. Sin embargo, las lluvias, por pocas que fueran abonaban en la crisis.

En 1980, según el censo del INEGI éramos apenas 2,500,000 nuevoleoneses, menos de la mitad de los actuales habitantes en la entidad. La mancha urbana apenas sobrepasaba la punta de la loma en el sur; al norte el límite era la joroba de San Nicolás; al nororiente, Apodaca tenía 37,181 habitantes según el censo; cifra distinta a los más de 500,000 apodaquenses actuales. Al poniente, Santa Catarina era el casco y La Fama, con 89,488 habitantes, un tercio de la población del 2022.

No necesariamente hay menos agua en la región, sucede que consumimos más, más para beber e higiene, más para lavar autos y casas, más para regar jardines que antes eran monte o terrenos baldíos.

Somos parte del problema y debemos asumir el porcentaje de responsabilidad que nos corresponde para así emprender acciones remediales a futuro.

Otra causa es la pésima planeación en políticas públicas. Desde principios del actual siglo, los gobiernos se dieron a construir viviendas que llegan a parecer alfombras de concreto, hoy hacen edificios. Cientos de miles de viviendas sin un vaso de agua más desde 1994.

La última obra hidráulica fue en tiempos de Salinas de Gortari, siendo gobernador Sócrates Rizzo. A los siguientes no les importó el agua. Medina padeció la politiquería frente a la solución que planteó, lo cual no significa fuese la mejor, significa que nadie ofreció alternativas serias.

Padecemos seca de agua en los hogares porque los presidentes del siglo XXI, panistas, priista y moreno, se negaron y se niega a aportar dinero para la infraestructura que alivie la sed de los nuevoleoneses.

Jaime y su presa en Montemorelos quedaron en nada porque ni Peña ni López le apoyaron, a Samuel le pasa lo mismo, un presidente que no pretende invertir en la sed de los nuevoleoneses. Las finanzas de Nuevo León no aguantan una inversión de ese tamaño.

No tenemos agua porque es un mal histórico de la región, porque somos muchos, gastamos mal el agua, dañamos el ecosistema y no tenemos presidentes interesados en Nuevo León.

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