vie. Ago 19th, 2022

Óscar Tamez Rodríguez

El presidente estuvo de gira; en uno de sus eventos, atrapados por un frenesí desbordado, los asistentes le gritaron que era el mejor presidente que ha tenido México.

El mandatario respondió, como quien ya esperaba el comentario, que no era el mejor, pero que copiaba a otros como Juárez, Madero y Cárdenas, quienes para él, sí son los mejores que ha tenido el país, no se cuál en primero y quien en tercero, pero ellos son el “top three” de los favoritos presidenciales.

No es el mejor y está lejos de serlo. Para la mitad de los mexicanos es el peor, así que en una medición de todo o nada, quedaría en la mitad de la evaluación.

Es un mandatario hiperactivo, un ente que respira, come y sueña política, quien no deja huecos de poder para ser llenados por otros. Es un gobernante quien recorre los rincones del país, va a donde se empolvan los zapatos, sitios que sólo en postales conocerían otros mandatarios menos “todo terreno”.

Pensar que es el mejor es uno de los muchos excesos que se han vivido en los 2/3 del gobierno unilateral, antidemocrático y autoritario que llevamos. Afirmar que es el peor, sería otro exceso, es un mandatario de claroscuros como los que hemos padecido, perdón, vivido en otros sexenios.

Juárez, Madero y Cárdenas pasaron a la historia como excelentes presidentes, no sólo por sus acciones sino porque sus sucesores supieron mantener la imagen pulcra de ellos.

En el caso de Benito Juárez, su otrora pupilo y más tarde rival, es causante en mucho de la buena fama del oaxaqueño. Fue Porfirio Díaz quien rescató la figura del presidente liberal. No porque no lo mereciera o no tuviera tamaños para su encumbramiento, no se mal interprete, pero los grandes de la historia lo son porque sus sucesores cuidaron su trascendencia, no solamente por lo que ellos hicieron.

Mucho en la grandeza de Juárez deriva de la labor del poder legislativo quien aprueba las reformas constitucionales que traslada al país de uno centralista a uno de instituciones con apertura democrática.

En el caso de Francisco I. Madero es un exceso, sí fue un gran demócrata, el mejor que hemos tenido, diría; pero de demócrata a buen estadista hay un trecho amplio.

Fue un visionario, idealista del sistema político mexicano, el constructor del sistema democrático actual y un convencido de los consensos; de eso a un administrador ejemplar, hay distancias enormes, su trascendencia surge gracias a que personajes como Carranza, Villa, Obregón, Calles, Ángeles y hasta Zapata, creyeron en la visión de Estado maderista.

El caso de Lázaro Cárdenas es diferente, un convencido del socialismo, forjador del estado centralista, unidireccional, socialista y por consiguiente antidemocrático. Cárdenas no fue un socialdemócrata, fue un socialista quien no pudo poner en práctica todo su poder centralista.

Ejemplos de ello son los sindicatos nacionales que le sirvieron para tener el control del poder, no fue gracias a los sindicatos que mejoró la condición laboral de los trabajadores, fueron los líderes quienes se enriquecieron y mantuvieron control sobre las bases, pero de eso a llevar justicia laboral a los obreros, campesinos y burocracias, eso es una fantasía.

Entre semejanzas y diferencias, el presidente tiene similitudes con el socialismo de Cárdenas. Con Echeverría se asemeja en su estilo represor, acosador de la libertad de expresión, antidemocrático con su partido, cercano a metapoderes como la delincuencia organizada.

No, no es el mejor presidente, mucho dista, en su caso, esperemos a que termine el sexenio para saberlo.

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