sáb. Ago 13th, 2022

Óscar Tamez Rodríguez
 
El caso del tren maya abre el debate respecto a impulsar el progreso o procurar el respeto al entorno natural en la zona selvática de la península de Yucatán, es un tema de muchas aristas, todas las partes ofrecen su verdad y todas tienen la razón.
El desencuentro entre el progreso y el respeto al entorno no es exclusivo de esa obra. En Nuevo León se vive lo mismo y prácticamente, todo el país padece el problema; en todos los casos es un asunto de dinero contra preservar las condiciones actuales del entorno.
Ejemplos hay muchos, en los pasados 15 años, la metrópoli de Nuevo León tuvo un crecimiento desmedido, tanto horizontal como vertical.
Otro caso es el de la zona costera de Yucatán. Entre Puerto Progreso y Telchac Puerto, hay una franja con gran desarrollo inmobiliario que ha llevado progreso a la entidad pero que en poco tiempo pondrá en riesgo zonas arqueológicas y sitios de santuario para los flamingos.
No conozco alguien quien prefiera el progreso por sobre el respeto al entorno, pero tampoco conozco quién quiera ese respeto en su propio entorno o haga algo en bien del medio ambiente donde vive.
En Nuevo León, las agrupaciones que procuran el cuidado al medio ambiente poco o nada alzaron la voz cuando se autorizaron fraccionamientos, desmontes y derrumbe de cerros para construir viviendas horizontales y verticales.
Este es el verdadero motivo por el cual tenemos una crisis fuerte de agua para el hogar. Se construyeron viviendas sin considerar la capacidad de abastecimiento y se agotaron las presas ante la sequía existente.
Como país nos urgen áreas naturales protegidas, entre ellas los manglares y la selva en la península de Yucatán o el parque Cumbres en Nuevo León.
El asunto es que esas áreas protegidas lo sean, que se protejan de la depredación justificada mediante el progreso.
En el caso específico del tren maya el problema es mayor, apremia proteger la selva y las consecuencias que conlleva el daño al entorno, pero también urgen empleos para los habitantes de la zona.
Quien conozca la región sabe que faltan empleos, no digamos bien pagados, empleos a secas. Aquellos que aseguran esas familias se dedicarán a vender artesanías y alimentos regionales en las estaciones del tren, quizá desconozcan que actualmente en esa región hay quienes trabajan por menos de un salario mínimo, lo hacen porque ese ingreso es menor que nada. En una palabra, hay desempleo y pocos recursos en la zona, el tren se volvería un alivio a esas familias.
El verdadero debate no debería estar entre tren o no tren. El centro está en entender que esos pobladores viven en condiciones de marginación y, sin espacios de empleo no hay oportunidades para cambiar.
Sí, el tren y el desarrollo turístico de la zona dañará el ecosistema de la selva, pero en contraparte ¿Qué ofrecemos a esas familias para su desarrollo?
Urge detener el cambio climático y revertir los daños justificados en el progreso a los ecosistemas, pero debemos empezar por nuestro entorno, algo así como aplicar la máxima bíblica que pide ver la viga en el ojo propio y no la paja en el ojo ajeno.
Urge reforestar el país, Nuevo León es un digno ejemplo para ello. El parque protegido Cumbres es víctima de fraccionamientos, incendios, explotación de su flora y fauna y otros problemas que han agotado ese pulmón natural.
Con respeto a los ecologistas que rechazan el tren, es oportuno preguntar qué hacen por el entorno de sus propios hábitats pues en todo el país el progreso ha triunfado por sobre el ecosistema, y no veo voces que defiendan nuestros entornos.

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