mié. Oct 5th, 2022

Óscar Tamez Rodríguez
Maximiliano de Habsburgo se ha convertido en un personaje incomprendido, un hombre de buena fe, pero que dada su condición de “niño bien”, nacido en una monarquía con el mote de príncipe y sin haber trabajado en su vida, creyó que podía ser monarca de cualquier territorio y ante el canto de las sirenas, viajó a México para instalarse como emperador.
Imaginemos la escena en Miramar, la finca en la cual habitaba en Trieste, al noreste de Italia, en una zona del Mediterráneo, en el mar Adriático donde no hay oleajes estruendosos, en un castillo ordenado por Maximiliano, con vista al mar y en un terreno de 22 hectáreas. Hasta ahí fueron unos mexicanos a entrevistarse con él en octubre 3 de 1863 y le invitan a que sea el monarca de México.
Para Maximiliano no había otra forma de gobierno que la monarquía. Él y su esposa Carlota, princesa de Bélgica, hija de uno de los monarcas más poderosos de su tiempo nacieron, vivieron y gozaron de las monarquías, aún sin trabajar vivían con lujos como Miramar.
Luego de 155 de su muerte (junio de 1867), algunos historiadores se dan a la tarea de reivindicar su nombre. Incluso le encuentran cualidades de bondad, gentileza con los indígenas, de liberal dicen otros.
Seguro leyó a los ilustrados de la generación anterior y la suya, los creyentes del republicanismo quienes creían en la división de poderes y las sociedades regidas por la Ley como la forma de contener los excesos del poder concentrado en una persona.
Para Nicolás Maquiavelo había dos formas de organización en los Estados de su época: las monarquías y las repúblicas. Las primeras comandadas por un rey impuesto por divinidad, herencia o la fuerza de los ejércitos; las segundas aglutinando las aristocracias y las democracias.
Maquiavelo no vio que podía haber combinaciones entre lo que denominó monarquías y repúblicas, es decir, las monarquías moderadas o republicanas, esas que tomaban fuerza durante el siglo XIX en Europa.
Las monarquías constitucionalistas o republicanas conservaban la selección del gobernante mediante una designación divina o militar, con la salvedad de contar con una Constitución a la cual obedecer todos y con división de poderes.
Ese es el contexto en el cual arriba Maximiliano de Habsburgo; creyendo ser querido por los mexicanos pero termina padeciendo lo que Maquiavelo señala para los monarcas nuevos en una nación: suelen ser no queridos por el pueblo y fácilmente abandonados o traicionados por quienes los impusieron.
Para algunos fue un monarca liberal porque trajo consigo a peluqueros, cocineros y asesores de formación liberal, personajes a quienes escuchaba, pero no por ello él sería un liberal.
Ser liberal en Europa significaba pensar en monarquías constitucionales, ser liberal en América significaba pretender un Estado republicano, democrático, federalista y representativo; aquí radica la diferencia para establecer a un liberal de un conservador en el México de la segunda mitad del siglo XIX.
Maximiliano creía en un gobierno de leyes, sí, pero las leyes que él dicta, así lo demuestra en el Estatuto provisional del imperio mexicano del 10 de abril de 1865.
¿Fue liberal o conservador?, eso se debatirá mañana miércoles 31 de agosto a las 19:00 en el Museo de Historia Mexicana por parte de los historiadores Héctor Jaime Treviño Villarreal y Óscar Tamez Rodríguez en el marco de la segunda temporada de “La Historia a Debate”, evento coordinado por 3 Museos, la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística, AC y el Centro de Estudios Políticos y de Historia Presente, AC. ¡Ahí nos vemos!

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