jue. Sep 29th, 2022

Óscar Tamez Rodríguez

Nuevo León atraviesa por una sequía muy fuerte, no creo sea la peor de las registradas, pero sí una de las que mayores impactos provocó en la población. Entre los indicadores para saber que no es la peor, se encuentra: que los montes en los cerros y en zonas rurales no estaban tan secos y quemados como otras ocasiones; también que los pozos de agua en zonas rurales de la región citrícola no estaban secos como sí sucedió en los 80´s cuando, recuerdo, las norias y los pocos pozos profundos (así se les denominaba a los de 50 o más metros de profundidad y hechos con maquinaria) se secaron. Hace dos años advertí que la presa Cerro Prieto estaba casi seca, a inicios de marzo del 2020 acudí a un rancho en las márgenes de la presa en Linares, llamó la atención cómo había huellas de vehículos en el vaso de la presa y asombró ver como una cuatrimoto llegaba hasta mitad de la presa. También pude observar la disminución del vaso en la presa La Boca, además de ver cómo se secó un pequeño arroyo en Las Cristalinas, Santiago. Estos elementos indicaban que estábamos en la presencia de una sequía, la comenté en tiempos del gobernador Jaime Rodríguez, pero al gobierno de salida no le inquietó el tema. Luego de meses con sequía en las llaves de agua entre los hogares, que no con esa gravedad en las zonas rurales; terminó la canícula con lluvia, llegaron los aguaceros de septiembre. La gran pregunta: ¿Cuánto se llenaron las presas vacías? La respuesta oficial incluyendo las lluvias de los primeros cinco días de septiembre reportan alrededor del 40% de lleno en el vaso de La Boca. Esto es inexacto. Luego de ver el atierro, lo azolvada que está la presa en Santiago, Nuevo León, es ilusorio que aún se hable de la misma capacidad de embalse como en los años cuando fue construida; menos si consideramos que las lluvias arrastran toneladas de agua-lodo que termina al dejar de moverse, en ser parte del sedimento en la presa. Con cada caída de agua, las cuencas de ríos y vasos de las presas terminan con una gran cantidad de relleno en piedra y tierra, esto con los años disminuye su capacidad de embalse, es el caso de La Boca. Las presas se convierten en recolectoras de agua, tierra convertida en lodo y basura que recoge el caudal a su paso. En Nuevo León, gracias a la sierra Madre y las elevaciones que de ella derivan, el territorio es muy inclinado. Santa Catarina, por donde nace el río con ese nombre tiene una altura de 690 metros sobre el nivel del mar, misma que contrasta con los 540 de Monterrey, 500 de Guadalupe o 403 de Juárez. En una distancia aproximada de 50 kilómetros entre Santa Catarina y Juárez, la diferencia de alturas alcanza 287 metros, ello explica que a la primera lluvia se formen rápidos en los ríos, arroyos y sitios donde una vez hubo éstos. Una fuerte lluvia favorece que el agua pluvial adquiera caudales y velocidades capaces de arrastrar cualquier objeto, incluidos puentes, casas y hasta edificios. Junto a ello, los desmontes en cerros, la pavimentación de caminos en zonas con alta inclinación, el desordenado crecimiento urbano de las últimas dos décadas y la pérdida de áreas de absorción en los suelos, contribuyen a que cualquier lluvia se convierte en un peligro para la población. Nos llovió, sí, estamos felices. Nos queda pagar el precio del desarrollo y crecimiento urbano. Calles dañadas, casas convertidas en albercas y carros transformados en submarinos, son la consecuencia de vivir en la gran urbe regia. Una ciudad que tiene todo, incluido su eterno problema con el agua: ¡O no hay o es tanta que nos daña! estudiospoliticos.mx@gmail.com

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