mié. Oct 5th, 2022

Óscar Tamez Rodríguez

La democracia se sustenta en el equilibrio de los poderes dentro de una sociedad. Los poderes son poderosos per se, es decir, no desaparecen, sólo cambian de representantes.
El poder económico siempre estará presente en toda sociedad, lo mismo sucede con los poderes blandos o civiles, con los políticos y por supuesto los bélicos.
Una sociedad democrática se asemeja a una mesa de cuatro patas, no necesariamente todas del mismo tamaño, pero sí proporcionales para soportar en equilibrio horizontal a la mesa llamada sociedad.
Esas sociedades buscan que no se dupliquen dos o más poderes en uno solo de los grupos, menos aún en el de las armas, dada su capacidad de contención sobre los otros grupos.
Uno de los éxitos de las democracias fue que la política triunfa por sobre la guerra, los gobiernos civiles logran el equilibrio de fuerzas.
En México no tenemos gobiernos militares desde la primera mitad del siglo XX, el último quien se identificaba como tal fue Manuel Ávila Camacho, antes de él Lázaro Cárdenas con el mismo rango, sin embargo, llegan por la vía civil.
Ambos presidentes fueron militares por circunstancias de la revolución, no significa que se demerite su rango, se trata de entender que fue casuística su presencia en las fuerzas armadas y que su acceso a la política fue con la visión del político, no con la formación militar.
Las etapas más convulsas e inestables de la historia en México se dieron cuando los gobiernos estaban al mando de militares o éstos pretendían asumir el poder político desde la ruta del poder militar.
El siglo XIX da cuenta de la inestabilidad referida, los golpes de Estado y los derrocamientos permitieron se viviera el juego de las sillas en palacio nacional, el país no avanzó mientras las fuerzas armadas se disputaron el poder.
El primer gobierno militar en el país no colonial fue el de Agustín de Iturbide quien mediante un golpe de Estado se apoderó del poder ejecutivo nacional, terminó derrocado por otro golpe militar liderado por su otrora aliado Antonio López de Santa Anna.
Durante el siglo XIX y el inicio del XX los gobiernos militares mantuvieron al país en el rezago, en la sumisión por la fuerza de las armas, en una palabra, por el miedo de la gente ante la fuerza bélica.
Se puede decir que en el porfiriato hubo desarrollo, sin embargo, éste es disputable y sobre todo, el beneficio generado es altamente dudoso, fue propicio para unos cuantos.
Los militares en gobierno son magníficos para imponer la autoridad, la base de la disciplina castrense es la autoridad irrefutable de los superiores a los inferiores, en esa cultura, no se admiten disensos, esto incluye a todo lo que discrepe en la línea de mando.
En una nación que pretende definirse como progresista, pensar que pudiera entregarse el poder político a los mandos castrenses sería una acción conservadora, tradicionalista, antiprogresista.
Las naciones con gobiernos autoritarios terminan siempre como conservadoras, apegadas a los valores y tradiciones que dan por válidos quienes detentan el poder.
No se trata de etiquetar al militar, es natural que los poderes bélicos, económicos y blandos, sean tradicionalistas, su esfera de autoridad radica en que se mantenga inamovible el status quo de las sociedades.
Es el poder político quien puede tener rasgos de progresista pues su labor es conciliar y equilibrar las otras fuerzas.
No se trata de radicalismos, pretendemos explicar que toda esfera de poder es tradicionalista y conservadora, autoritaria y unidireccional; y eso… eso es lo que queremos dejar atrás como nación.

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