mié. Dic 7th, 2022


Óscar Tamez Rodríguez
Los mexicanos tenemos una democracia incipiente en la cual hemos avanzado a pasos agigantados en los recientes 35 años, no ha sido fácil ni terso, pero tenemos una democracia aceptable.
Nos quejamos de ella, la vapuleamos, sin embargo, en el momento actual es la única opción para garantizar las libertades de que gozamos.
Debemos reconocer que no somos una nación democrática por excelencia, ni en nuestra historicidad ni en la formación cultural. Vivimos en familias circulares en las cuales el liderazgo del patriarca (o matriarca en casos) es férreo, su voz es ley aunque se equivoque.
Se nos cría para perdonar la mala conducción del líder familiar esto, aunque no se quiera, se traslada a la arena política, siempre se busca justificar las acciones negativas del líder al cual se sigue. Es el caso de los amlofílicos quienes siempre tienen una respuesta para exonerar al líder de la 4T por el mal gobierno que se tiene.
Si la gasolina aumenta no es por causa del líder, la inflación tampoco, los muertos por el crimen son datos falsos, la corrupción es mentira; siempre hay una expresión que expíe la culpa del líder, es parte de esa formación patriarcal de la cual provenimos.
No somos una nación democrática, nunca lo fuimos, pero tampoco lo son la gran mayoría de los países autodenominados democráticos.
EUA, Argentina, Alemania, Francia, España, Brasil, todas éstas y otras democracias son imperfectas, la diferencia en algunas de ellas radica en que culturalmente son naciones más honestas, es el caso de Gran Bretaña.
Los mexicanos no asumimos responsabilidades, siempre buscamos a un culpable que lave nuestras faltas. Cuando no se tiene, se fabrica una cortina de humo y se inventa algún problema que distraiga a la opinión pública mientras se enfría la crisis comunicacional que se vive.
Con todo lo anterior, somos un pueblo soñador, anhelamos la democracia utópica, la imposible, aunque sepamos que no llegaremos a feliz puerto.
En nuestro idealismo queremos un gobierno honesto, a pesar de que en campaña seamos parte de la corrupción electoral en forma activa o pasiva. Sea porque se recibe una despensa o porque sabiendo son imposibles las promesas de un candidato, callamos ante la mentira.
Queremos una democracia que no sea representativa, esa ya nos cansó, aseguran muchos, pero ignoran u ocultan que no hay otra forma de democracia en la actualidad, no en sociedades con más de 10, 20 o 30 mil electores.
Aseguramos que hay madurez para tener democracia participativa o semidirecta, pero somos presa fácil de las fakenews en las redes, seguimos debatiendo en defensa de los políticos como si la vida nos fuera en ello.
Exigimos verdadera representatividad en el poder legislativo, pero estamos dispuestos a eliminar la representación proporcional que da vida a las minorías excluidas del debate público. Tampoco estamos dispuestos a participar en los llamados a opinar en la cosa pública.
Queremos una democracia, honesta, transparente, que nos escuche, donde la opinión personal valga y se aplique, que no sea onerosa, donde la hegemonía de los partidos no se imponga y la corrupción se castigue con severidad.
No hemos descubierto que tenemos una democracia competitiva, similar a las mejores del mundo, claro con grandes baches, pero debemos trabajar en perfeccionarla, no en destruirla bajo la premisa de la utopía democrática.
En nuestra ignorancia sobre sistemas políticos, no vemos el peligro de matar la democracia desde dentro, somos presas de nuestro analfabateismo democrático.
Olvidemos la utopía y trabajemos en la democracia tangible.

Por Admin

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