mar. Feb 7th, 2023

Óscar Tamez Rodríguez

De niño escuché con frecuencia la máxima popular “pobre el pobre si al cielo no va… lo joden aquí y lo joden allá”.
Mi abuela Juana quien era extremadamente mocha y persignada, educó a sus hijos con parábolas bíblicas y frases de la sabiduría popular, una de ellas que contaba mi madre es la que aquí refiero.
Por sobre las palabras, el peso del metadiscurso es fuerte. México es un país de pobres, lo ha sido por siglos, primero los imperios prehispánicos con sus clases sociales, luego las castas en la colonia y finalmente con la independencia surgen los paupérrimos, los pobres, los menos pobres y los terratenientes. En una clasificación simplista, así se estructuraba el país.
Junto a la miseria colonial heredada a la nación libre y soberana, se trasladó la devoción religiosa donde la sumisión incluía aceptar la pobreza como si fuera imposición divina, vaya, una cualidad que revestía de divinidad. Ese fervor permitía mantener los privilegios a quienes pertenecían a las antiguas castas de peninsulares o criollos y miseria en el resto de la población (con excepciones).
Ser pobre era visto como una forma de acercarse a la divinidad, no se debía ambicionar riqueza pues eso aproxima al pecado y aleja del cielo.
Pareciera que escribo del actual gobierno cuando señalo que se promueve la pobreza como cualidad y las aspiraciones a mejor condición económica como pecado o vicio social.
Regreso a la frase. Sí ¡pobre del pobre si al cielo no va!, su vida corporal permanece inmersa en la miseria, el abandono, la impotencia al ver con frecuencia a familiares morir por falta de un tratamiento o más aún, de un médico quien recete una cura.
Si el anhelo del pobre a sus miserias económicas, culturales, sociales, económicas, y de salud es encontrar consuelo en el cielo, no llegar al sitio prometido por conductas “pecaminosas” equivale a una ironía de la vida, a la burla del destino.
Hoy vemos a millones de pobres en México quienes no encuentran sitio donde ser escuchados, lo mismo quienes padecen cáncer y no reciben un tratamiento salvador, que quienes están perdiendo su pasado, presente y futuro al ser desplazados de su terruño.
En Guerrero, tierra del compadre del líder en la 4T, hay zonas donde el crimen realiza masacres y aterroriza. Las víctimas, como todos, al pedir auxilio esperan recibirlo pero no, lo que reciben es negligencia, abandono, indiferencia, desprecio; lo mismo del gobierno federal y la gobernadora que las autoridades militares, guardia nacional o policía estatal.
¿Qué les queda? Ante la desesperanza, cerrar carreteras para hacerse visibles, secuestrar vehículos y amagar, esto antes de migrar, de abandonar su patrimonio de generaciones.
La ceguera frente a los paupérrimos y los necesitados no es exclusiva de la 4T, pero se les dio el voto mayoritario pensando que serían diferentes, que tendrían corazón y sensibilidad frente al dolor ajeno, nada, resultaron más frívolos que los anteriores pues aquellos, al menos daban la cara y asumían culpas, los actuales, con mofa niegan la verdad y desprecian a las víctimas.
Lo mismo hacen con los de Guerrero que, con los masacrados en Chihuahua, Sonora, Nuevo León, Tamaulipas, Michoacán, Zacatecas, Guanajuato, Jalisco o cualquier otro de los 32 estados del país; para quienes sufren, en la 4T hay indiferencia y desprecio.
Son pobres sin esperanza en esta vida, salvo que decidan abandonar la actitud sumisa e integrarse a grupos vengadores o delincuenciales. Esperemos no lo hagan.
Pero mientras… ¡Pobre del pobre si al cielo no va…!

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