mar. Feb 7th, 2023

Óscar Tamez Rodríguez
Los resultados de la encuesta México elige ofrecen números duros sobre la situación que guardan los problemas sociales del país, no se necesita, para conocer la crisis que vivimos como nación, pero ver plasmada la realidad, provoca escalofrío.
Según la medición más reciente a enero del 2023, los tres problemas que más aquejan son: inseguridad, corrupción y pobreza, un trinomio perverso.
No es nuevo padecer corrupción, pobreza y más recientemente inseguridad grave, la angustia es por los porcentajes de la población quienes les padecen y la imposibilidad de percibir acciones en favor de contenerles.
Le denomino trinomio porque son tres factores dependientes uno de otro, a la vez que son diferentes en su origen e impacto social.
Según la medición referida, la falta de seguridad expresada en inseguridad, violencia y narcotráfico alcanza el 40.8% de encuestados quienes le consideran un problema real; entre ellos, el 18.7 le ve como problema de inseguridad, el 13.9 como violencia y el 8.2 como narcotráfico. Cualquiera de los tres ángulos de las afectaciones a la seguridad deriva en miedo en las calles y los hogares.
El segundo gran problema es la corrupción que unifica al 27.3% de los entrevistados por la casa encuestadora y la pobreza suma el 20.0% de las respuestas, distribuida en cinco indicadores: alto costo de vida, bajos salarios, crisis económica, desempleo y la respuesta de pobreza como tal pues cualquiera de las respuestas dadas con relación a la economía, impacta en el poder adquisitivo de las familias y su calidad de vida.
Resolver esos males en el país, implicaría tener respuesta al dilema sobre qué fue primero, el huevo o la gallina.
La corrupción en México es ancestral, podemos encontrar rastros de ella o algo similar en la conquista de Hernán Cortés y la pérdida del oro incautado a los aztecas, casualmente, mucho de ese oro se perdió o desapareció lo que inconformó a los acompañantes del extremeño. Que la corrupción sea un mal de origen en nuestra sociedad no significa que se le justifique, implica que probablemente por ello, a la población más vulnerable no le importe o preocupen los pillos vestidos de funcionarios en la 4T.
Con la pobreza pasa algo similar, existe desde la etapa prehispánica, una base de pobres paupérrimos, otros poco menos pobres y así hasta llegar a los pobres no tan pobres, todos en pobreza aunque pongamos apodos a esta lacra.
La violencia es igualmente un problema social con al menos tres décadas en condición de creciente. Siempre hemos vivido la violencia, escandalizaron los muertos por disputas religiosas en el gobierno de Zedillo, luego vinieron otros casos escalofriantes, hasta el punto de “normalizarse” la aparición de cuerpos colgados o como sucedió en Sinaloa, saber que la ciudad queda en llamas porque en ella gobierna un grupo delictivo y el gobierno federal acudió a darles un golpe de estado al capturar al cabecilla del grupo.
Pareciera normal cohabitar con la pobreza, violencia y corrupción, pero ninguno de estos vicios sociales es correcto, sin embargo, de tanto cohabitar con ellos, se termina por verles como normal y cotidiano, algo similar a lo llamado “síndrome de Estocolmo”.
La normalización en alguno de estos males justifica la presencia de los otros. Quizá por ello en la 4T no combaten la violencia, al disminuirla quedan visibles la corrupción que practican y la pobreza extrema en que está sumida más de la mitad de la población.
Considerando que los pobres son manipulables, sin pobres ni corrupción, no funcional la fórmula ganadora de votos del líder en la 4T.

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