Por Gerardo Guerrero
La fuerza para seguir nace de un puñado de mujeres que se niegan a soltar la esperanza, incluso cuando la noche cae demasiado pronto. Caminan con la dignidad como única escolta, y saben —desde lo más profundo del corazón herido y firme— que un hijo, un joven, un latido de futuro, jamás se abandona. Nunca. Aunque el calendario se desgaste y el tiempo se vuelva arena entre los dedos.
Sus reclamos no son voces sueltas: son un mismo temblor que se convierte en viento. Desde el primer rastro ignorado, desde el primer gesto indolente de quienes debieron actuar con urgencia, las omisiones crecieron como muros demasiado altos. Pero esos muros no las detuvieron.
Quienes juraron proteger fallaron, y ahora ellas cargan un dolor que nunca eligieron, un dolor que aprendió a convivir con la esperanza sin aplastarla.
A la sociedad —esa multitud que respira en mercados, en calles, en esquinas— se le pide lo que jamás debió pedirse: que no normalice la desaparición, que no aparte la mirada, que no permita que una vida más se vuelva invisible. Cada persona que pregunta, que acompaña, que insiste, que levanta la voz, se vuelve parte de la luz que sostiene esta búsqueda que no tendría por qué existir. Pero hoy es faro, es impulso, es la única manera de mantener viva la presencia de quienes faltan. Regresar al hogar no es un favor concedido. Es un derecho irrenunciable. La verdad no se ruega; se exige.
La vida no se implora; se defiende. La justicia no se espera; se construye, paso a paso, con determinación y perseverancia. A quienes leen estas palabras: no permitan que el silencio eche raíces, no conviertan la tristeza en costumbre, no den espacio a la sombra. Acompañen. Difundan. Exijan. Ellas siguen ahí, firmes, con la determinación que solamente conocen quienes se niegan arenunciar.
Ellas, que no aceptan que la ausencia dicte sentencia. Ellas, que avanzan porque saben —sin necesidad de que nadie lo diga— que cada vida merece volver a casa.