Por Gerardo Guerrero
El año 2025 no solo marca el final de un ciclo político en Estados Unidos; marca, sobre todo, el agotamiento definitivo de un paradigma. El orden liberal internacional —construido tras la Segunda Guerra Mundial, reforzado después de la Guerra Fría y sostenido durante décadas por la fe en el multilateralismo, la interdependencia económica y la expansión normativa de la democracia— muestra signos inequívocos de fractura. En ese contexto, Mandate for Leadership 2025: The Conservative Promise, núcleo ideológico de Project 2025, no aparece como una anomalía, sino como síntoma y respuesta a un mundo que Estados Unidos ya no percibe como gobernable bajo las reglas que él mismo ayudó a crear. Leído desde esta perspectiva, Project 2025 no es simplemente un plan de transición administrativa. Es una enmienda de facto al consenso liberal que dominó la política exterior estadounidense desde los años noventa.
Allí donde antes se hablaba de cooperación global, hoy se impone la lógica de competencia; donde se promovían instituciones multilaterales, ahora se privilegia la soberanía ejecutiva; y donde se apostaba por la integración económica como garantía de estabilidad, emerge la noción de seguridad estratégica integral. Este desplazamiento recuerda, por su profundidad histórica, a otros momentos fundacionales del sistema internacional, particularmente al orden surgido de Yalta y Bretton Woods, cuando Estados Unidos, al término de la Segunda Guerra Mundial, redefinió las reglas del juego global desde una posición de poder incontestable.
Sin embargo, mientras Yalta y Bretton Woods representaron la institucionalización de un liderazgo estadounidense expansivo, confiado en la creación de reglas, organismos y consensos duraderos, Project 2025 surge desde una lógica opuesta: la de una potencia que percibe el sistema que construyó como un lastre. Si el orden de posguerra apostó por la estabilidad a través de instituciones —FMI, Banco Mundial, ONU— y por la integración económica como antídoto contra el conflicto, Project 2025 asume que esas mismas estructuras han perdido eficacia, legitimidad y utilidad estratégica en un mundo fragmentado, competitivo y crecientemente anárquico.
En ese giro, el hemisferio occidental adquiere un papel central. No porque haya dejado de ser relevante, sino porque la crisis del orden global obliga a Estados Unidos a replegarse hacia lo esencial. Y lo esencial, según Project 2025, comienza en casa y se extiende hacia el sur.
América Latina deja de ser un espacio de gestión diplomática rutinaria y se redefine como entorno inmediato de seguridad, una lógica que guarda paralelismos inquietantes con la forma en que, tras Yalta, Europa fue concebida como espacio vital de equilibrio entre grandes potencias. La diferencia es que, en el nuevo esquema hemisférico, no hay reparto formal de esferas de influencia: hay una reafirmación unilateral de primacía.
Durante décadas, América Latina fue tratada como un espacio secundario, confiado a la inercia diplomática, a la cooperación técnica y a la retórica democrática. Esa etapa se ha cerrado. El documento plantea con claridad que la expansión de China, Rusia e Irán en la región no es un fenómeno comercial o diplomático, sino una amenaza estructural al equilibrio hemisférico. En un mundo donde las normas pierden fuerza y el poder vuelve a ser el principal árbitro, permitir la consolidación de rivales estratégicos en el entorno inmediato es visto como un error existencial.
Esta reconfiguración tiene consecuencias directas para México, cuya posición geográfica, económica y migratoria lo convierte en el eje más sensible del nuevo esquema hemisférico. A diferencia de otros países de la región, México no es solo un socio estratégico: es una extensión funcional de la frontera estadounidense.
En el marco de Project 2025, esta condición se intensifica. México deja de ser únicamente un vecino con el que se negocian acuerdos comerciales o flujos laborales y se convierte en una pieza estructural de la arquitectura de seguridad de Estados Unidos. Su política migratoria, su relación con Centroamérica, su apertura económica hacia China y su control territorial pasan a ser variables de interés directo para Washington.
Así, la seguridad hemisférica deja de entenderse en términos clásicos de defensa territorial y se redefine como control de sistemas: control de flujos migratorios, de cadenas de suministro, de infraestructura crítica, de recursos naturales y de narrativas políticas. Esta visión, profundamente realista, conecta directamente con el declive del orden liberal, que había apostado por la despolitización de la economía y la tecnificación de la gobernanza global.
Para México, esto abre escenarios complejos: desde una presión creciente para actuar como muro migratorio extendido, hasta una mayor condicionalidad en materia comercial,energética y tecnológica, especialmente frente a cualquier acercamiento estratégico conChina.
Project 2025 rompe con la lógica liberal que durante décadas permitió a países como México moverse con cierto margen entre potencias. Afirma que la globalización no neutralizó el conflicto, sino que lo desplazó a nuevos terrenos. En consecuencia, propone rearmar al Estado estadounidense para competir en un entorno donde la cooperación ya no es garantía de estabilidad.
La seguridad deja de ser una política sectorial y se convierte en principio organizador del gobierno. En este contexto, México enfrenta una disyuntiva estructural:alinearse de manera más estrecha con la agenda de seguridad estadounidense o asumir costos económicos y diplomáticos crecientes por preservar márgenes de autonomía.
La migración es el ejemplo más elocuente de esta transformación. En el marco liberal, los flujos migratorios eran abordados desde una combinación de derechos humanos, desarrollo y corresponsabilidad internacional.
En la visión de Project 2025, esos flujos se reinterpretan como vectores de presión sistémica, capaces de desestabilizar instituciones, economías y cohesión social. Bajo esta óptica, la frontera sur no es solo una línea territorial, sino una frontera civilizatoria, donde se cruzan seguridad interna, política exterior y soberanía nacional.
México, en este esquema, aparece no como actor intermedio, sino como territorio bisagra, obligado a absorber tensiones regionales que antes se diluían en marcos multilaterales.
En el plano económico, el quiebre con el liberalismo es aún más evidente. La idea de mercados abiertos y cadenas de suministro globales eficientes ha sido reemplazada por la noción de economía estratégica.
América Latina, rica en energía, alimentos y minerales críticos, reaparece como espacio indispensable para la seguridad material de Estados Unidos. Pero esa revalorización no implica mayor autonomía regional, sino una integración subordinada.
Para México, altamente integrado a la economía estadounidense, esto supone una paradoja: mayor relevancia estratégica, pero menor capacidad de diversificación. El nuevo esquema privilegia la cercanía, la confiabilidad política y la alineación normativa por encima de la eficiencia pura del mercado.
Aquí la conexión con la Doctrina Monroe es más que simbólica. Al igual que en el siglo XIX y durante la Guerra Fría —cuando el orden de Yalta fijó límites claros a la autonomía de regiones enteras— el hemisferio vuelve a ser concebido como zona de amortiguamiento. La diferencia crucial es que, a diferencia del orden Bretton Woods, que ofrecía instituciones, financiamiento y reglas a cambio de alineamiento, Project 2025 ofrece principalmente control, condicionalidad y presión estratégica, reflejo de un mundo donde la confianza en las reglas ha sido reemplazada por la gestión del riesgo.
El rechazo explícito al multilateralismo completa este cuadro. Project 2025 desconfía de organismos internacionales no solo por razones ideológicas, sino porque los considera estructuras propias de un orden en retirada.
En un mundo fragmentado, sostienen sus autores, delegar soberanía equivale a perder capacidad de acción.
La respuesta es una diplomacia bilateral dura, pragmática y asimétrica. Para México, esto implica negociar de manera directa con una potencia que ya no se concibe como garante del sistema, sino como actor que redefine unilateralmente sus prioridades.
Al cierre de 2025, esta visión ya está reconfigurando el lenguaje y las prioridades de la política estadounidense. La retórica de valores universales cede espacio a la de intereses nacionales; la cooperación se vuelve condicional; y la estabilidad regional se redefine como obediencia estratégica. América Latina, y México en particular, dejan de ser socios del orden liberal y pasan a ser piezas clave en la arquitectura de seguridad de una potencia en repliegue estratégico.
Project 2025, en suma, no anuncia simplemente un cambio de políticas, sino el final de una era comparable, en magnitud histórica, al tránsito entre el mundo de entre guerras y el ordende posguerra. Pero a diferencia de Yalta y Bretton Woods, que nacieron de la expansión y la confianza en el liderazgo estadounidense, este nuevo esquema surge de la contracción, la desconfianza y la competencia permanente. Es el documento de una potencia que asume que el mundo que ayudó a construir ya no le garantiza seguridad ni primacía, y que decide volvera fundamentos más antiguos: control del entorno inmediato, concentración del poder y afirmación unilateral de intereses.
En ese movimiento, la Doctrina Monroe deja de ser un recuerdo incómodo del pasado imperial y se convierte en lenguaje operativo del presente. No como proclamación formal,sino como lógica profunda que organiza la relación entre Estados Unidos, su hemisferio y un sistema internacional que, para bien o para mal, ha dejado de ser liberal. Para México, este giro no es una abstracción teórica: es el horizonte concreto de decisiones, presiones y redefiniciones que marcarán su posición en el nuevo orden hemisférico que ya se está consolidando.