“La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo.”
—Nelson Mandela—
Luz María Ortiz Quintos
En diversas reuniones con docentes, uno de los señalamientos más recurrentes es la falta de educación moral que se brinda en el hogar a las nuevas generaciones. En muchos casos, debido a que ambos padres trabajan fuera de casa, los hijos crecen con un vacío en cuanto a normas de comportamiento y conducta.
Educar a la persona en el desarrollo humano es un deber y un derecho fundamental de los padres de familia. Sin embargo, el fortalecimiento de las habilidades personales —aquellas que favorecen actitudes y comportamientos efectivos, como las buenas costumbres transmitidas de generación en generación— se ha ido debilitando de manera preocupante.
Actualmente se reconoce la importancia de tres tipos de habilidades: las blandas (sociales y emocionales), las duras (técnicas y cognitivas) y las físicas, todas ellas cruciales para la adaptación social, el desarrollo personal y el desempeño laboral.
Las habilidades blandas (soft skills) son competencias sociales, emocionales y cognitivas interpersonales que facilitan las relaciones humanas y favorecen el éxito profesional. Entre ellas se encuentran la inteligencia emocional, la adaptabilidad, la comunicación efectiva, el trabajo en equipo y el liderazgo. A diferencia de las habilidades técnicas (hard skills), estas se desarrollan a lo largo de la vida y resultan clave para la gestión de crisis, el crecimiento profesional y la productividad en las empresas.
Entre las habilidades blandas más demandadas destacan la adaptabilidad, entendida como la capacidad de ser flexible ante los cambios. No obstante, en la actualidad se observa que muchas personas, especialmente en las nuevas generaciones, presentan una baja tolerancia a la frustración. Asimismo, la comunicación asertiva —la capacidad de transmitir ideas de manera clara, tanto de forma oral como escrita— se ha visto afectada por altos niveles de deficiencias en redacción y ortografía, además del uso frecuente de un lenguaje poco apropiado.
La inteligencia emocional, definida como la capacidad de gestionar las propias emociones y desarrollar empatía hacia los demás, es otra habilidad fundamental que hoy parece estar en crisis. Por el contrario, se han incrementado los problemas de salud socioemocional. Ejemplo de ello son recientes acontecimientos en la ciudad de Monterrey, donde se reportaron casos de personas que pusieron en riesgo su vida al lanzarse al tránsito vehicular, evidenciando una alarmante falta de autocontrol emocional.
Por otro lado, la resolución de problemas, entendida como la capacidad de encontrar soluciones ante situaciones imprevistas, tampoco se practica de manera efectiva. En muchas ocasiones se opta por evadir la responsabilidad o “voltear hacia otro lado”, en lugar de enfrentar los conflictos con criterio y ética.
La relevancia de dominar este tipo de habilidades radica en que, actualmente, las empresas valoran cada vez más estas competencias en el talento humano, priorizando la formación de equipos de trabajo que favorezcan el rendimiento colectivo. Por ello, resulta indispensable retomar los valores que fortalecen la formación del carácter y el desarrollo integral de la persona: valores morales sencillos pero esenciales, que permiten la construcción de sociedades basadas en el respeto y el equilibrio.
Es necesario volver a poner en práctica valores como la cortesía, el hablar con propiedad, el respeto hacia los demás y los gestos de amabilidad. La sinceridad y la honestidad como principios de vida; el honor, entendido como el cumplimiento de la palabra dada y la actuación con integridad; la modestia, que implica evitar el orgullo, lo superfluo y lo efímero, y optar por la sencillez. Finalmente, el autocontrol, valor fundamental para toda persona, que permite mantener la calma ante situaciones adversas.
Retomar y fortalecer estos valores contribuirá a la construcción de sociedades con relaciones interpersonales más sanas, desarrolladas en ambientes de armonía en la convivencia cotidiana.