El aire en Tapalpa, usualmente fresco y con olor a pino, se espesó con el humo de la pólvora y el eco de las hélices. Desde las primeras horas de la mañana, un despliegue de inteligencia militar y marina cercó los bastiones del capo más buscado del mundo. No fue una entrega pacífica; el cerco derivó en enfrentamientos armados que recordaron los días más oscuros de la guerra contra el narco.
“El Mencho”, quien durante años burló al Estado desde sus refugios montañosos, cayó finalmente en su propia tierra. Según reportes oficiales de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), el líder criminal fue alcanzado durante la refriega y falleció mientras era trasladado vía aérea hacia la Ciudad de México. En el sitio, además del abatimiento del líder, cayeron otros cuatro integrantes del cártel, dejando tras de sí un rastro de camionetas blindadas y armamento de alto poder.
La reacción fue inmediata. En puntos estratégicos de Jalisco, Michoacán y Colima, se reportaron bloqueos carreteros y la quema de vehículos, un último y violento estertor de una organización que veía caer a su fundador.
¿Qué queda después de la muerte del mito? “El Mencho” no era solo un nombre en una lista de la DEA; era el arquitecto de una marca global de terror que operaba con la precisión de una multinacional.
Mientras el padre moría en la sierra, el hijo, Rubén Oseguera González “El Menchito”, ya cumple su destino en una celda de Estados Unidos, sentenciado recientemente a cadena perpetua. El linaje de los Oseguera, que pretendía heredar un trono de metanfetamina y sangre, termina hoy fragmentado entre la tumba y el olvido burocrático de Washington.
La caída del líder en Jalisco no es el fin de la violencia, sino el inicio de una nueva mutación. En las calles de Monterrey o Guadalajara, el ciudadano de a pie sabe que cuando un “grande” cae, las piezas pequeñas se disputan las sobras con más ferocidad. El operativo en Tapalpa cierra un capítulo de catorce años de expansión criminal, pero deja abierta la herida de un México que sigue contando cuerpos mientras los helicópteros se pierden en el horizonte.
La muerte de Nemesio Oseguera es, en esencia, la crónica de una muerte anunciada que nadie quería creer, escrita con el plomo de un Estado que finalmente decidió que el tiempo del “Señor de los Gallos” se había agotado.