mié. Feb 25th, 2026

Gerson Gómez
La esperanza es un artículo de lujo. No se vende en las tienditas de abarrotes.
Este no es un lugar para orar, sino para resistir. Los postes de luz, coronados por marañas de cables ilegales, sostienen cartulinas fluorescentes con una promesa que parece un insulto: “VENGA POR SU MILAGRO”.
La calle es pasarela de la supervivencia. Los migrantes, con la mirada extraviada en un norte cada vez más lejos.
Se agrupan en las esquinas. No hablan, solo observan. Fantasmas de paso en una tierra devoradora antes de dejarlos ir.
Sus mochilas rotas contienen el peso de tres países y el miedo a un cuarto. Al lado, los invasores de casas han hecho del hormigón ajeno un refugio propio.
Habitan esqueletos de viviendas abandonadas. La falta de puertas se suple con cobijas roídas y la ley del más fuerte.
El aire apesta a solvente y a desesperación. En los pasillos de tierra, no ofrecen milagros, sino dosis de olvido.
Cristal y piedra son moneda de cambio en una economía de guerra.
Los consumidores de enervantes, con las pupilas dilatadas por el hambre y el químico, se arrastran por las banquetas como si buscaran una moneda. El destino nunca les arrojó.
De pronto, el rugido de una camioneta con vidrios polarizados rompe el murmullo de la pobreza. Los sicarios, amos y señores de este feudo de polvo, no necesitan cartulinas para anunciar su presencia.
Lenguaje de plomo y silencio. Aquí la vida vale lo que un “puntero” decida en un radio de frecuencia.
Villa Juárez es ese Monterrey pasado por alto en los medios oficiales.
Late bajo el asfalto de los parques industriales, sangrando entre la precariedad y el olvido.
Bajo la carpa deslavada donde el profeta de turno grita sobre la salvación, una fila de ancianos y madres con niños en brazos espera.
Buscan el milagro de la sanación o, al menos, el prodigio de la siguiente comida.
Afuera, en la realidad cruda, el único portento es despertar mañana.
Villa Juárez no perdona; solo acumula cicatrices en el rostro de quienes, a pesar de todo, se niegan a ser borrados del mapa.
El profeta de esta tierra de nadie es el Hermano Filemón.
Hombre cuya piel tiene la textura del cuero viejo. Veterana por el sol de los desiertos cruzados antes de encontrar su “mina de fe” en Villa Juárez.
Filemón no viste de lino fino; usa una guayabera amarillenta y un anillo de oro que brilla demasiado para ser real, o quizá brilla lo suficiente para encandilar a quien no tiene nada. Filemón vende seguros para el más allá, un estratega del espíritu. Donde abunda el pecado y la mugre, la salvación se cotiza a precio de sangre.
Su voz es trueno ensayado, mezcla de acento sureño y modismos del norte, capaz de convencer al sicario de que su próxima ráfaga será bendecida, o al adicto de que el frío en los huesos es el demonio saliendo del cuerpo.
A su lado, como un ancla de pragmatismo en medio del delirio místico, está la Hermana Eunice. Ella, verdadero motor de la logística en ese rincón de invasores. Eunice no predica con gritos, sino con la mirada fría de quien cuenta billetes en la oscuridad de la sacristía de lona. Lleva el cabello recogido en un chongo tan apretado. Parece estirarle las ideas, y sus manos, cargadas de pulseras de plata, son las recibidas en las ofrendas: pesos arrugados de los migrantes, billetes de alta denominación de los “muchachos” de las trocas, y hasta joyería empeñada por madres desesperadas.
Eunice es quien negocia el derecho de piso con los mandamases del barrio.
Sabe cómo sicario necesita una oración por su madre enferma y el vendedor de droga requiere que la carpa sea un lugar de tregua. Mientras Filemón promete el cielo, ella administra el infierno cotidiano, asegurándose de que el “milagro” nunca llegue del todo, para la fila de fieles, hambrientos de esperanza y dopados de fe, nunca se termine de disolver en el polvo de Villa Juárez.
El encuentro sucedió en la penumbra de la parte trasera de la carpa, donde el olor a incienso barato se mezclaba con el hedor a drenaje abierto. Filemón aún sudaba por el trance del sermón cuando una sombra, escoltada por dos tipos con el bulto de la escuadra marcado en la cintura, se materializó frente a él. Era “El Viejón”, el encargado de Villa Juárez. Una hoja donde el viento le pide permiso.
—Escúchame bien, profeta—dijo El Viejón, su voz era un raspadito de lija—. Aquí el único que hace milagros soy yo. Tú solo eres el entretenimiento.
Filemón, minutos antes gritaba con la autoridad de un arcángel, sintió que las rodillas le temblaban. La guayabera se le pegó al pecho. El Viejón le puso una mano en el hombro, apretando el hueso con una fuerza fuera de este mundo.
—Me dicen estás cobrando mucho por la “sanación”. No quiero quejas de mis muchachos, ni que me alborotes a la gente con ideas de justicia divina. El cielo puede esperar, pero mi cuota no. Mañana quiero el veinte por ciento de caído en esa caja de madera. Si no, el próximo milagro va a ser encontrar tus dientes en el suelo.
Filemón asintió en silencio, con la boca seca. La soberbia se le había escapado por los poros junto con el sudor.
El escrutinio de Eunice
En la mesa plegable dentro de la furgoneta, la Hermana Eunice operaba con la precisión de un contador de casino. No había rastro de la mujer.
Minutos antes cerraba los ojos y gemía en lenguas extrañas. Sus dedos, ágiles y curtidos, separaban el trigo de la paja.
Los billetes de a quinientos: Venían de las manos de los “punteros” y los sicarios. Esos iban directos a un sobre aparte, el diezmo para la protección, el tributo al Viejón ya estaba presupuestado.
La morralla y los billetes de veinte: El sudor de los migrante s y el hambre de los invasores de casas. Eunice los alisaba uno por uno, con un desprecio casi mecánico. Sabía que esos pesos sabían a sangre y a falta de cena.
Las prendas: Un reloj de imitación, una cadena de oro de dudosa procedencia, un anillo de compromiso. Eunice los pesaba con la mirada. Mañana irían a la casa de empeño del centro.
Ella no rezaba. Llenaba una libreta con números pequeños y ordenados. Cuando Filemón entró a la camioneta, pálido y desencajado, ella ni siquiera levantó la vista del fajo de billetes.
—Viejón quiere el veinte —balbuceó Filemón.
—Ya lo tengo separado, Filemón —respondió ella sin emoción—. Y deja de temblar. El miedo es para los faltos de espíritu. Sécate la cara y prepárate, mañana hay doble turno en la colonia de invasores. Ahí la gente tiene más miedo, y el miedo siempre paga mejor.
La noche en Villa Juárez se cerró como una tumba, mientras el eco de los disparos a lo lejos servía de amén para la jornada de los mercaderes de la fe.
Samuel no recordaba la última vez que sus pies no le quemaran. Originario de una aldea que ya ni siquiera aparecía en los mapas de Google, llegó a Villa Juárez con la suela de los zapatos deshecha y el alma colgando de un hilo.
Esa noche, bajo la carpa de Filemón, Samuel entregó lo último que le quedaba: un billete de cincuenta pesos, arrugado y húmedo de sudor, que había guardado en el forro de su pantalón para el pasaje del último tramo. Lo dio porque el profeta gritó que “la semilla de hoy es la cosecha del mañana”, y Samuel necesitaba desesperadamente una cosecha de paz.
Salió del culto con el pecho inflado por una euforia química, una borrachera de fe le duró exactamente tres cuadras. En la esquina de una de las casas invadidas, donde la oscuridad es tan densa y se puede masticar, la realidad le salió al encuentro. No fue un ángel, sino un “puntero” de apenas quince años con una mirada más vieja que el mundo y un radio de frecuencia escupiendo estática.
—¿Qué traes, compa? —le soltó el muchacho, mientras la luz de un cigarro iluminaba su rostro pálido.
Samuel no traía nada. Ni dinero, ni miedo, ni futuro. Intentó explicar que venía de buscar un milagro, pero en Villa Juárez, las explicaciones no detienen el plomo ni el hambre. El muchacho, frustrado por la falta de botín, le propuso el único camino que el barrio ofrece a los que se quedan vacíos:
—Si quieres llegar al norte, vas a tener que cargar una mochila por el desierto para nosotros. O te quedas aquí a limpiar trocas hasta que te mueras de viejo la semana que entra.
Al amanecer, mientras Filemón y Eunice contaban las ganancias del milagro en la comodidad de un motel de paso, Samuel subía a la caja de una camioneta junto a otros tres espectros. Su destino ya no era el sueño americano, sino convertirse en una estadística más de las brechas. El milagro nunca llegó
En su lugar, quedó el polvo de Villa Juárez, asentado sobre los vivos y los muertos por igual, borrando cualquier rastro de creer en algo más a la supervivencia.

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