Luz María Ortiz Quintos
Nuevo León ocupa el segundo lugar a nivel nacional en divorcios, de acuerdo con datos recientes del INEGI. En la entidad, aproximadamente cinco de cada diez matrimonios terminan en separación, con tasas que casi duplican la media nacional. No se trata solo de una estadística fría: detrás de cada número hay historias, hijos, rupturas emocionales y consecuencias sociales profundas.
Ante este panorama, resulta urgente diseñar, promover y financiar políticas públicas que fortalezcan a las familias. Sin embargo, lejos de impulsar acciones preventivas y de acompañamiento, el tema parece haber dejado de ser prioritario. Esto resulta preocupante si consideramos que la familia es el pilar fundamental para el desarrollo integral de las personas. Es el espacio donde se aprende el amor, el respeto, la responsabilidad y la solidaridad; donde se encuentra refugio en los momentos difíciles y apoyo incondicional ante los desafíos de la vida. No por nada se le reconoce como el núcleo de la sociedad.
Frases como “La familia no es algo importante, lo es todo”, atribuida a Michael J. Fox, o “Familia significa que nadie se queda atrás”, popularizada por la expresión “Ohana”, reflejan una verdad universal: la familia es mucho más que una estructura legal; es una comunidad de pertenencia.
Transformaciones y nuevos modelos
Lo que anteriormente se conocía como familia tradicional hoy se denomina familia nuclear o biparental: aquella conformada por una pareja y sus hijos, que conviven en un mismo hogar. Con el paso del tiempo y los cambios culturales, se han reconocido diversos tipos de familia: la extensa, la monoparental, la homoparental y la ensamblada, entre otras.
Si bien la diversidad de estructuras familiares es una realidad social, también es cierto que el incremento en la desintegración familiar genera efectos que no pueden ignorarse. Desde esta perspectiva, vivimos inmersos en una cultura del descarte, del individualismo y, en muchos casos, de una falta de madurez para afrontar las crisis naturales que atraviesa cualquier relación humana.
La ausencia de políticas preventivas
Reconocemos que no existe la familia perfecta. Toda relación enfrenta crisis: problemas de convivencia, tensiones económicas, dificultades emocionales o situaciones de salud mental. Pensar que un matrimonio no pasará por momentos difíciles es desconocer la realidad.
Sin embargo, en lugar de fortalecer mecanismos de mediación y acompañamiento, lo que se ha facilitado es el divorcio incausado. Años atrás, cuando una pareja acudía a solicitar el divorcio, se promovían instancias de diálogo para explorar posibles soluciones y acuerdos que permitieran reparar la relación. Hoy, ese acompañamiento ha perdido relevancia.
Al mismo tiempo, aunque la violencia intrafamiliar es una problemática real y visible, las instituciones de los tres niveles de gobierno se encuentran rebasadas para atender oportunamente estos casos. Esto evidencia que la prevención ha quedado relegada.
Fortalecer la base social
La prioridad debería centrarse en la prevención y en el fortalecimiento de la familia como base de la sociedad. Cuando este núcleo de relaciones interpersonales se debilita, se generan consecuencias que impactan en la estabilidad emocional de los hijos, en la cohesión social y en la construcción de ciudadanía.
El debilitamiento familiar no solo es un asunto privado; tiene repercusiones públicas. Por ello, resulta legítimo cuestionarnos: ¿a quién beneficia una sociedad con vínculos familiares frágiles?, ¿quién gana cuando la familia pierde fuerza como institución formadora?
Replantear la importancia de la familia y promover políticas que la fortalezcan no significa negar la realidad de los cambios sociales, sino reconocer que, sin una base sólida, el tejido social se erosiona. Y cuando el tejido social se debilita, las consecuencias terminan afectándonos a todos.