Gerson Gómez
Entre el Ring y el Apocalipsis Kitsch. La noche anterior fue simulacro de fin del mundo. Frente a la pantalla, las luces de neón de Juegos de Guerra (1983) proyectan ese miedo ochentero donde un ordenador llamado WOPR nos enseñaba la única jugada ganadora es no participar.
Matthew Broderick hackeaba la existencia mientras afuera, en el Monterrey, el calor ya lame las paredes con lengua de asfalto y desesperación.
Estábamos ante la democratización del pánico. Todos iguales ante el hongo nuclear, todos idénticos frente al vacío del ocio programado.
El domingo despertó con resaca de realidad. En el “Volcán”, los Tigres de Guido perpetraron un atentado contra la estética del balompié. Un partido infumable contra los Gallos Blancos del Querétaro. Noventa minutos de nada absoluta. El fútbol se ha convertido en esa “fiesta de los otros” donde el obrero paga por ver a millonarios trotar sin alma. Fue intercambio de bostezos en las gradas. Coreografía de la mediocridad donde lo único emocionante es el precio de la cerveza. Un empate a cero sabe a derrota compartida.
Mientras tanto, en el mundo de los “bon vivants” de cartón piedra, la televisión muestra la entrega de los Óscares. Alfombra roja. A nadie importaba. Sin favoritos, sin mística, puro trámite de industria agonizante en su propia corrección política.
¿Quién quiere ver a actores llorando por un premio cuando la ciudad late con un pulso más visceral y, por ende, más honesto?
“Al diablo con los Óscares”, me dije. Decidí que el verdadero pulso de la nación no estaba en Los Ángeles, sino en la Arena Monterrey. Nos fuimos al Ring Royale 2026. Vamos con los perdedores. Siempre lo hemos sido. Esa es la identidad del regiomontano. No sale en los comerciales de San Pedro.
Quien sabe de la vida intercambia golpes bajos en una arena con olor a nachos y sudor.
Entrar al Ring Royale es como caer en una novela en una servilleta de un puesto de tacos. Una colisión de mundos. El “Nuevo Nuevo León” estrellado de frente contra lo naco convertido en vanguardia. Lo kitsch ya no es un error estético, es nuestra bandera. Ahí estaba el desfile de la infamia mediática: Carlos Trejo, el cazafantasmas ya es más espectro a investigador; Abelito, el bufón de la era TikTok; Nicola Porcella, el galán de saldo; y Karely Ruiz, la venus de OnlyFans sobre sus hombros de silicona la libido de una generación entera.
Ninguno hizo la faena amable. Fue un espectáculo grotesco, una coreografía del absurdo donde la técnica pugilística brilló por su ausencia. Ante la “Nueva Escena”: el espectáculo del ego donde el talento es un estorbo para el rating. Trejo lanza golpes al aire como si peleara con las deudas de Coppel; Karely se mueve con la pesadez de quien sabe si su imagen vale más a su gancho de izquierda.
Pero ahí, en esa pobreza de espíritu y de técnica, Monterrey encuentra su espejo. Lo naco se transmutaba en identidad. En una ciudad “venida a menos”, donde los edificios inteligentes conviven con arroyos secos y camiones invisibles, el Ring Royale es el templo de la verdad. Somos los perdedores que celebran el fracaso con una luz estroboscópica. Es la estética del “ya qué”, el orgullo de lo vulgar desafiando la pulcritud de los centros comerciales. Cinco millones de espectadores según youtube.
Aquí el réferi es la propia ciudad, contando diez segundos sobre la lona de nuestra dignidad. No hay gloria, no hay técnica, solo el ruido de una multitud sabiendo, al salir, el lunes es igual de infumable al partido de los Tigres Salvo de ser feriado. Nos quedamos con el sudor de los mediocres. Al final, en este Monterrey del 2026, ser perdedor es lo único auténtico.
Asesoría espectral de una mesa de cantina de lujo
Asador de carne humana con pretensiones de Houston. El sol no calienta; castiga. Es ojo de Dios puritano vigilante desde el Cerro de la Silla. Espera por alguien pecando de lentitud. Ante ese fuego eterno, surge la nueva casta de jinetes del apocalipsis en miniatura. Los usuarios de Lime, acólitos de la batería de litio y el manubrio de aluminio.
El Centro: La Coreografía del Caos (A la Tarantino). En la Avenida Juárez, el aire tiene la densidad de caldo de menudo rancio. De pronto, un estallido de color verde fosforescente corta la escena. El hipster con barba de diseño y audífonos de mil dólares atraviesa el tráfico como una bala de plata. No mira a los lados. No respeta el semáforo. Estamos ante la “democratización del atropello”.
El sujeto viaja en su patín eléctrico con la fijeza de un asesino de Tarantino. Si el transporte público es purgatorio de sudor y cumbia, el Lime es escape individualista, su pulp fiction personal. Atraviesa las calles del centro ignorando las leyes de tránsito con la misma soberbia con la de un gánster ignorando los diez mandamientos. El peatón —ese paria de la modernidad— se quita o perece. Es danza violenta donde el único diálogo es zumbido del motor eléctrico y el insulto de un camionero frenando en seco.
Distrito Tec: La utopía del privilegio. Subimos por Garza Sada. Aquí, los patines y las bicis compartidas son accesorio de moda, el Birkin de la movilidad urbana. Jóvenes emprendedores usan el patín para evitar el sol de las dos de la tarde arruine su bloqueador solar de 150 dólares.
En el Distrito Tec, el patín no es transporte, es estatus. Es el “¡fíjate, horror!” convertido en vehículo. Van por la banqueta —porque la calle es para la plebe en Versa— esquivando jardineras y estudiantes de intercambio con una elegancia de catálogo. Aquí, la ciudad se vuelve escenario de cartón donde lo único real es el pavor a sudar. Rodar a 20 kilómetros por hora genera esa brisa artificial, ese aire acondicionado portátil los mantiene impolutos, listos para la siguiente clase de “Liderazgo Consciente”.
Cruzamos el túnel. Entramos al reino de lo impensable. San Pedro Garza García. Aquí la realidad se fractura. Los ejecutivos bajan de sus Tesla para subirse a un patín eléctrico y recorrer los últimos 500 metros hasta su oficina en Punto Valle.
El peligro es real. El pavimento de San Pedro es tan perfecto, invita a la velocidad suicida. El usuario sampetrino no usa casco; su ego es protección suficiente. Se desplazan con la convicción en un ring de boxeo. El mundo les pertenece por derecho de chequera. Si un patín choca contra un Porsche, el drama no es la herida, es el deducible. Es una “guerra de los mundos” donde el marciano viene en dos ruedas y trae una suscripción de gimnasio premium.
La Estética del Accidente
Hay una ironía oscura, en ver a estos usuarios cruzar Alfonso Reyes a contrasentido. La cámara se aleja, los observamos pequeños, insignificantes, desafiando las leyes de la física y de la decencia vial. Existe una anticipación morbosa en el aire. La ciudad, esa vieja prostituta está esperando su ofrenda.
Todos lo sabemos. Los automovilistas lo susurran entre dientes mientras aprietan el volante: “Ya casi ocurre”. Estamos escalando al primer mártir del litio. Ese pionero, por ir revisando su feed de Instagram mientras sortea un bache en Ocampo, termine formando parte del mobiliario urbano de forma permanente. Será una muerte limpia, casi estética, sazonada con el sarcasmo de una ciudad amante de sus máquinas, pero desprecia a los conductores.
El Sol no perdona. Al final del día, los patines quedan tirados en las esquinas como cadáveres de una batalla invisible. Son testimonio de una ciudad preferencial a la velocidad absurda a la convivencia lógica.
Rodamos para no quemarnos. Rodamos para no tocarnos. Rodamos porque en Monterrey, detenerse es empezar a morir, y si vamos a morir, mejor sea sobre una tabla verde, a exceso de velocidad, sin respetar el alto, con una sonrisa irónica en el rostro.
Esperando el siguiente bache nos convierta en leyenda o, al menos, en una nota roja con mucho estilo.