Gerson Gómez
El exceso de vapor de azufre y la ambición de ser Texas sin orden. Hoy, el Parque Fundidora huele a lo que olería el infierno si el diablo fuera un promotor de conciertos con primaria trunca.
Mezcla insoportable de orina fermentada en vasos de plástico, bloqueador solar barato, sudor de “mirrey” asustado y el perfume dulzón, omnipresente y pegajoso de la mariguana hidropónica flota como manta protectora sobre la Explanada de los Sopladores.
Estamos en el 2026. El año del Mundial. Esa palabra que los políticos locales repiten incesante para justificar que las calles parecen zona de guerra y el metro sigue funcionando con oraciones y cinta canela. Pero antes de la patada inicial, tenemos el Pa’l Norte. El ensayo general del caos.
El corredor de la ciudad de México. La gran rapiña tecnológica.
Desde la Central del Norte y la Terminal de Tapo, el éxodo ha comenzado. No son peregrinos a la Basílica; son los “sommeliers del silicio”, los especialistas en el “despojo exprés” vienen del Estado de México y la CDMX. Han cambiado sus motonetas por boletos de autobús de línea económica, cargando mochilas vacías y dedos entrenados en la técnica milenaria del “dos dedos y al bolsillo”.
Vienen con una misión sagrada: el Pa’l Norte 2026 es su Buen Fin Personal. Mientras el regio promedio, inflado de soberbia y cerveza Tecate de 200 pesos, intenta grabar el enésimo solo de guitarra de un grupo que ya debería estar en un asilo, el artista del chaca-chic opera con precisión quirúrgica.
—”¡Qué onda, carnal, no empuje!”, dice el ratero mientras te extrae el iPhone 17 con la delicadeza de un neurocirujano.
Para ellos, el festival no es música; es una convención de distribuidores de Apple no autorizados. Vienen por las novedades tecnológicas. Los asistentes exhiben como trofeos de guerra en sus mesas VIP. Es la redistribución de la riqueza versión cyberpunk: el iPhone que compraste a 24 meses sin intereses en Palacio de Hierro terminará mañana mismo en un puesto de la Plaza de la Tecnología en el Eje Central, desbloqueado por un tipo fumando tabaco de canela.
El robo de celulares en el festival es la única forma de comunicación genuina. Ante la incapacidad de hablarse cara a cara, el carterista establece el vínculo físico definitivo. Es el despojo como performance. El joven regiomontano entrega su memoria digital a cambio de una lección de realidad social. El festival es el espacio donde el nosotros se disuelve en el dónde quedó mi teléfono.
La farmacia al aire libre y el humo de la discordia. El ambiente está pesado. No es solo el calor de 42 grados nos regala el cambio climático; es la química. En el Pa’l Norte 2026, la cerveza ya no es una bebida, es derecho humano y arma arrojadiza. Ríos de líquido ámbar, diluidos con el hielo de la duda, corren por las gargantas de miles de personas intentando olvidar al lunes. Deben volver a la maquila o a la oficina de contabilidad.
Pero la reina es la mariguana. El humo tan denso los drones de seguridad se pierden en la neblina verde. Hay de todo: desde el porro mal forjado con mota de panteón- Te deja oliendo a zorrillo quemado, hasta las gomitas de THC tienen a la mitad de los asistentes viendo dragones en las chimeneas de la Fundidora.
Y no se detiene ahí. El 2026 nos trajo las drogas sintéticas con nombres de dulces: “Skittles de Fentanilo” para los más arriesgados, y polvos blancos circulan en los baños portátiles como si fueran bendiciones en misa de gallo. El festival es laboratorio de toxicología a cielo abierto. La gente camina con las pupilas como platos de pozole, buscando desesperadamente un escenario que ya no existe o un baño que no parezca el escenario de una película de terror de Eli Roth.
El museo de la nostalgia agónica.
¿Y la música? Ah, la música es el pretexto más caro de la historia. El cartel de 2026 es un monumento a la falta de imaginación.
¡Sorpresa! The Killers. Otra vez. Brandon Flowers ya tiene más millas recorridas en Monterrey a cualquier chofer de la Ruta 400. Cantan Mr. Brightside y la multitud estalla en orgasmo colectivo de nostalgia prefabricada. Es el eterno retorno de Nietzsche, pero con pantalones ajustados y purpurina.
Luego están Guns N’ Roses. Axl Rose parece ahora una tía regañona. Se pasó de botox, intentando alcanzar notas perdidas en 1991. Slash sigue ahí, como mueble antiguo no puedes tirar porque combina con la sala, tocando el mismo riff. Mantenido a su familia por tres generaciones. Son artistas de bajada, estrellas se extinguen y que vienen a Monterrey porque aquí todavía los tratamos como si fueran la última soda del desierto (por cierto, ya casi no hay agua en las presas, pero sí mucha cerveza en el festival).
El resto del cartel son bandas indie suenan todas igual: un sintetizador de los 80, un bajista con cara de depresión clínica y letras sobre amores líquidos en tiempos de Instagram. Es la decadencia dorada. Pagar cinco mil pesos por ver a gente ya no quiere estar ahí, tocando para publico conformado con tomarse una foto para que el mundo sepa son felices.
La repetición de los grupos es la garantía de que nada cambiará. El público no busca la sorpresa, busca la confirmación de su propia obsolescencia. Ver a The Killers por décima vez es un acto de fe.
Mientras ellos sigan cantando lo mismo, nosotros no habremos envejecido. Es la gerontocracia del rock aplicada al consumo de masas.
Todo esto ocurre bajo la sombra del Mundial. Monterrey se siente la sede del universo. Se han gastado millones en fachadas, mientras las colonias de la periferia siguen sin agua. El Pa’l Norte es el “calentamiento”. Los organizadores dicen es un evento clase mundial, pero el polvo en los zapatos y el olor a orines nos recuerdan seguimos en el tercer mundo con internet de alta velocidad.
En las zonas VIP, los empresarios y los hijos de la política discuten sobre cuántos dólares les va a dejar la llegada de los turistas extranjeros para los partidos de la FIFA, mientras inhalan líneas de pureza dudosa sobre pantallas de cristal. El contraste perfecto. Lujo obsceno en el palco y el robo de celulares en la bola.
Al final de la jornada, cuando la última nota de una banda de bajada se apaga y las luces blancas del Parque Fundidora iluminan la carnicería humana, el saldo es el de siempre:
Tres mil celulares desaparecidos ya viajan rumbo a la Ciudad de México en un autobús de ETN.
Diez mil jóvenes con una cruda moral y física. Les durará hasta el próximo puente.
Toneladas de basura. El viento llevará hasta los cauces secos del Río Santa Catarina.
Y la sensación de, una vez más, nos vendieron el mismo espejito brillante a precio de oro.