Gerson Gómez
En la zona metropolitana de Monterrey, las grúas bailan valses millonarios sobre avenidas rotas, pasos deprimidos, distribuidores viales dignos del Imperio Romano tropicalizado con anuncios LED, drones municipales, bardas color pastel y renders salidos del delirio inmobiliario.
Cada alcalde presume un megaproyecto con nombres tan grandilocuentes como vacíos: corredor verde, distrito innovación, regeneración urbana, movilidad inteligente, pulmón ciudadano. Puro maquillaje sobre cadáver maquillado con brocha Gucci.
Al sur del estado, entre Galeana, Aramberri, Doctor Arroyo y Mier y Noriega, la tierra parece sartén olvidado sobre estufa encendida desde tiempos bíblicos. Cabras famélicas mastican espinas con resignación franciscana.
Pozos vacíos semejan tumbas abiertas. Mujeres cargan cubetas bajo un firmamento cruel, sin misericordia ni presupuesto federal. Ni una gota. Ni un milagro. Ni una selfie gubernamental.
Nuevo León posee dos países adentro del mismo mapa. Arriba, San Pedro exhibe camionetas blindadas con suspensión aérea, cafeterías minimalistas, perros con seguro médico y niños bilingües capaces de pronunciar “sustainability” antes del primer vaso de leche deslactosada.
Abajo, el sur colecciona polvo, abandono y promesas electorales marchitas como nopales enfermos.
La sequía convirtió rancherías enteras en escenografías posapocalípticas. Viejos agricultores observan parcelas muertas igual al capitán hundido junto al barco. Maíz reducido a paja triste. Frijol convertido en ceniza agrícola. Ganado vendido por centavos antes del colapso final.
Camionetas oficiales llegan cada seis meses con despensas miserables, fotografías institucionales y discursos fabricados desde oficinas climatizadas situadas lejos del olor a estiércol seco.
En Monterrey, continúa la fiesta del concreto. Miles de millones destinados hacia puentes gigantescos, líneas inconclusas del metro, pasos elevados capaces de provocar erecciones urbanísticas entre desarrolladores inmobiliarios y funcionarios sedientos de comisión.
Todo resulta monumental. Todo parece Dubai con carne asada. Todo termina inundado tras veinte minutos de lluvia mediocre.
El ciudadano promedio atraviesa avenidas destruidas mientras escucha discursos sobre modernidad nórdica. “Transformación”, repiten alcaldes con sonrisa blanqueada mediante carillas importadas desde Miami.
Primer mundo, ladran influencers inmobiliarios grabando videos desde penthouses absurdos. Abajo del puente recién inaugurado duerme un albañil originario del sur, migrante interno, expulsado por la sed, por la ruina agrícola, por la indiferencia histórica.
En las comunidades rurales, los jóvenes huyen hacia Estados Unidos o hacia las fábricas del norte industrializado. Ningún adolescente desea heredar un rancho convertido en cementerio mineral. Ninguna muchacha sueña con matrimonio junto a cisterna vacía y tortillas endurecidas por miseria ancestral. El sur envejece igual a perro famélico, cansado, abandonado sobre carretera federal.
Las élites metropolitanas descubrieron recientemente la palabra sustentabilidad. Entonces organizan congresos ecológicos dentro de hoteles cinco estrellas con buffet internacional, aire acondicionado polar y botellas artesanales importadas desde Islandia. Desde los paneles hablan sobre resiliencia hídrica mientras un ejidatario del sur vende sus últimas vacas para pagar pipas privadas. El cinismo posee aroma caro.
Samuelistas, priistas, panistas, morenistas: mismo circo hidratado con agua mineral premium. Cambian colores, slogans y jingles; jamás cambia la tragedia rural. Cada administración inaugura algo inútil.
Macrofuente danzante, parque temático, un corredor gastronómico con letras gigantes para selfies patrióticas. Nadie inaugura lluvia.
El sur nuevoleonés funciona como sirviente invisible dentro del relato empresarial regio. Produce mano de obra barata, migrantes silenciosos, jornaleros resistentes, empleadas domésticas para residencias situadas en San Pedro Garza García.
Después recibe migajas presupuestales y discursos motivacionales dignos de coach financiero fracasado.
Resulta imposible no reír con el espectáculo completo. Mientras un secretario estatal presume inversión multimillonaria para un estadio mundialista lleno de pantallas gigantes, una familia rural coloca tambos bajo un hilo miserable proveniente desde tubería agónica.
Dos universos separados por pocas horas carretera. Uno bebe gin tonic con romero. Otro mastica desesperación.
Las redes sociales ayudan bastante al carnaval grotesco. Influencers fitness trotan felices alrededor del río artificial regenerado por arquitectos con vocación faraónica. Suben historias motivacionales.
Agradece abundancia.
En el sur, abundancia únicamente de polvo, silencio y abandono administrativo. Ningún algoritmo viraliza cabras muertas.
La vieja narrativa regiomontana sobre trabajo duro empieza a desmoronarse bajo el calor infernal. Durante décadas vendieron imagen industrial heroica.
Hombres recios, fábricas pujantes, progreso infinito. Ahora surge la factura ambiental. Cerros mutilados. Aire venenoso. Ríos moribundos. Presas agonizantes. Agricultura rural demolida por décadas enteras sin planeación hídrica.
Las grandes empresas continúan bombeando recursos naturales igual a vampiros elegantes vestidos Hugo Boss.
Directivos hablan sobre responsabilidad social desde salones privados con whisky japonés y cortes wagyu. En las rancherías, ancianos observan norias secas igual al creyente frente a dios ausente.
Nadie ignora la dimensión política del desastre. El sur jamás entrega suficientes votos mediáticos ni fotografías glamorosas.
Ningún influencer organiza brunch dominical en Doctor Arroyo bajo cuarenta grados centígrados. Ningún empresario presume inversión tecnológica dentro de parcelas convertidas en polvo lunar. El hambre carece de patrocinadores.
Entonces aparece lo inevitable. Niños bañados mediante cubetas oxidadas, ancianas cocinando tortillas junto a tinacos vacíos, campesinos enterrando reses muertas bajo tierra reseca. Imágenes brutales. Imágenes reales. Mucho más reales comparadas frente al render tridimensional del siguiente distribuidor vial con ciclovía ornamental.
Tal vez el futuro nuevoleonés ya llegó. Un norte urbano consumiendo agua igual a casino borracho, acompañado por un sur agonizante convertido en paisaje sacrificial. Tal vez la modernidad regia únicamente funciona gracias al olvido deliberado hacia comunidades rurales. Tal vez cada puente gigantesco posee cimientos construidos mediante sed ajena.
Desde alguna oficina refrigerada, un burócrata revisará estadísticas, redactará boletines triunfalistas y anunciará programas emergentes.
Afuera seguirá el polvo. Seguirán las cubetas vacías. Seguirá el éxodo silencioso. Seguirá el teatro metropolitano iluminado con leds mientras el sur de Nuevo León muere despacio, sin mariachi, sin épica, sin trending topic.