jue. May 28th, 2026

Gerson Gómez
Rodolfo salió temprano con el perro. Misma gorra . Mismo pantalón de mezclilla. Llaves colgando desde la cintura. Desde niños le conocimos sonriente.
Rodolfo armaba porterías con piedras. Rodolfo soñaba camionetas enormes durante fiestas adolescentes. Dos años completos desde aquella caminata.
Ni rastro del perro. Ni sombra del muchacho. Ni llamada desde Reynosa. Ni fotografía borrosa dentro algún anexo.
La madre conserva un plato servido encima del refrigerador. La hermana revisa perfiles falsos durante madrugadas interminables.
México aprendió semejante rutina con disciplina funeraria. Cada colonia guarda un altar invisible. Cada familia memoriza hospitales, ministerios públicos, canales, baldíos, brechas, fosas, montes, ríos.
Las noticias parecen feria del espanto. Otra camioneta abandonada. Otro celular encontrado cerca carreteras federales.
Otro muchacho visto por última ocasión comprando cigarros. Otro expediente dormido bajo montañas burocráticas.
En Nuevo León abundan fotografías impresas sobre hojas fluorescentes.
Los rostros observan postes, parabuses, puentes peatonales, estaciones del metro. Los desaparecidos vigilan avenidas repletas tráfico. Los desaparecidos acompañan tacos mañaneros.
Los desaparecidos esperan transporte público bajo cuarenta grados.
Monterrey presume torres relucientes mientras madres buscan huesos entre terrenos baldíos.
San Pedro organiza brunches exclusivos mientras colectivos rastrean cuerpos cerca carreteras rurales.
El glamour regiomontano carga perfume francés encima olor podrido nacional. Nadie sale limpio dentro semejante pantano. Las autoridades sonríen durante ruedas prensa.
Las autoridades inauguran destacamentos flamantes. Las autoridades prometen estrategias definitivas cada semestre. Luego aparecen otras cinco desapariciones durante fin semana.
México produce expedientes igual maquiladora produce televisores. Folios apilados.
Llantos archivados. Promesas recicladas. Rostros pulverizados mediante burocracia.
Sin embargo, las buscadoras continúan. Ahí marchan bajo lluvia. Ahí marchan bajo resolanas infernales.
Ahí marchan sosteniendo fotografías plastificadas. Las madres poseen olfato sobrenatural. Las madres descubren montes removidos. Las madres encuentran tenis enterrados. Las madres identifican playeras mediante recuerdos diminutos.
Una hebilla. Un lunar. Una cicatriz sobre rodilla izquierda.
México convirtió maternidad dentro oficio detectivesco. Los criminales dominan carreteras. Los criminales administran silencios. Los criminales venden miedo junto cerveza clandestina.
Políticos discuten campañas mediante sonrisas impecables. Parece carnaval montado encima cementerio clandestino. Humo negro sobra durante sobremesas norteñas.
“Tal vez Rodolfo vive escondido con otra familia”, comenta algún tío. “Tal vez trabaja Texas”, murmura una vecina especialista chismes. “Tal vez perdió memoria”, repite alguna señora devota.
La esperanza utiliza disfraces ridículos.
Aun así, semejante esperanza mantiene respirando familias enteras. Sin esperanza aparecería únicamente vacío absoluto. Nadie soporta semejante abismo durante demasiado tiempo.
Las redes sociales funcionan como cementerio digital gigantesco. Miles comparten fichas búsqueda cada madrugada. Miles escriben oraciones apresuradas bajo fotografías desgastadas. Miles prometen difusión mientras continúan cenando hamburguesas.
El algoritmo también aprendió dolor mexicano. Rodolfo permanece congelado dentro una imagen pixelada.
Cuarenta y tantos años eternos. Sonrisa chueca. Mirada tranquila. Perro desconocido jalando correa. A veces imagino semejante escena repetida infinitamente.
La banqueta tibia. Los ladridos. Las luces amarillas sobre avenida vacía.
Luego nada. Silencio absoluto. Corte abrupto.
México entero convertido película incompleta. Sin final digno. Sin créditos. Sin justicia verdadera. Las iglesias llenan bancas durante aniversarios desaparición.
Los pastores y curas pronuncian sermones tibios. Las veladoras tiemblan igual corazones cansados. Después llega nuevamente lunes. Después vuelve tráfico monumental. Después continúan partidos fútbol, conciertos, memes, elecciones, borracheras.
La vida posee talento monstruoso para continuar avanzando. Tal circunstancia produce culpa terrible. También produce alivio secreto.
Nadie desea vivir atrapado permanentemente dentro dolor. Rodolfo merece algo mejor comparado semejante limbo. Todos los desaparecidos merecen regreso digno.
Vivos. Muertos. Enteros. Nombrados.
México necesita mirar semejante herida sin maquillaje patriótico. México necesita romper pacto miserable alrededor indiferencia. Cada desaparecido arrastra universo completo detrás nombre.
Un perro esperando croquetas. Una madre abrazando fotografías. Una hermana envejeciendo frente portón oxidado.
Un amigo recordando partidos callejeros. Todavía imagino Rodolfo doblando esquina cualquier tarde.
Todavía imagino ladridos reconocibles desde acera vecina. Todavía imagino llamada inesperada durante madrugada lluviosa.
“Compadre, ocurrió algo terrible”. “Compadre, regreso finalmente”.
Mientras exista semejante posibilidad diminuta, ninguna búsqueda termina realmente.

Por Admin

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