Gerson Gómez
El sol de Monterrey no ilumina: calienta el pavimento hasta derretir las suelas y las pocas ilusiones remanentes. Frontera norte del desencanto, metrópoli industrial devorada por su propia voracidad. Una urbe con singularidades folclóricas irresistibles: resulta el único rincón planetario con exhibición permanente de colchones viejos despanzurrados sobre las banquetas.
Trofeos de resortes oxidados expuestos ante la intemperie, mudos testigos esperando el milagro del camión recolector, el cual pasará cuando el destino decida. Mientras tanto, los vagabundos patrullan la oscuridad, cazadores de hierro fundido, arrancando tapas de Agua y Drenaje. Huecos negros devoradores de neumáticos, monumentos a la desidia urbana cotizados por kilogramo en la chatarrera vecina.
Escuchando de fondo los acordes de «Los Caminos de la Vida» de Los Diablitos, entiendo el verdadero calvario regio. Gas Natural, filial de conquistadores ibéricos, fractura las avenidas con impunidad colonial.
Perforan, introducen tuberías, marchan dejando zanjas eternas, cicatrices grises sin pavimentar durante meses. Paradoja económica de la modernidad: sale infinitamente más barato comprar el cilindro tradicional de gas butano, cargándolo al lomo, versus el suministro entubado de los empresarios españoles. Sus recibos llegan puntuales, inflados, brutales, verdaderos asaltos con logotipo corporativo.
Postales del paisaje lunar. Caminar por Félix U. Gómez o Ruiz Cortines implica una expedición extrema. Las arterias viales periféricas al primer cuadro semejan superficies craterianas, réplicas exactas del suelo lunar concebidas para destrozar suspensiones. En las inmediaciones, el mítico Barrio del Pozo, vecino cercano de la imponente Cervecería, mantiene su economía alternativa marchando a ritmo frenético. Ventanillas clandestinas despachando sustancias ilícitas trescientos sesenta y cinco días anuales, veinticuatro siete, horario continuo sin tregua ni descanso. Un libre mercado perfecto operando bajo las narices del mundo.
Un acordeón distorsionado introduce «Chorizo Choncho» de la banda punk alternativo local. La música sirve de alerta. Aquí conviene cuidarse de cualquiera vistiendo uniforme:
Policías de la Regia husmeando billeteras ajenas. Elementos de la Guardia Civil cazando infractores imaginarios. Agentes de Movilidad buscando la clásica mordida para el almuerzo. Efectivos de la Guardia Nacional vigilando con mirada intimidante.
El peligro real acecha los fines de semana en los alrededores de la Alameda Mariano Escobedo. Los llamados “guatchos”, delincuentes de navaja rápida, asaltan sistemáticamente a trabajadores domésticos, albañiles, guardias de seguridad privada. Jornaleros despojados de su raya semanal justo los viernes, sábados o domingos, cuando regresan extenuados buscando el camión hacia la periferia.
Rorros, fútbol y aguas negras. El olor a drenaje colapsado transporta la mente hacia Julio Roca, arteria principal en Valles de Santa Lucía, antiguo reducto de la Granja Sanitaria rumbo a San Bernabé. Manantiales oscuros de aguas negras fluyendo libres, arroyos pestilentes alfombrando el asfalto. Medio siglo de existencia viviendo entre miasmas, condenados a repetir idéntica rutina por los siglos de los siglos. Eternidad regia bañada en lodo fecal.
«Señores, soy de la banda más loca…» ruge la barra en el estadio, pero el eco suena a hipnosis colectiva. Ser Tigre o Rayado funciona como anestesia cerebral perfecta, idiotizando masas adscritas a Libres y Locos o La Adicción. Pasión futbolera convertida en religión obligatoria para olvidar la miseria. Monterrey, tierra hospitalaria, oferta cuartos en renta publicitados ingeniosamente: “A escasos diez minutos de la estación del Metro”. El anuncio omite detalles cruciales de geografía criminal. Olvidan mencionar nombres específicos: la Obrerista, la Independencia, la Coyotera, la Industrial, la Talleres, la Progreso, la Moderna. Sectores bravos donde cruzando la frontera de las nueve de la noche, los viejos atrancan puertas de fierro. Afuera domina el viejo repertorio: detonaciones de armas de fuego, despojos vehiculares, levantones nocturnos. El silencio sepulcral interrumpido por ráfagas de plomo.
Monitores de la ignorancia. La población conforma una pléyade de mentes adormecidas devorando contenidos basura de Multimedios o Televisa. Canales locales repletos de conductores de noticias transformados en mercachifles. Tipos vendiendo menciones comerciales de colchones, autos, ofertas de supermercado, sepultando cualquier intento de información veraz, oportuna, valiente. El periodismo regio yace muerto, sustituido por el infomercial eterno del presentador sonriente diciendo su célebre frase folclórica: “Aún hay más”. Mientras la ciudad sangra, la pantalla ofrece edecanes bailando ritmos tropicales.
El consumo también cambió de rostro. Monterrey prefiere las frías tiendas de autoservicio antes de favorecer la entrañable tiendita de barrio, sepultada por la modernidad corporativa de corporativos regiomontanos. Todo limpio, empaquetado, desalmado, idéntico al alma de esta metrópoli industrial.
Sonando «La Alarma» de Café Tacvba para cerrar el cuadro urbano, confirmo el diagnóstico. Monterrey progresa destruyéndose, ignorando sus heridas bajo luces de neón y anuncios espectaculares de cerveza fría. Bilis, sudor, polvo, fango de alcantarilla abierta. Bienvenidos a la capital del trabajo, paraíso de baches profundos, cuna del optimismo ciego.