Luz María Ortiz Quintos
¿Y si, si? ponemos de moda los valores, en la educación. Todo México está de fiesta.
Ver ganar a la Selección Mexicana nos anima, nos alegra y nos llena de orgullo. En eso coincidimos prácticamente todos: tanto los apasionados por el fútbol como quienes no siguen este deporte celebramos el triunfo de nuestro país. Sin embargo, más allá de la victoria, vale la pena reflexionar sobre la forma en que expresamos nuestra alegría, pues resulta lamentable que una celebración termine en tragedia.
El pasado 30 de junio, miles de ciudadanos salieron a las calles para festejar. Asimismo, numerosas familias acudieron a los espacios públicos habilitados por las autoridades para seguir la transmisión del partido y, posteriormente, celebrar el triunfo. Desafortunadamente, en algunos lugares la fiesta se vio empañada por hechos lamentables. En la Ciudad de México se reportó el fallecimiento de al menos dos personas. En Nuevo León, un grupo de asistentes fue dispersado con gas por elementos de seguridad, luego de que algunos intentaran forzar el acceso al Parque Fundidora.
También circularon en los medios diversos incidentes, como el de un joven que derribó una lámpara en la Explanada de los Héroes y terminó cayendo, exponiéndose a sufrir lesiones de gravedad.
Estos hechos nos muestran a una sociedad que, en algunos casos, se deja llevar por la euforia, el consumo de alcohol y la falsa sensación de poder desafiar a la autoridad o de actuar sin medir las consecuencias.
Y aquí retomo un tema que con frecuencia promuevo, la relevancia de la educación con valores humanos.
Por grande que sea la celebración, por más eventos gratuitos que existan o por más bebidas alcohólicas que se consuman, una persona con formación en valores sabe cuidarse, respeta a los demás y evita participar en conductas que pongan en riesgo su integridad o la de otras personas.
Si recuperáramos la enseñanza del civismo y la ética en los planes de estudio de todos los niveles educativos, y si cada familia asumiera nuevamente su responsabilidad de formar a los hijos en valores, derechos y deberes ciudadanos, muy probablemente observaríamos una sociedad con mejores conductas y una convivencia más respetuosa.
Los jóvenes, por la etapa de vida que atraviesan, suelen sentirse invencibles; por ello, corresponde a los adultos orientarlos, poner límites y protegerlos, enseñándoles que la libertad siempre va acompañada de responsabilidad.
Los valores se aprenden en el hogar y se fortalecen en la escuela. Cuando familia y educación trabajan de la mano, se forman ciudadanos capaces de celebrar con entusiasmo, pero también con prudencia y respeto.
Hoy ganó México, y eso merece celebrarse. Sin embargo, la manera en que expresamos nuestra felicidad es un aspecto en el que, como sociedad, todavía tenemos mucho por mejorar.