mié. Ago 19th, 2026

Por Luis Antonio Guajardo Becerra
Con frecuencia comparto un artículo o un editorial publicado en algún periódico digital y después me pregunto cuántas personas lo habrán leído completo. No me refiero a quienes dejaron una reacción, sino a quienes realmente llegaron hasta el último párrafo y comprendieron lo que el autor quiso expresar.
Tengo la impresión de que cada vez nos cuesta más trabajo terminar una lectura. Vemos el título, observamos la fotografía y en unos cuantos segundos decidimos si estamos de acuerdo o en contra. Algunas personas incluso comentan o comparten una publicación sin haber abierto el enlace.
Razones hay muchas: falta de tiempo, cansancio, exceso de información y la costumbre de revisar rápidamente el teléfono. También debemos reconocer que existen artículos demasiado largos, repetitivos o escritos con palabras que alejan al lector.
No toda la responsabilidad es de quien lee. Quienes escribimos debemos aprender a respetar su tiempo, presentar desde el principio el asunto que queremos tratar, utilizar un lenguaje sencillo y evitar rodeos innecesarios. Un texto no es mejor por tener más páginas o párrafos, sino por comunicar claramente una idea.
Sin embargo, comprender la realidad exige algo más que leer un encabezado. Un título puede llamar nuestra atención, pero difícilmente explica las causas de un problema, sus antecedentes, las responsabilidades de las autoridades y las posibles soluciones.
En Nuevo León enfrentamos asuntos que no pueden entenderse mediante una frase: contaminación, movilidad, transporte público, inseguridad, falta de agua y crecimiento desordenado. Para formarnos una opinión necesitamos conocer datos, escuchar diferentes posiciones y mirar más allá de los anuncios oficiales.
Cuando nos quedamos solamente con el titular corremos el riesgo de recibir una verdad incompleta. También podemos compartir información equivocada y contribuir a que otras personas la crean. Así surgen discusiones en las que todos opinamos, pero pocos conocemos realmente el tema.
Un editorial representa el punto de vista de su autor. No tenemos que aceptar todo lo que dice ni darle la razón. Leerlo completo nos permite conocer sus argumentos, compararlos con otras fuentes y decidir con fundamentos si estamos de acuerdo.
¿Debemos leer todos los editoriales que aparecen en internet? Desde luego que no. La cantidad de información disponible lo hace prácticamente imposible. Pero sí deberíamos terminar aquellos textos que decidimos comentar, compartir o utilizar para juzgar una situación.
Los periódicos digitales también pueden facilitar esta tarea. Una letra de tamaño adecuado, párrafos breves y menos anuncios que interrumpan la lectura ayudan a que una persona permanezca en el texto. Si abrir una nota se convierte en una lucha contra ventanas, videos y publicidad, es comprensible que el lector termine por abandonarla.
Las redes sociales pueden servir para despertar interés mediante una frase, una imagen o una pregunta. Pero esos recursos deben ser una invitación para conocer el contenido y no un sustituto de la información completa.
También necesitamos recuperar la conversación sobre lo que leemos. Preguntar qué entendimos, qué argumento nos convenció o qué parte no compartimos. No se trata de que todos pensemos igual, sino de aprender a expresar nuestras diferencias con conocimiento.
Una ciudadanía informada puede exigir cuentas, identificar promesas incumplidas y distinguir entre una acción de gobierno y una campaña publicitaria. Si queremos comprender lo que sucede en México y en Nuevo León, debemos conceder algunos minutos de atención a los asuntos que afectan nuestra vida.
Podemos terminar un editorial y continuar en desacuerdo con su autor. Eso también es válido. Lo importante es conocer primero lo que realmente escribió.
Porque antes de comentar, compartir o juzgar, hay que hacer algo cada vez menos frecuente, pero indispensable: leer.

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