Eleazar Fuentes Gutiérrez
En política estamos muy acostumbrados a escuchar el sí. Sí se puede, sí lo vamos a hacer, sí vamos a resolverlo. Y es normal, sobre todo cuando estamos en tiempos electorales, porque al final nadie hace campaña diciéndole a la gente todo lo que no puede hacer.
Pero gobernar es otra cosa.
Cuando ya estás en un gobierno te das cuenta de que no todo se puede hacer, por más que se quiera. Hay presupuestos, prioridades y problemas que muchas veces te obligan a escoger entre una cosa y otra. Y es ahí donde creo que también se conoce a un buen político.
Porque decir que sí es fácil. El sí normalmente cae bien, genera aplausos y evita problemas. Decir que no es lo complicado, principalmente cuando sabes que esa decisión puede molestar a una parte de la gente.
Pasa mucho con los gobiernos. Queremos más obras, mejores calles, apoyos, seguridad, transporte y mejores servicios, y claro que debemos exigirlos, para eso están. Pero también es cierto que ningún gobierno tiene dinero para hacer todo al mismo tiempo. Alguien tiene que decidir qué va primero y qué tendrá que esperar.
Y ojo, tampoco quiere decir que con esto se puedan justificar malas decisiones. Al contrario. Creo que si un político va a decir que no, tiene todavía más responsabilidad de explicar el porqué.
A veces siento que hemos llevado la política a querer quedar bien con todos. Si una decisión genera críticas inmediatamente parece que estuvo mal y si genera aplausos parece que estuvo bien. Y no necesariamente funciona así.
Hay decisiones que pueden ser muy populares y terminar siendo malas, así como puede haber decisiones que en un principio no gusten y con el tiempo resulten ser las correctas.
Creo que también para eso elegimos gobernantes: para que escuchen, pero también para que decidan.
Al final, gobernar implica tomar decisiones y aceptar que no todos van a estar de acuerdo contigo. Un político que solamente sabe decir que sí tarde o temprano se va a encontrar con una realidad que le va a decir que no.
Y quizá ahí está uno de los grandes retos de nuestra política: entender que gobernar bien no siempre significa quedar bien con todos.