mié. Sep 23rd, 2026

Eleazar Fuentes Gutiérrez
Tenía algunas semanas sin escribir en este espacio. No fue porque me quedara sin temas, mucho menos porque dejara de tener cosas que decir. Simplemente, la vida nos pone en momentos difíciles, donde lo importante pasa a ser lo menos importante para darle prioridad a algo aún más grande.
Para los que me conocen en lo personal, sabrán que mi padre ha estado delicado de salud, y para los que no, pues ya se los estoy haciendo saber. Entre médicos, estudios, noches largas y momentos de incertidumbre, en donde sientes que la vida en cualquier momento te puede arrebatar una parte de ti, escribir dejó de ser una prioridad.
Y precisamente estos días me han hecho aún más reflexivo. A veces vives tanto en la rutina que te acostumbras a llegar a casa y ver a tu papá sentado, que te pregunte cómo te fue, o ver a mamá esperándote para comer. Lo normalizamos. Lo difícil es cuando sientes, o llegas a sentir, que todo eso puede cambiar en un instante, que la vida te puede cambiar y que aún no estás listo.
Nos la pasamos preocupados por el trabajo, los pendientes, aquello que salió mal o aquello que queremos conseguir.
Hasta que un día estás sentado en la sala de un hospital y muchas de esas cosas dejan de importar. Y comienza algo que en política es muy cotidiano y muy fácil de abordar: la toma de decisiones.
El punto aquí es que nadie te prepara para tomar decisiones sobre tu familia o decisiones sobre la salud de tu padre. Son decisiones que se tienen que tomar, acciones que se tienen que realizar y, en ocasiones, riesgos que se tienen que correr.
Soy el menor de mi familia. Mis padres, mis dos hermanas mayores y yo. Y nadie te prepara para decidir en tiempos difíciles, cuando sientes que todo se derrumba y pides ayuda a Dios. Gloria a Dios, seguimos luchando y, a pesar de mi corta edad, Dios me ha dado la sabiduría para poder tener la valentía de tomar decisiones y correr riesgos.
He pasado buena parte de estos días acompañando a mi papá. Han sido momentos difíciles, pero también momentos que me han permitido detenerme y pensar. A veces vivimos tan rápido que damos por hecho algo tan sencillo como sentarnos a platicar con nuestros padres, comer juntos o simplemente saber que están bien.
También he visto de cerca algo que muchas veces olvidamos: detrás de cada persona que está en una cama de hospital existe una familia esperando buenas noticias. Hay hijos preocupados por sus padres, padres preocupados por sus hijos y personas que, aunque están cansadas, siguen ahí acompañando.
La enfermedad nos recuerda lo frágiles que somos, pero también nos recuerda el valor de estar presentes.
No sé si existe una manera correcta de atravesar momentos así. Lo que sí sé es que estas semanas me han enseñado a valorar mucho más aquello que antes parecía cotidiano.
Quizá por eso hoy regreso a escribir de una manera diferente.
Seguiré hablando de política, de gobierno, de elecciones y de los temas que normalmente ocupan este espacio. Pero hoy quería escribir sobre algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante.
A veces la vida nos obliga a detenernos para recordarnos qué es lo que verdaderamente vale la pena.
Hoy, para mí, eso es mi familia.
Te amo, papá.

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