Calabazas, catrinas y caja registradora
Gerson Gómez
Antes del 31 de octubre, Monterrey se disfraza. San Pedro Garza García lo hace mejor. Cobra la entrada, el estacionamiento, la foto con la bruja. La muerte llega puntual. El pago antes.
Camino por el paseo de calabazas. Hay paja en todas partes., luces naranjas, humo de hielo seco y bocinas con risa de bruja grabada. Las calabazas viajaron en camión desde bodegas lejanas y HEB las apiló en pirámides.
Cada una luce su sonrisa tallada y etiqueta con precio. Héroe de banqueta. Resisto con taco en mano y cartera en peligro.
La fila avanza lenta entre vampiros de oficina, enfermeras de pasarela y dinosaurios inflables. Delante va mi vecino disfrazado de Pedro Infante. Detrás vienen tres chavos de payaso asesino. El boleto cuesta lo mismo para vivos y muertos.
Halloween nació entre los celtas. Ellos llamaban Samhain a la noche del cambio de estación. Creían en espíritus sueltos y encendían hogueras. Tallaban nabos, no calabazas. Los irlandeses cruzaron el océano con la costumbre. Los norteamericanos la compraron, la empacaron y la devolvieron con moño. Nos la ofrecen en caja, con luces y disfraz incluido. Pagamos felices, con la dignidad olvidada en el estacionamiento.
Los protestantes miran la fiesta con encono. Ellos recuerdan el 31 de octubre por Lutero y sus tesis clavadas en 1517. Para sus pastores la brujería es pecado, el disfraz, el dulce. Predican contra la calabaza desde el púlpito. Mientras tanto, sus hijos piden caramelos en la esquina. Algunas iglesias organizan su propio festival de luz, con payasos, pizza y cero fantasmas. La competencia es feroz. El diablo también tiene mercadotecnia.
La brujería, esa sí, es vieja en México. Hay hierberas en el mercado, limpias con huevo y velas de colores. Nadie las invita al paseo de San Pedro. Les falta glamur. La bruja de verdad cobra poco. La de plástico cobra boleto.
Octavio Paz lo explicó mejor en El laberinto de la soledad. El mexicano convive con la muerte. Se burla de ella, la festeja, la abraza. El norteamericano la esconde. Nosotros la sentamos a la mesa. Paz lo escribió con elegancia. Yo lo repito con calculadora. La muerte mexicana hoy tiene patrocinador.
El disfraz convierte la fiesta en carnaval. Todos fingen ser otro. El banquero se vuelve vampiro. El vampiro se vuelve banquero y nadie nota la diferencia. El cine de horror alimenta el negocio. Freddy, Jason y Chucky salen de la pantalla y alcanzan a la fiesta infantil. Hay sangre de jarabe, cuchillos de goma y gritos para Instagram. Los niños chillan, los padres sonríen y el dueño del paseo goza. Sadismo con factura.
Los niños tocan puertas. Piden calaverita en el barrio y gritan dulce o travesura en la residencial. En la colonia popular piden con bolsa de plástico. En la zona privada exigen con canasta de diseñador. El dulce es el mismo. El precio de la camioneta, no. Ningún fantasma discrimina, pero el portero sí.
Los colegios particulares no se quedan atrás. Cobran el desfile de disfraces, la kermés y el concurso de altares. Los padres pagan y aplauden. Los hijos desfilan de Spiderman, esqueleto o de calabaza con tutú. En la Ciudad de México pasa igual. Su gran desfile de Día de Muertos nació en 2016, después de la película Spectre, de James Bond. Primero fue ficción de Hollywood. Después fue realidad con hoteles llenos. Pátzcuaro, Mixquic, Oaxaca y Aguascalientes reciben multitudes cada noviembre. Los potentados viajan, hospedan, compran artesanía y regresan con fotos. Los pueblos ponen los muertos. Las agencias el recibo.
Noviembre. El cempasúchil pinta las calles de amarillo. El copal perfuma el aire. El día uno se espera a los muertos niños. Pan, leche, dulces y juguetes. El día dos regresan los adultos. Mezcal, mole, cigarro y tequila. Todo parece película de Disney. Coco cantó, lloró y llenó las salas. Ahora los altares se arman con luces led, filtro de celular y mariachi enlatado. Nada de poesía, metafísica. El vivo no habla con el muerto. El vivo le vende al vivo. Los muertos ya forman parte del cosmos y nadie les pregunta su opinión.
Las catrinas desfilan con la cara pintada. Muchas parecen osos panda con sombrero. Ojos negros, cara blanca, cero elegancia. José Guadalupe Posada dibujó la Calavera Garbancera para burlarse de la gente presumida.
Diego Rivera la vistió de gala. La modelo la usa para anunciar perfume. Posada se revuelca en la tumba. Da igual. Los muertos no cobran derechos de autor.
En la bocina suena La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio. Pachuco retumba entre calabazas. Mojado cruza la frontera de mi memoria. Los muchachos de los noventa bailamos ska con nuestra propia muerte. La banda suena entre café de calabaza, palomitas y tarjetas de crédito. Los años pasan. La rebeldía se vuelve música de fondo.
Amanece el tres de noviembre. La paja queda tirada. Las calabazas se pudren en el estacionamiento. Los organizadores cuentan billetes con dedos de esqueleto. Los muertos al cosmos, vacíos de pan y de mole. Nadie los extraña hasta el año próximo. Entonces comprendo la verdad. En México la muerte no asusta, no se llora, no se reza. La muerte se factura. Siempre, siempre, paga IVA.
