Por: Antonio Sánchez R.
Interés y convicción…
Hace muchos años, me tocó participar en la campaña política que llevaría a la señora Lupina Solano de Sada a ocupar una curul en el congreso del estado, representando al Segundo Distrito Electoral, que en aquel entonces estaba conformado por todo el municipio de San Pedro Garza García y una parte del extremo poniente del municipio de Monterrey.
El principal lema de la campaña de la candidata era el de que “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”, frase que ha sido adjudicada tanto a la Madre Teresa de Calcuta como al escritor hindú Rabindranath Tagore, pero que en realidad fue acuñada por el filósofo, escritor y orador Marco Tulio Cicerón.
En fin, lo de la paternidad de la frase en cuestión es lo de menos, pues lo que interesa es el fondo, la profundidad del sentido, lo que encierra este pensamiento en el que se debería enmarcar el quehacer público, el servicio a los demás, la vocación de servir a la gente y no servirse de ella, como viene sucediendo en los últimos tiempos…, y desde antes.
De unas décadas a la fecha, nuestro entorno político se ha visto invadido por ciertos especímenes que, además de una retórica cargada de falsedades disonantes, no tienen una determinada convicción en cuanto a los colores partidistas o filosofía política a la que se van a “entregar”.
Como bien dice mi amigo el doctor Ademir Ramírez Zambrano, los propios partidos no son otra cosa más que simples membretes, ya que está probado que ni siquiera conocen su ideología y hacia el interior de dichos organismos no existe ni por asomo la tan llevada y traída Democracia.
La realidad es que lo que predomina entre los partidos políticos que actualmente participan en la vida política nacional y local, son los intereses personales de quienes llegan a conseguir la nominación, porque lo que es de ideología política partidista, no saben absolutamente nada y les da igual cambiar de colores cada tres años, saltando como alegres “chapulines” entre los altos orados.
El espíritu de servicio, la famosa vocación para el servicio público, han pasado a mejor vida. “El interés tiene pies”, decía mi tía Inés, “Y si no sabes el rumbo, yo te digo por dónde es”, respondía mi primo Andrés. En estos tiempos tan turbulentos y a poco menos de un año de que salten los nombres de los candidatos a los puestos de elección, el principal actor es el camaleón, ese animalito que cambia de color según la situación.
Pero desde ahora empezamos a ver las primeras señales de que en la contienda electoral prevalecerán los intereses por encima de las convicciones; lo de hoy es cambiar de partido como cambiar de calzones y nadie se ruboriza cuando se le cuestiona que en contiendas electorales haya “defendido” otros colores o siglas y menos cuando para brincar de un partido a otro se obtuvo una no muy despreciable ganancia monetaria, como ya ha sucedido muy recientemente.
“Vivir para servir”, al parecer, es un pensamiento que ha pasado a mejor vida, para dar paso a una lucha por alcanzar los grandes presupuestos, las altas nóminas, los más jugosos contratos, esos que dejan jugosos “moches”, porque, por si no lo sabía, estimado lector, han vuelto aquellos tiempos en los que la filosofía del “haz obra y sobra” cobra vigencia de nueva cuenta y no duden que también aquello de que “amistad que no se refleja en la nómina, es pura hipocresía”, quede establecido de nueva cuenta. Bueno, creo que ya se ha instaurado y enquistado de manera definitiva. P’al baile vamos.