Raúl Guajardo Cantú
La democracia, decía Winston Churchill, es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás, en otras palabras, afirmaba que con todos los defectos que pueda tener, la democracia es preferible a las dictaduras u otro tipo de gobiernos, algo de eso pudimos observar durante las pasadas semanas en Nuevo León.
Como es de sobra conocido, vivimos en una democracia con tres Poderes, el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, este último representado por especialistas cuya misión consiste en evaluar y vigilar que toda decisión de los otros poderes esté apegada a la Constitución que como sociedad nos hemos dado.
El encontronazo que se presentó entre los poderes Ejecutivo y Legislativo de Nuevo León nos permitió observar en vivo y en directo la importancia de esta división de poderes, pese a la crisis política, que pudo en algún momento transformarse en social y constitucional, que se presentó en la entidad.
Si hubiésemos vivido en un sistema no democrático, poco hubiera habido por hacer para que el gobernador pasara por encima de la Constitución, que por otra parte y solo como curiosidad, él mismo promovió.
Así el gobernador habría podido asumir una candidatura presidencial y, al mismo tiempo, mantener el control del gobierno estatal, solo porque así era su deseo, cuando en ninguna parte de la Constitución se le faculta para ello.
Los legisladores, por su parte, ejercieron sus facultades y nombraron a quien sustituiría al gobernador con licencia, sin embargo, la ley del estado es omisa por lo que respecta a la forma en que se puede reasumir el cargo de gobernador y dejar sin efecto la licencia, por lo que los legisladores de alguna manera quisieron “estirar la liga” e insistir en que ellos deberían analizar si se hacía efectivo el regreso del gobernador a su puesto.
Por su parte, las máximas autoridades en el ámbito judicial del país pusieron en claro quién tenía razón en qué e hicieron que prevaleciera en todo momento el Estado de Derecho, pese a que los medios de comunicación no sabían bien a bien qué estaba pasando desde el punto de vista legal y propusieron hipótesis variadas.
Al final de cuentas nos percatamos de que la democracia, con todos sus defectos, funciona y no permite que los intereses políticos de alguien puedan estar por encima de los derechos de las mayorías, en este caso de los ciudadanos.
Es cierto, pudimos ver que se presentan lagunas, insuficiencias en las leyes que nos rigen, pero también nos dimos cuenta de que es preferible que impere esta ley a la de la jungla.