Gabriel Contreras
Eran los años ochenta y el cine mexicano vivía momentos difíciles, de modo que alguien tuvo la idea de que mezclando los dramas de migrantes, sicarios y rancheros podría generarse un público sustancial.
Así nació el Cabrito Western, basado en ideas sencillas, presupuestos limitados y actores en edad de jubilarse.
Hoy, se sabe de su existencia, pero se le mira por encima del hombro, un poco con desprecio y un poco con desdén. Pero ese legado sigue ahí, en cajas de cartón y rincones polvorientos.
Sin figurar hoy en museo alguno, el Cabrito Western fue un cine identitario, exitoso y apasionante para un público que supo aplaudirlo, apreciarlo y otorgarle un lugar en la memoria colectiva.