dom. Ene 11th, 2026

Por Gerardo Guerrero
El Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) nació como la promesa de una
regeneración política. Se presentó ante la ciudadanía como la fuerza capaz de desmontar las viejas prácticas partidistas y reconstruir la vida pública desde la honestidad, la austeridad y la
participación social. Durante años, su discurso convocó a millones que buscaban un cambio profundo en la relación entre el poder y la gente.
Sin embargo, hoy crece una inquietud legítima: ¿MORENA está cumpliendo ese propósito ciudadano o está transitando hacia la formación de una nueva casta política, más preocupada por preservar su dominio que por fortalecer la democracia?
Los partidos políticos, en su concepción democrática, son instrumentos para representar intereses sociales y convertirlos en políticas públicas incluyentes. No obstante, la evolución reciente de MORENA revela dinámicas que parecen alejarse de esa función. La toma de decisiones concentrada en cúpulas partidarias, la rotación constante de figuras en cargos sin criterios claros más allá de la cercanía política, y los procesos internos de selección de candidatos marcados por acuerdos cupulares, han generado la percepción de un partido que
privilegia su propio interés antes que el de la ciudadanía.
Este fenómeno no es nuevo. La historia política mexicana ha visto cómo movimientos que llegaron con la bandera del cambio terminaron reproduciendo los mismos mecanismos de exclusión y control que juraron combatir. Lo que diferencia el caso actual es el contraste entre el discurso moralizante y las prácticas que lo ponen en entredicho.
No se trata de negar los avances logrados por el gobierno surgido de MORENA en áreas
como programas sociales, infraestructura o combate a la corrupción en ciertos niveles. Pero también debe reconocerse que la construcción de un proyecto democrático sostenible exige instituciones fuertes, contrapesos reales y participación ciudadana efectiva, no una estructura partidaria que busque absorber al Estado desde dentro y administrarlo como extensión de sí misma.
Cuando la lógica partidista se antepone al interés público, cuando la lealtad pesa más que la capacidad, cuando la crítica interna se desincentiva en nombre de la unidad, el riesgo es claro: el partido deja de ser herramienta de la sociedad para convertirse en grupo de poder.
La disyuntiva que enfrenta MORENA no es menor. Puede optar por ser un partido político
moderno, capaz de abrirse al escrutinio, escuchar la diversidad de voces y fortalecer
instituciones que trasciendan coyunturas y liderazgos. O puede consolidarse como una casta política que busque perpetuarse en el poder, administrando los recursos públicos y las estructuras del Estado como un patrimonio partidista.

La transformación que prometió no puede sostenerse si termina reemplazando una élite por otra. El desafío verdadero no es conquistar el poder, sino ejercerlo con límites; no ocupar instituciones, sino construirlas; no invocar unidad, sino asumir pluralidad.
El futuro de MORENA, y con él una parte importante del futuro democrático del país,
depende de esta decisión histórica: ser instrumento ciudadano o convertirse en una nueva casta en el poder.

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