dom. Ene 11th, 2026

Por Gerardo Guerrero

México está caminando —con paso firme, lento y casi inconsciente— hacia un desequilibrio histórico entre lo que enseña y lo que realmente necesita. No es una especulación futurista niuna alarma exagerada: es un diagnóstico del Instituto Mexicano para la Competitividad(IMCO), que proyecta que para el año 2050 el país habrá formado 28.7 millones de profesionistas en áreas con baja demanda laboral. No se trata de un simple desfase, sino de la consolidación de un modelo que fabrica títulos sin futuro y expectativas sin sustento.

La cifra tiene un correlato aún más preocupante: 65% de los egresados seguirá concentrándose en carreras tradicionales —especialmente derecho, administración ycontaduría— que llevan más de una década entre las más saturadas y que ofrecen, en promedio, ingresos por debajo de áreas estratégicas como ingeniería, tecnologías de lainformación, análisis público o infraestructura crítica. El país insiste en formar más abogados que ingenieros, más administradores que técnicos especializados, más profesionistas de baja demanda que especialistas en sectores clave para la economía del mañana.

El mercado laboral ya muestra las grietas. Carreras vinculadas a ingeniería, TIC y ciencias políticas aplicadas se colocan entre las mejor remuneradas, mientras que campos como educación, industria alimentaria y trabajo social siguen hundidos en los escalones más bajos del ingreso profesional. El contraste no solo es económico: es estructural. Mientras las industrias emergentes demandan habilidades cuantitativas, tecnológicas y técnicas, las universidades continúan prolongando un modelo educativo que ya no responde a la realidad.

La desconexión no es casualidad. Es el resultado de más de veinte años de inercia institucional, una falta de actualización curricular sistémica y una orientación vocacional que opera más como brújula emocional que como instrumento estratégico. El IMCO, en sus análisis más recientes, es claro: México no sólo está formando profesionistas para sectores saturados, sino que también está dejando vacíos peligrosos en áreas críticas. Para 2050 se prevé un déficit superior a los 300 mil técnicos, una carencia que puede comprometer la competitividad industrial del país en manufactura avanzada, energía, salud, infraestructura, automatización y sectores tecnológicos

Pero el problema no termina en las aulas; llega al bolsillo y a la vida cotidiana. La Generación Z mexicana, que debería estar capitalizando la mayor disponibilidad educativa de la historia, es paradójicamente la que menos gana. Sus ingresos promedio rondan los $8,700 pesos mensuales, cerca de 25% menos que los millennials. La movilidad social se está evaporando justo cuando la educación superior debería consolidarla.

El efecto es corrosivo. La narrativa tradicional —“estudia, trabaja duro, progresa”— ya no corresponde con la realidad material. El contrato social se resquebraja. Y en ese vacío, la frustración encuentra salidas inmediatas: entretenimiento compulsivo, hiperconexión, pornografía, apuestas en línea, micro escándalos digitales, guerras culturales y teorías conspirativas que sustituyen el sentido de futuro que las instituciones dejaron de proveer. No es moralismo: es sociología básica. Una generación desesperanzada es terreno fértil para cualquier escape.

Frente a este panorama, las advertencias del IMCO no son un diagnóstico pesimista, sino una llamada urgente a la acción. El instituto propone rediseñar los programas educativos hacia modelos más cortos, flexibles, modulares y basados en competencias reales de la industria. Sugiere crear un sistema nacional de orientación vocacional sustentado en datos, no en mitos. Y exige una alianza efectiva entre universidades, empresas y gobierno para actualizar la formación técnica y profesional.

No hacerlo tiene un costo. México corre el riesgo de convertirse en un país donde abundan los títulos, pero escasea el conocimiento útil; donde se produce talento, pero no se genera oportunidad; donde los jóvenes acumulan diplomas, pero no acumulan futuro.

El país todavía está a tiempo de corregir el rumbo. Pero el reloj ya empezó a correr, y cada generación que egresa bajo el modelo actual es un recordatorio de que la inercia también es una forma de renuncia. México no puede seguir formando profesionistas para empleos que ya no tendrán gran demanda, ni sostener un sistema que promete movilidad y entrega precariedad. La educación siempre ha sido el motor del desarrollo; hoy, si no se reconfigura,corre el riesgo de convertirse en su freno más poderoso.

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