dom. Ene 11th, 2026

Luz María Ortiz Quintos

Situaciones por las que atraviesan silenciosamente muchas mujeres y familias, son realidades que suele nombrarse tarde, otras veces demasiado suave y, en muchos casos, simplemente no se nombra: se normaliza. A continuación el relato de una mujer: “Cuando me separé, mi ex pareja, se llevó a mis hijos a un sitio fuera de la ciudad, sin comunicación, sin señal y sin forma de saber si estaban bien. Como cualquier madre, entré en pánico. Recuerdo el silencio de ese día, el teléfono sin respuesta y la sensación física de que algo estaba fuera de lugar. Llamé a su familia, a mi ex suegra le expliqué lo que estaba ocurriendo, su respuesta fue tan simple como cruel: “Yo no te lo elegí.”

En innumerables casos muchas mujeres deben cargar con esa culpa: creer que debieron prever el comportamiento futuro de un hombre. En algunas ocasiones, familias, amistades e incluso profesionales justifican las reacciones violentas de los varones, suavizan sus omisiones o se vuelven cómplices sin advertirlo.

La violencia directa a veces se señala; la violencia encubierta casi nunca, por lo regular se minimiza bajo la idea de que “no pasará a mayores”.

Existe una violencia que atraviesa generaciones, que la cultura entierra bajo una frase que pretende ser consejo y termina siendo sentencia: “Debiste elegir mejor.”

A las mujeres se les exige una clarividencia imposible: elegir pareja como si fueran oráculos capaces de anticipar su responsabilidad futura, su estabilidad emocional, su capacidad de cuidado, sus omisiones, su violencia latente y hasta su desempeño como padres dentro de veinte años.La cultura determina que: ellas deben elegir bien, ellos pueden errar, crecer y rehacer su vida.

Mientras a los hombres se les concede una curva de aprendizaje sentimental, a las mujeres se les juzga por cada consecuencia derivada de un vínculo, incluso muchos años después.

Vivimos en una sociedad donde el estándar para evaluar la paternidad está por debajo de lo mínimo. Un padre que cuida a su hijo una vez al mes es considerado “responsable”. Uno que da una pensión irregular se percibe como “buena gente”. Uno que no golpea es visto como “respetuoso”.

Esa perspectiva normaliza la negligencia, la manipulación emocional, el sabotaje de rutinas, el uso de los hijos como arma, la irresponsabilidad, las cancelaciones repentinas y la violencia pasiva como control.

Y cuando un padre es inestable o peligroso, la responsabilidad no recae sobre él, sino sobre la mujer que “no supo elegir”. Una inversión moral perfecta para proteger al agresor.

La violencia vicaría —la violencia que se ejerce sobre los hijos con la intención de dañar a la madre— se manifiesta en exponerlos a riesgos innecesarios, incumplir acuerdos, manipular su afecto, romper rutinas, interferir en su salud emocional y usar el tiempo de convivencia como castigo.

En ocasiones los hombres construyen nuevos hogares, desestabilizan el pasado. Dejan atrás promesas rotas, afectos intermitentes y la sensación de estar en segundo plano. Es un daño emocional: un contrato afectivo jamás cumplido, también es un daño moral profundo que rara vez se nombra como violencia. Dañar a los hijos nunca es neutral, siempre es también dañar a la madre.

La frase “elegiste mal” es una trampa cultural, moralista e invisible. Sirve para justificar la negligencia masculina, ocultar la violencia, mantener la impunidad, culpar a quien protege y exonerar a quien daña.

Por Admin

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *