Por Gerardo Guerrero
En un tiempo en que la inteligencia artificial dejó de ser promesa para convertirse enpresencia cotidiana, los sistemas judiciales del mundo enfrentan una encrucijada inédita. La tecnología avanza con una velocidad que desborda regulaciones, prácticas y certezas, y elejercicio de impartir justicia —un oficio milenario construido sobre la palabra humana, el juicio ponderado y la garantía de derechos— se ve interpelado por algoritmos capaces de procesar millones de datos en segundos. Frente a esta realidad, la UNESCO dio un paso sin precedentes al publicar las Guidelines forthe Use of AI Systems in Courts and Tribunals, el primer marco ético-operativo de alcance global destinado a orientar la integración responsable de la IA en los tribunales. No se trata de un mero documento técnico, sino de una brújula moral y práctica para evitar que la fascinación tecnológica eclipse el fundamento esencial de toda justicia: la dignidad humana. Las directrices nacen de una constatación inevitable: la IA ya está aquí y ya está siendo usada por jueces, fiscales, defensores y administradores de justicia. Desde Brasil, donde VICTOR clasifica miles de apelaciones, hasta India, que emplea SUVAS para traducir documentos judiciales a múltiples lenguas, pasando por tribunales europeos que ensayan predicciones jurisprudenciales y despachos en África que recurren a algoritmos para revisar contratos, el ecosistema jurídico se está reconfigurando aceleradamente. Incluso herramientas generativas basadas en modelos lingüísticos han comenzado a elaborar borradores de sentencias,discursos o argumentos legales. Ese uso, sin embargo, ha mostrado también su cara riesgosa: referencias inexistentes, datos erróneos, sesgos invisibles o filtración de información confidencial. Consciente de estos beneficios y peligros, la UNESCO propone un entramado de quince principios universales que abrazan desde la protección de los derechos humanos hasta la necesidad de supervisión humana, desde la transparencia y la rendición de cuentas hasta el diseño participativo y la gobernanza multiactor. Estos principios no se presentan como mandamientos aislados, sino como fibras que, entrelazadas, buscan sostener un mismo propósito: garantizar que la IA no erosione el debido proceso, la igualdad ante la ley ni la independencia judicial. En este marco, la IA no es imaginada como juez sustituto ni como oráculo infalible, sino como un instrumento auxiliar cuyo valor depende de la prudencia con que se utilice. Las directrices insisten en que ninguna decisión que afecte derechos puede delegarse totalmente en una máquina. La sentencia —ese acto solemne que define responsabilidades, libertades y destinos— debe seguir emanando del análisis humano, de la interpretación fundada y del razonamiento jurídico. El documento adquiere especial fuerza cuando se examina a la luz de hechos recientes. En 2024, la Corte Constitucional de Colombia estableció un precedente decisivo al evaluar si un juez vulneró el debido proceso al usar ChatGPT para justificar una sentencia. La Corte no prohibió la tecnología, pero sí dejó claro que ningún sistema automatizado puede reemplazar la racionalidad judicial y que todo uso de IA exige transparencia, verificación estricta y control humano. Tras ese fallo, Colombia adoptó oficialmente las directrices de la UNESCO para regular el empleo de IA generativa en el Poder Judicial, convirtiéndose en un referente regional. La visión de la UNESCO es clara: si los poderes judiciales deciden adoptar sistemas de IA—y es evidente que cada vez más lo harán— deben hacerlo de forma gradual, consciente yética. Esto implica evaluar los impactos algorítmicos antes de su implementación, auditar los sistemas durante su uso, suspenderlos cuando haya riesgos de discriminación o violaciones de derechos, y asegurarse de que los datos con los que operan sean seguros, representativos y protegidos. También supone fortalecer la formación de jueces y personal judicial, actualizar políticas internas y construir repositorios públicos donde la ciudadanía pueda conocer qué herramientas se utilizan y para qué fines. Una parte crucial del documento se dedica a la IA generativa, cuyo atractivo radica en su capacidad para producir textos persuasivos, traducciones fluidas y resúmenes convincentes. Pero precisamente por esa fluidez, la UNESCO advierte contra una confianza excesiva. Los modelos lingüísticos no comprenden el derecho ni la realidad que describen; generan texto, no juicio. Por ello, nunca deben emplearse para crear pruebas, peritajes, decisiones vinculantes o análisis jurídicos autónomos. Su uso debe limitarse a tareas auxiliares, y cada fragmento generado por IA incorporado a un documento legal debe ser verificado, citado y plenamente asumido por quien lo utiliza. Las directrices también subrayan que la protección de datos personales es un pilar irrenunciable. En una época en la que muchos sistemas gratuitos de IA entrenan sus modelos con todo lo que los usuarios escriben, introducir información sensible en un chatbot puede equivaler a entregarla al dominio público. En justicia, donde los expedientes contienen historias de vida, diagnósticos médicos, datos familiares y decisiones que condicionan futuros enteros, esa exposición sería inaceptable. Todo este esfuerzo no persigue impedir la modernización tecnológica, sino garantizar que la justicia —ese espacio donde se equilibra la palabra, la ley y la humanidad— no pierda suesencia en el tránsito hacia la era digital. La UNESCO reconoce que la IA puede contribuir a reducir el rezago judicial, facilitar el acceso a información jurídica y mejorar la eficiencia administrativa. Pero también recuerda que la prontitud no puede prevalecer sobre la prudencia, ni la automatización sobre la equidad. Por eso, quizá la frase más potente de todo el documento es también la más simple: la IA no razona; calcula. Y la justicia —esa que vela por la libertad, la igualdad y la dignidad— no puede ser resultado de un cálculo, sino de una deliberación humana informada, responsable y profundamente ética. En un momento crucial para el futuro de los tribunales del mundo, las directrices de la UNESCO se alzan como un puente entre la tecnología y la humanidad, recordándonos que el progreso solo es verdadero cuando no sacrifica los derechos que pretende proteger.