El otro día platicaba con mi esposo sobre las historias “de miedo” que se comparten en Estados Unidos comparadas con las de nuestro México.
Ciertamente las del país vecino no solo son terroríficas, también son horrorosas y producen un rechazo automático, pero las nuestras son graciosas, envalentonadas y atrayentes.
¿Conoce la Leyenda del Charro Negro? ¿Ha oído sobre aquel “abuelo” que se agarraba a machetazos con el diablo en el cerro? ¿el que a maldiciones y groserías echaba fuera demonios y espíritus de los lugares? ¿o el que le ganó la partida a la muerte?
Esto me hizo preguntarme si acaso la religión marcaría la diferencia entre los que no juegan con la muerte y los que sí, los que exponen el horroroso resultado de una vida sin Dios y los que creen que con o sin Él pueden arreglárselas.
Pero déjeme decirle que hablar de Dios y del diablo, la vida y la muerte, son cosa seria, porque Dios no hace acepción de personas, y el diablo tampoco, porque la vida pasa y la muerte a todos nos llega. Dios paga, y paga bien; el diablo presta y cobra bien, la vida da y la muerte quita, inevitablemente.
A los mexicanos nos gusta burlarnos de la vida y de la muerte, pero solo hay Uno que tiene poder sobre ellas; el otro, solo nos engaña haciéndonos creerlo.
Tenga cuidado a quien le cree y le acepta un favor, porque uno maldice hasta la tercera y cuarta generación, pero Otro bendice hasta la séptima y aún hasta mil generaciones.
¿Puede adivinar Cuál es cuál? El propósito de los cuentos y leyendas no solo era entretener, también era enseñar, que el mal es real y devastador pero que el bien sigue ahí, esperando a quién lo quiera elegir, sin burla ni nada.
¿Cree esto? Hable con Dios, lea la Biblia y descúbralo. Solo la Verdad nos hará verdaderamente libres.
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