mié. Feb 18th, 2026

Gerson Gómez
En las faldas de la Sierra Madre, donde el aire todavía se siente con olor a privilegio y a pino recién cortado, se levanta el Vaticano de la soberbia regia: San Pedro Garza García. Aquí no se camina, se desfila. El asfalto, negro y perfecto como la conciencia de un banquero, sostiene el peso de las camionetas blindadas que ronronean con la discreción de quien no necesita pedir permiso. La ciudad pop de las élites, un ecosistema donde el clasismo no es una opinión, sino una coreografía bien ensayada.
San Pedro es ese lugar donde la mirada se entrena para ignorar lo que no brilla. Es el código postal 66220, donde la realidad se filtra por el tamiz de un iPhone de última generación. En este escenario, la política dejó de ser un asunto de plazas públicas para convertirse en un story de quince segundos. Samuel García y Mariana Rodríguez son los sumos sacerdotes de este nuevo culto. Él, con ese acento que es un martilleo de triunfalismo norteño; ella, con la sonrisa inquebrantable de quien ha nacido para vender aspiraciones en forma de cosméticos o filtros de luz.
El clasismo en el “Olimpo” sampetrino se manifiesta en la sutil distancia. Samuel, el gobernador que presume botas de piel exótica y rechaza los “wipiles” para su hija Mariel, encarna la idea del nuevo rico que busca validación en la genealogía del dinero viejo. Mariana, por su parte, es el rostro amable de la exclusividad; su carisma es el pegamento que une la precariedad del resto del estado con el lujo de sus oficinas en el DIF o su depa. Juntos, han transformado la administración pública en un reality show donde el ciudadano es, ante todo, un seguidor que da “like” o es bloqueado por impertinente.
En las cafeterías de Centrito Valle, las charlas no son sobre el bache en la avenida, sino sobre quién fue invitado a la última cena en la Catedral. Hay un clasismo vertical, de arriba hacia abajo, que mira al resto de la metrópoli —al Monterrey de los camiones saturados y el polvo industrial— como un paisaje pintoresco pero ajeno. Para el sampetrino promedio, la pareja gubernamental es su reflejo más fiel: jóvenes, exitosos, blancos y desconectados de la tragedia del salario mínimo.
El triunfo del simulacro. San Pedro no es Monterrey; es un estado mental protegido por guardias privados y cámaras de seguridad. Y mientras Samuel y Mariana sigan subiendo contenido, la burbuja se mantendrá intacta, flotando sobre una ciudad que respira hollín mientras ellos, en lo alto del cerro, respiran el helio de su propia importancia.

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