Gerson Gómez
En la esquina de la política regia, el cuadrilátero del Palacio de Cristal —ese que llaman Palacio Municipal— se ha convertido en el escenario de una lucha de máscaras donde el sudor huele a rencor acumulado y a facturas sin pagar. Adrián de la Garza y Luis Donaldo Colosio, los herederos de una casta que juega al ajedrez con las fichas de los ciudadanos de a pie, han decidido que la cortesía es para los débiles y el lodo para los que quieren ganar.
El pleito no es nuevo, pero ha tomado un color de óxido. Todo comenzó con el murmullo de una transición que prometía ser de guante blanco y terminó siendo de navaja libre. El tema de moda, ese que se discute entre el humo de los tacos de la calle y las oficinas climatizadas de San Pedro, es Next Energy. Un contrato que brilla más que el sol de las tres de la tarde y que, según dicen, tiene más sombras que los callejones del Barrio Antiguo. Adrián, el hombre de la mano dura y el ceño fruncido, apunta el dedo hacia el pasado reciente, acusando a Colosio de dejarle una herencia de deudas y parques marchitos. Colosio, ahora con el porte de senador pero con la mirada cansada de quien cargó el muerto de una alcaldía ingobernable, responde que el “fraude” ya venía empaquetado desde que Adrián dejó la silla la primera vez.
Es el juego del “yo no fui”, una danza de culpas que se extiende por los 800 mil metros cuadrados de una ciudad que solo quiere que recojan la basura. En el Monterrey de mis ojos, la política es un fetiche que consumimos con la misma rapidez que una cerveza en domingo. La pelea entre estos dos titanes es la crónica de un desencuentro anunciado. Por un lado, la nostalgia de un PRI que se resiste a morir y que ha vuelto a tomar las riendas con el puño cerrado; por el otro, el naranja deslavado de un Movimiento Ciudadano que prometió el futuro y se quedó atrapado en el presente de las impugnaciones.
El ciudadano X, ese que no tiene voz pero sí representatividad en las calles. Observa desde la parada del camión cómo los señores del poder se lanzan retos para reunirse “de frente”. Adrián invita a Colosio al Palacio; Colosio responde desde la tribuna del Senado. Parecen dos exnovios peleando por quién se quedó con la vajilla rota, mientras la casa se está incendiando. Se acusan de ineficiencia, de contratos fantasmas, de ser el origen del mal que aqueja a la Sultana.
Pero en el fondo, este texto no es sobre contratos de energía o baches en la avenida Leones. Trata sobre el ego. El ego regio que no permite ceder un milímetro de gloria. Monterrey es una ciudad de símbolos, y el Palacio Municipal es el trofeo que ambos quieren levantar, aunque esté abollado. La transición, que debió ser un trámite burocrático, se transformó en un circo romano donde los leones tienen nombre de políticos y el público es una masa que ya no se sorprende de nada.
Adrián de la Garza, el fiscal que volvió a ser alcalde, camina por los pasillos que conoce bien, oliendo el rastro de quienes estuvieron antes. Colosio Riojas, el hijo del mito que intentó forjar su propio camino, se aleja hacia la capital, pero deja un reguero de pólvora que sigue estallando en cada rueda de prensa.
¿Quién tiene la razón? En esta ciudad pop, la verdad es una mercancía que se vende al mejor postor o que se diluye en el siguiente escándalo de Twitter.
Mientras tanto, el Monterrey real sigue su marcha. El calor no perdona, la movilidad es un chiste de mal gusto y el agua sigue siendo un milagro que cae a cuentagotas. Los problemas entre el actual alcalde y el exalcalde son solo ruido de fondo para el que tiene que trabajar doce horas diarias para pagar la renta. La política regiomontana es un teatro de lo absurdo donde los protagonistas cambian de papel, pero el libreto siempre es el mismo: la traición, el poder y la desmemoria.
Al final, cuando el polvo de la batalla por la alcaldía se asiente, quedará una ciudad que aprendió a vivir a pesar de sus gobernantes. Una ciudad que, es hermosa y terrible al mismo tiempo, un paraíso de plástico donde el conflicto es el motor que nos mantiene despiertos.
Adrián y Luis Donaldo seguirán lanzándose dardos desde sus respectivas trincheras, alimentando la hoguera de las vanidades, mientras los regiomontanos seguimos buscando, entre las grietas del pavimento, un poco de esa dignidad que el poder suele devorar de un solo bocado.
Lo único seguro es que mañana habrá un nuevo culpable y la misma sed de justicia, o al menos, de que el clima nos dé un respiro.