{"id":151888,"date":"2026-08-14T06:11:14","date_gmt":"2026-08-14T12:11:14","guid":{"rendered":"https:\/\/diariodigitalmx.com\/?p=151888"},"modified":"2026-08-14T06:11:40","modified_gmt":"2026-08-14T12:11:40","slug":"el-balon-entre-dos-munones","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/diariodigitalmx.com\/index.php\/2026\/08\/14\/el-balon-entre-dos-munones\/","title":{"rendered":"El bal\u00f3n entre dos mu\u00f1ones"},"content":{"rendered":"\n<p>Gerson G\u00f3mez<br>La calle Bernardo Reyes huele a caldo de pollo y a diesel. A dos cuadras, el templo de la Goretti, el comedor de los pobres, dicen todos, abre sus puertas como cada ma\u00f1ana. Fila de indigentes, migrantes, vagabundos, mujeres con ni\u00f1os dormidos en rebozo, hombres de mirada hundida. Aqu\u00ed, en este cruce donde los sem\u00e1foros duran eternos, dos hombres sostienen el mundo sobre un bal\u00f3n.<br>Uno se llama Edwin. El otro, Jos\u00e9 Luis. Ambos centroamericanos. Ambos sin una pierna. Edwin perdi\u00f3 la izquierda. Jos\u00e9 Luis, la derecha. Juntos suman un par completo de piernas ausentes y una sola voluntad de sobrevivir.<br>El bal\u00f3n sube. Gira. Se posa en el empeine de Edwin como un p\u00e1jaro amaestrado. Lo lanza al aire con el mu\u00f1\u00f3n de la muleta y Jos\u00e9 Luis lo recibe de pecho, lo domina, lo hace rodar por su espalda. Los automovilistas bajan la ventanilla. Algunos por compasi\u00f3n. Otros por asombro.<br>\u00d3rale, p\u00e1senle, dice una se\u00f1ora desde un Tsuru verde, extendiendo un billete de veinte pesos.<br>Edwin se acerca cojeando con agilidad de bailar\u00edn. Sonr\u00ede. Siempre sonr\u00ede.<br>Gracias, madre. Dios la bendiga.<br>Los caminos de la vida no son como los so\u00f1\u00e9, no son como los pensaba.<br>Edwin ven\u00eda de Honduras. Ten\u00eda diecinueve a\u00f1os cuando intent\u00f3 subir a La Bestia en Coatzacoalcos. El fierro no perdona. Resbal\u00f3 entre los vagones y la rueda le arranc\u00f3 la pierna izquierda a la altura de la rodilla. Despert\u00f3 en un hospital de Veracruz sin saber su nombre, sin documentos, sin pierna, sin sue\u00f1o americano.<br>Jos\u00e9 Luis sali\u00f3 de Guatemala con diecisiete a\u00f1os. Lleg\u00f3 hasta Nuevo Le\u00f3n. Ah\u00ed tom\u00f3 otro tren, uno m\u00e1s peque\u00f1o, rumbo a la frontera. Tambi\u00e9n resbal\u00f3. Tambi\u00e9n perdi\u00f3. La pierna derecha, cercenada por el mismo metal indiferente, en evento distinto, en otra v\u00eda, bajo otro cielo. Con id\u00e9ntico resultado.<br>Se conocieron en el albergue de Monterrey. Dos j\u00f3venes sin pierna, sin pa\u00eds, sin futuro visible. Pero con bal\u00f3n desinflado alguien les regal\u00f3.<br>\u00bfC\u00f3mo aprendieron a hacer equipo? pregunta el transe\u00fante detenido en la banqueta, hipnotizado por el espect\u00e1culo.<br>Edwin se recarga en la muleta. Mira a Jos\u00e9 Luis. Jos\u00e9 Luis responde.<br>Mire, al principio cada quien ped\u00eda por su lado. Yo en una esquina, \u00e9l en otra. Un d\u00eda nos pusimos a jugar ah\u00ed en el albergue, y la gente se paraba a vernos. Nos echaban monedas sin pedirlas. Ah\u00ed entendimos.<br>Aprendimos repite Edwin, la cosa es juntos. Separados somos dos cojos pidiendo limosna. Juntos somos algo diferente. Algo digno.<br>El sem\u00e1foro cambia. Los autos arrancan. Ellos regresan al camell\u00f3n. Se sientan en un cart\u00f3n. Beben agua de una botella compartida. Esperan el siguiente rojo.<br>Yo ca\u00ed por inocente, yo ca\u00ed por no saber.<br>Una mujer arrastra un carrito del supermercado lleno de cobijas rumbo al comedor de la Goretti. Se detiene a mirarlos.<br>Ustedes son los de siempre, \u00bfverdad? Los del bal\u00f3n.<br>Los mismos, se\u00f1ora \u2014dice Edwin.<br>\u00bfNo les da fr\u00edo aqu\u00ed en la noche?<br>Ya no dormimos aqu\u00ed. Rentamos un cuartito all\u00e1 por la coyotera. Entre los dos juntamos para eso.<br>\u00bfY se reparten parejo? Jos\u00e9 Luis r\u00ede.<br>Mitad y mitad. Siempre. Lo del d\u00eda se parte en dos. Si hay cien, cincuenta y cincuenta. Si hay veinte, diez y diez. As\u00ed no hay pleito.<br>La mujer asiente. Les deja dos tortas envueltas en servilletas. Sigue su camino hacia el comedor.<br>El bal\u00f3n traza espirales en el aire de Monterrey. Sube entre el humo de los camiones, entre el ruido de los claxons, entre las miradas de quienes van y vienen por Bernardo Reyes. Edwin lo eleva con el tal\u00f3n de su \u00fanico pie. Jos\u00e9 Luis lo cabecea. Lo detienen entre los dos, pecho contra pecho, el bal\u00f3n suspendido como un coraz\u00f3n compartido.<br>Un taxista grita desde su unidad. \u00a1Mejor m\u00e9tanse a un circo, cabrones! Edwin no se ofende. Levanta la mano en se\u00f1al de paz.<br>El circo es la vida, mi hermano. Los caminos de la vida me ense\u00f1aron a llorar.<br>El sue\u00f1o americano termin\u00f3 en medio de las v\u00edas del tren. Para ambos. No hubo Estados Unidos. No hubo d\u00f3lares enviados a casa. No hubo regreso triunfal. Hubo fierro, sangre, hospital, pr\u00f3tesis nunca conseguida, muletas de aluminio donadas por una iglesia, y despu\u00e9s la calle. La misma donde ahora el bal\u00f3n es su herramienta de trabajo, su dignidad reconstruida, su manera de decirle al mundo, seguimos vivos.<br>\u00bfNo extra\u00f1an su pa\u00eds? pregunta el joven universitario detenido en el sem\u00e1foro, con la ventanilla abajo.<br>Siempre dice Jos\u00e9 Luis. All\u00e1 tampoco hay nada. Al menos aqu\u00ed tenemos esto.<br>Se\u00f1ala el bal\u00f3n, a Edwin. Se\u00f1ala el cruce de Bernardo Reyes con su r\u00edo interminable de autom\u00f3viles.<br>Tenemos equipo completa Edwin.<br>El sem\u00e1foro se pone en rojo otra vez. Ambos se levantan. Acomodan las muletas bajo los brazos. El bal\u00f3n rueda entre ellos como un tercer compa\u00f1ero. Edwin lo levanta con un toque magistral. Jos\u00e9 Luis lo recibe de espaldas, lo gira sobre su nuca, lo deja caer al empeine. La gente mira. Alguien graba con el celular. Alguien m\u00e1s baja la ventanilla y extiende la mano con unas monedas.<br>La calle Bernardo Reyes sigue oliendo a caldo de pollo y a diesel. A dos cuadras, el comedor de la Goretti sirve el \u00faltimo plato del d\u00eda. Pero aqu\u00ed, en este cruce, dos hombres sin pierna completa le dan vueltas al mundo con el bal\u00f3n gastado.<br>No llegaron al norte. Pero llegaron a algo. Saberse necesarios el uno para el otro. A entender la vida no como un camino recto hacia alg\u00fan destino, sino como esa espiral del bal\u00f3n en el aire, impredecible, suspendida, hermosa en su fragilidad.<br>El rojo se apaga. El verde los detiene. Regresan al cart\u00f3n. Jos\u00e9 Luis mira a Edwin. Edwin mira el bal\u00f3n. Ma\u00f1ana otra vez, compa. Ma\u00f1ana otra vez.<br>Los caminos de la vida no son lo que yo esperaba. El bal\u00f3n descansa entre dos mu\u00f1ones, como promesa redonda en medio del mundo roto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Gerson G\u00f3mezLa calle Bernardo Reyes huele a caldo de pollo y a diesel. A dos cuadras, el templo de la Goretti, el comedor de los pobres, dicen todos, abre sus puertas como cada ma\u00f1ana. Fila de indigentes, migrantes, vagabundos, mujeres con ni\u00f1os dormidos en rebozo, hombres de mirada hundida. 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