{"id":154412,"date":"2026-10-05T00:01:04","date_gmt":"2026-10-05T06:01:04","guid":{"rendered":"https:\/\/diariodigitalmx.com\/?p=154412"},"modified":"2026-10-05T00:01:43","modified_gmt":"2026-10-05T06:01:43","slug":"el-hombre-mas-inteligente-de-la-casa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/diariodigitalmx.com\/index.php\/2026\/10\/05\/el-hombre-mas-inteligente-de-la-casa\/","title":{"rendered":"El hombre m\u00e1s inteligente de la casa"},"content":{"rendered":"\n<p>Gerson G\u00f3mez<br>Don Ferm\u00edn Salazar de la Garza llega a su estudio a las ocho de la noche. Es s\u00e1bado. El caser\u00f3n del Sector Franc\u00e9s huele a cera de piso y a miedo bien administrado. Los mozos trabajan. Las empleadas dom\u00e9sticas lo hacen por el salario m\u00ednimo. El ama de llaves hace las habitaciones por tercera vez, en esta casa los errores se pagan con la ignominia y la verg\u00fcenza no lleva liquidaci\u00f3n.<br>Don Ferm\u00edn pone un disco de Charlie Parker. El saxof\u00f3n de Bird entra veloz, nervioso, genial. Don Ferm\u00edn lo escucha con los ojos cerrados y los dedos sobre el escritorio. No entiende una sola nota, pero sabe cu\u00e1nto cuesta el vinilo.<br>Abre la laptop. Hoy no consulta a su contador ni a su abogado. Busca consejo a la superinteligencia, como la llama Donald Trump y como la repiten los voceros de todo Silicon Valley. Escribe su propio nombre con dos dedos. Presiona enter. Espera el veredicto como un reo espera la sentencia, aunque con mejor sill\u00f3n.<br>La m\u00e1quina responde en segundos. Encuentra sus comunicados de prensa, sus fotos en el club de golf, sus donativos con placa y sus demandas laborales. Encuentra tambi\u00e9n un ensayo universitario sobre el empresariado regio y la opacidad fiscal. Don Ferm\u00edn lo lee con una sonrisa fija. Luego llama a su secretario y pregunta qui\u00e9n pag\u00f3 ese ensayo. Nadie lo pag\u00f3, y eso lo ofende m\u00e1s.<br>Sigue leyendo. La m\u00e1quina conoce sus domicilios, sus sociedades an\u00f3nimas y los nombres de sus hijos. Esta al tanto el apodo con el cual lo llaman en la planta, y no es cari\u00f1oso. Don Ferm\u00edn tiembla un segundo. Despu\u00e9s se tranquiliza, pues la m\u00e1quina conoce todo, pero no puede despedirlo a \u00e9l.<br>Abre otra pesta\u00f1a y lee la prensa. Los peri\u00f3dicos mexicanos y diarios de Londres y Nueva York. Cent\u00edficos alarmados y a ejecutivos entusiasmados. Los titulares hablan de riesgos de extinci\u00f3n, de sistemas fuera de control y de millones de empleos desaparecidos. Nadie en esas p\u00e1ginas promete mil millones de muertos, pero Don Ferm\u00edn sabe leer entre l\u00edneas. \u00c9l hace sus propias cuentas y le gustan. Mil millones de bocas menos significan mil millones de bocas sin mantener.<br>Esas fauces, piensa, siempre salieron sobrando. Com\u00edan sin producir. Respiraban sin pagar. Votaban sin entender. El futuro ser\u00e1 de los arrojados, de los pocos con visi\u00f3n, de quienes pueden pagar cien mil d\u00f3lares por una cena con Donald. Ellos ya conocen el desenlace. Ya compraron boleto, mesa y silla. Los dem\u00e1s ser\u00e1n, con suerte, mano de obra.<br>El saxof\u00f3n sube de tono. Don Ferm\u00edn sirve un whisky de veinticinco a\u00f1os y piensa en su pr\u00f3xima estrategia. Hay una junta el lunes. Ah\u00ed anunciar\u00e1 el reajuste de personal del diez por ciento. Lo llamar\u00e1 optimizaci\u00f3n de capital humano. Los despedidos le dir\u00e1n de otra manera, pero nadie les pregunt\u00f3.<br>Tiene otro plan, todav\u00eda mejor. Contratar\u00e1 egresados de la UANL para manejar la producci\u00f3n y programar las l\u00edneas. Son muy trabajadores, y eso lo dice con ternura de ganadero. Les pagar\u00e1 la mitad del sueldo. Los pondr\u00e1 por honorarios profesionales, sin prestaciones, sin antig\u00fcedad y sin derechos. Ellos agradecer\u00e1n la oportunidad y pastar\u00e1n s\u00e1bados. Ese es el futuro, repite en voz baja. Lo remacha como una oraci\u00f3n.<br>Mientras tanto, sus contenedores de China llegan siempre a tiempo. El puerto de Manzanillo ya funciona a toda marcha. Antes era un sue\u00f1o tur\u00edstico de palmeras y bloqueadores. Ahora es aduana eficiente y discreta. Todo llega puntual, hasta los cargamentos m\u00e1s delicados, cuyas etiquetas dicen una cosa y cuyos qu\u00edmicos dicen otra. Nadie revisa lo innecesario. Don Ferm\u00edn no pregunta nada, y las interpelaciones inc\u00f3modas se quedan en el muelle.<br>En el comedor, el ama de llaves acomoda cubiertos con precisi\u00f3n de cirujana. La empleada pule la plata. Un mozo vigila la puerta como si custodiara un museo. Nadie levanta la mirada. Todos saben cu\u00e1l es el castigo por levantarla.<br>Don Ferm\u00edn sirve otro whisky. Piensa en 2027. La elecci\u00f3n se acerca con su desfile habitual de sonrisas, espectaculares y promesas. \u00c9l no necesita sonre\u00edr, ya compr\u00f3 a sus prospectos. Adquiri\u00f3 al de la derecha y al del centro, y tambi\u00e9n al ciudadano independiente de camisa arremangada. Los tiene en su agenda como cheques posfechados. Cada uno cree ser su amigo y cada uno lo es, mientras los pagos lleguen.<br>Afuera, el cielo de Nuevo Le\u00f3n se pone color cobre. M\u00e1s al sur, en el cauce, una de sus empresas deja caer su rutina de siempre. La nata espesa cubre el agua como una grasa de leche podrida. Brilla con amoniaco, plomo y otros metales pesados de nombres dif\u00edciles. Los peces ya no se ven. Los vecinos tosen en silencio. El comit\u00e9 de vigilancia ambiental cen\u00f3 bien la semana pasada, en un restaurante de Don Ferm\u00edn.<br>\u00c9l lo ignora, o prefiere desconocer. Bird toca ahora Ornithology. La melod\u00eda vuela y se burla de todo. Don Ferm\u00edn aplaude solo, en el estudio vac\u00edo, las manos blandas de quien nunca carg\u00f3 nada.<br>Vuelve a la laptop. Escribe una pregunta m\u00e1s para la superinteligencia. Quiere saber si sobrevivir\u00e1 a lo venidero. La m\u00e1quina tarda un segundo en responder. Don Ferm\u00edn lee la respuesta y su sonrisa se apaga despacio.<br>Don Ferm\u00edn escribe su pregunta. Sobrevivir\u00e9. La m\u00e1quina responde sin prisa. Enumera sus sociedades, sus cuentas en el extranjero y sus cheques posfechados a pol\u00edticos. Enumera tambi\u00e9n los nombres de quienes los cobran. Luego a\u00f1ade un p\u00e1rrafo breve y sin adjetivos. Dice su utilidad marginal para la empresa es negativa. Su puesto es el \u00fanico del organigrama no requiere salario de mercado.<br>Don Ferm\u00edn r\u00ede. Cree es una broma de programador. Entonces suena su celular. Correo del consejo de administraci\u00f3n. Lleva copia a todos los socios, y el asunto dice optimizaci\u00f3n de capital humano. El recorte del diez por ciento ya no es suyo. Lo firm\u00f3 el consejo, lo calcul\u00f3 la m\u00e1quina y lo ejecutar\u00e1 un egresado de la UANL, contratado por honorarios, con la mitad del sueldo. El joven ya tiene la llave de la oficina. Es muy trabajador y no hizo preguntas.<br>Don Ferm\u00edn se levanta y llama a su secretario. Nadie contesta. Llama al mozo. Nadie contesta. Se asoma al pasillo y lo encuentra a oscuras. El ama de llaves apag\u00f3 las luces y se fue a casa temprano por primera vez en veinte a\u00f1os. Las empleadas se llevaron la plata pulida, y el mozo llev\u00f3 el vinilo de Parker. Nadie se despidi\u00f3. En esa casa se aprendi\u00f3 bien la lecci\u00f3n de la ignominia.<br>Afuera, la nata espesa de amoniaco, plomo y metales pesados ya lleg\u00f3 al jard\u00edn. Sube por la barda como marea lenta y sin prisa. Huele a dinero viejo y a pescado muerto. Los vecinos tosen detr\u00e1s de sus ventanas, y el comit\u00e9 de vigilancia ambiental duerme tranquilo. El saxof\u00f3n se detuvo a media frase.<br>Don Ferm\u00edn vuelve a la laptop, es lo \u00fanico que sigue encendido. En la pantalla hay un \u00faltimo mensaje, sin firma. Dice los arrojados s\u00ed conoc\u00edan el futuro, pero no lo escribieron para \u00e9l. Dice mil millones de bocas salieron sobrando, y alguien cont\u00f3 una m\u00e1s.<br>En el Sector Franc\u00e9s los errores se pagan con la ignominia. Esa noche el cobro llega por correo electr\u00f3nico, con copia a todos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Gerson G\u00f3mezDon Ferm\u00edn Salazar de la Garza llega a su estudio a las ocho de la noche. Es s\u00e1bado. El caser\u00f3n del Sector Franc\u00e9s huele a cera de piso y a miedo bien administrado. Los mozos trabajan. Las empleadas dom\u00e9sticas lo hacen por el salario m\u00ednimo. 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