Gerson Gómez
El aire en Miami tiene esa densidad de sopa de marisco podrido y perfume de duty-free. Es calor abrazante, asfixia con la delicadeza de un cobrador de Coppel. Estoy aquí, en el epicentro del “Escudo de las Américas”, la cumbre relámpago convocada por Donald Trump para recordarnos quién es el dueño del patio trasero.
Llego al recinto con la libreta sudada y la paranoia a tope, una mezcla de éter y mezcal. El Servicio Secreto se desplaza con la rigidez de quien tiene un palo de golf incrustado en el recto. Me miran con sospecha.
Mi acreditación parece un cupón de descuento para tacos de trompo, pero en este carnaval de la posverdad, cualquier papel con sellos dorados te abre las puertas del infierno.
Trump aparece bajo los reflectores. Su cabellera es una estructura arquitectónica que desafía las leyes de la física y la decencia. Algodón de azúcar color naranja nuclear, apoteosis del kitsch imperial.
El hombre no camina, se proyecta. Después de una sobredosis de hamburguesas y nacionalismo.
Entonces, suelta la bomba. Esa frase que se quedará vibrando en los cristales de los hoteles de lujo como un eructo en una misa de gallo:
—“I’m not going to learn their damn language. They need to learn ours” —ruge desde el podio, con esa boca pequeña que parece expulsar perdigones de soberbia.
No voy a aprender su maldito lenguaje. La frase cae como fardo de cemento sobre las guayaberas de los mandatarios latinoamericanos presentes, esos llegaron buscando un escudo” y se llevaron un portazo en la nariz.
El instinto del caníbal blanco, esa necesidad existencial de devorar la cultura del otro para no tener que reconocer su humanidad. Es lenguaje como trinchera. Trump no rechaza el español; rechaza la idea de alguien más tenga derecho a una sintaxis propia.
Hay algo profundamente gélido en esa negativa. No es solo política migratoria; es la clausura definitiva del diálogo. Si no te hablo, no existes. Si no entiendo tu maldito lenguaje, tus quejas son solo ruido blanco, interferencia en la frecuencia del sueño americano.
Afuera, Miami es un caos de banderas y consignas.
México ha quedado fuera de este club selecto, un paria en la fiesta de los aliados estratégicos. En las calles del Pequeño Haití y la Pequeña Habana, el español sigue fluyendo como un río subterráneo. Trump no puede detener, por más muros que prometa construir en su gramática de odio.
El espectáculo de un imperio sordo antes admitir al vecino tiene algo que decir. Trump se retira bajo una lluvia de aplausos mecánicos. Se va como un dios de plástico, envuelto en su propia ignorancia como si fuera una capa de armiño.
Yo me quedo solo en la barra, pidiendo otro tequila para borrar el sabor a cobre de la diplomacia moderna.
El “Escudo de las Américas” no es una defensa contra las amenazas externas; es un caparazón para proteger el ego de un hombre con miedo a una tilde. El territorio de los perros de guerra.
El viaje termina aquí, entre palmeras de neón y promesas de seguridad. Huelen a pólvora vieja. Él no aprenderá nuestro lenguaje, pero nosotros ya aprendimos el suyo: el lenguaje del desprecio.