Cosas del Tony
Por: Antonio Sánchez R.
La evidente descomposición social que se está viviendo a nivel general en nuestro país, no empezó ayer, ni hace cuatro o 10 años, sino que se ha venido dando de manera paulatina, conforme las grandes ciudades y todas las manchas urbanas van creciendo y convirtiéndose en masas informes, heterogéneas y tan diversificadas, que finalmente llegamos a dudar acerca de nuestra propia identidad regional.
Hemos visto cómo al paso de los años, la deshumanización de la sociedad ha sido una característica por demás visible, pese a que, paradójicamente, se aparenta una cierta sensibilidad humana a la hora de tener frente a sí problemas en los que grandes sectores de la población se ven afectados por fenómenos naturales como terremotos, ciclones, huracanes o hasta por los embates de la crisis galopante por la que transitamos cada día desde hace ya casi cuatro décadas.
Nuestra sociedad pasa por una crisis terrible en todos los sentidos, no sólo en lo económico, sino también en lo político y en lo social, pero esto no se ha dado de la noche a la mañana, sino que ha sido a través de un proceso lento, en el que ha tenido mucho que ver la carencia de un verdadero liderazgo en todos los ámbitos, desde lo local hasta lo nacional.
La anarquía campea por doquier y hasta en las llamadas “redes sociales” se alcanza a percibir el comportamiento violento, vía el lenguaje, las descalificaciones, el insulto, la diatriba, la divulgación mentirosa y hasta sospechosa de ciertos materiales que son presentados como si fuesen la “verdad absoluta”.
Pero, ¿queremos que todas las cosas sean distintas? Empecemos por cambiar nosotros mismos, no esperemos a que otros hagan lo que tenemos qué hacer y si está en nosotros, hay que echarle una mano a los demás, sobre todo a aquellos que necesiten de un simple apoyo para alcanzar lo que está lejos de su alcance.
Un hecho recurrente y que en verdad viene ser factor importante en la situación que se vive en nuestro país, es que en cada proceso electoral, se nos presenta un “menú” contaminado y plagado de simples vividores de la política, quienes ven más por sus intereses que por los de aquellos a los que prometieron representar y servir.
Quienes apostaron, desde el sexenio anterior, por un cambio en el que creyeron sin pestañear, refrendaron, aunque en menor cantidad, por la continuidad en la dirigencia del país, sin percatarse en ese momento que sería el peor error de su vida o, más bien, el segundo peor error, pues el primero habría sido el haber confiado en un político resentido, traidor y corrupto que llevó al país al peor desastre de la historia.
Hay quienes sostienen, pese a ver el rumbo que ha tomado la situación general de nuestro país, que las cosas “están bien” y siguen tragándose el discurso oficial, siguen adormilados, hipnotizados por ese discurso cansino en el que se sostiene algo que está muy lejos de ser verdad. No se han dado cuenta de que la opción por la que votaron se está convirtiendo en aquello que soñaron cambiar: fuera el partido hegemónico y adentro algo diferente.
El cambio para no cambiar. La Cuarta Transformación ha sido, más que nada, un regreso al pasado, un retroceso en el que el partido en el poder se ha nutrido con los restos de los tránsfugas de aquel partido al que perteneció el mismísimo inventor de Morena.
La realidad es que nada ha cambiado y en resumidas cuentas, si queremos un cambio, debemos ayudar a que éste se genere; si no estamos dispuestos a cambiar, entonces no hay que estorbar en el cambio, hay qué dejar libre el camino a otros que sí quieran tener un entorno diferente, un país más digno, un lugar en el que se pueda vivir mejor.