Cosas del Tony
Por: Antonio Sánchez R.
Una etapa de la vida política de este país que esperamos con mucha curiosidad es la de la llamada “fiesta electoral”…, sí, esa que para algunos sí parecería una verdadera fiesta, pero que para otros, la gran mayoría, termina en una interminable tragedia, en la que se conjugan fracasos y malas decisiones, sobre todo de parte de aquellos que terminan eligiendo al o a los candidatos equivocados.
Desde hace varias semanas, incluso meses, se ha estado preparando el terreno para el aterrizaje, en primera instancia, de quienes se convertirán en los “nuevos elegidos” del sistema para sumarse o mantenerse en posiciones estratégicas por los diferentes rumbos del país. Se abona la tierra y se abren los surcos para recoger, en poco más de un año, la cosecha proyectada.
Ya nadie se sonroja ni se avergüenza del circo en el que se convierten ahora los procesos electorales. La aparición de una generación de políticos “utility” ha causado mínima sorpresa, como si existiera un acuerdo previo en torno a ceder lugares a personas con cero experiencia política, todo con la muy discutible intención de “dar oportunidad a los jóvenes”.
Hay reconocidos “chapulines” que brincarán de una curul local a una federal y viceversa, alcaldes que buscarán diputaciones federales o funcionarios estatales que se irán a una diputación local o federal, o bien, algunos buscarán alguna gubernatura, simple y sencillamente porque “se la merecen”.
Pero, ¿en realidad esos que creen merecerse eso que están buscando han hecho suficiente carrera política como para pensar que pueden aspirar a algo? Porque conocemos personajes que hace menos de seis años eran nadie, pero ahora aparecen por todas partes, presumiendo ser los non plus ultra de la política y que son capaces de tragar fuego con tal de obtener sus más preciados sueños.
Los chapulines van y vienen, saltando de curul en curul, o de una curul a alguna secretaría, o bien de alguna secretaría a una curul, según lo permita la situación de la entidad, el distrito o el municipio desde donde estén operando, en contubernio con amigos o compadres que quizá tengan los hilos del poder a la mano.
Y si los chapulines están al acecho de las fechas, los camaleones son aún más peligrosos, ya que estos tienen la virtud de camuflajearse, vestirse del color que más les convenga para convertirse en candidato del partido que más les convenga e ir al puesto que más se ajuste a sus intereses…, y si es de representación proporcional, mucho mejor.
Diputados que cambiaron de colores (o de partidos) en el transcurso del ejercicio de función, a la que llegaron bajo otras siglas o colores, ya preparan su camuflaje que les permita migrar tranquilamente hacia otros horizontes, esos que les permitan mantenerse pegados a las ubres oficiales.
Hay alcaldes que han cambiado de colores o partidos tantas veces, que ya no sabemos a ciencia cierta a cuál pertenecen en realidad. Nomás por ponerles un ejemplo: Ricardo Montreal fue priísta, luego fue perredista, convirtiéndose en gobernador de Zacatecas, posteriormente cambio de lares, se fue a Chilangolandia, aún con su vestimenta perredista y allá, se transformó en “Moreno”, abrevando en las nóminas locales y federales y actualmente viste los colores del PT, sin vergüenza y sin recato.
Monreal lleva aproximadamente 30 años colgado de la ubre oficial y, como si fuera una suerte herencia, su familia, esto es, hijos y hermanos, se encuentran navegando en los océanos de las nóminas oficiales también? Y así como el gran Ricardo, hay otros que ansían subirse al “carrito” e iniciar su propia “transformación”, como los hijos del ex “Gran Tlatoani”. Por sus colores los veréis.