Gerson Gómez
Todos los días peleo a la contra. Contra la memoria agujerada. Contra los nombres olvidados en la punta de la lengua. Contra la ciudad tragándose cada recuerdo mediante humo industrial, avenidas heridas, anuncios LED, corridos tumbados saliendo desde las barberías premium.
La fe luce marchita. Ramo viejo dentro del panteón municipal. Escapulario olvidado bajo litros de sudor. Fotografía desteñida dentro del camión de personal rumbo hacia Apodaca.
Años niños persisten todavía. Las canicas. Los trompos. Las rodillas abiertas. El patio caliente. La madre gritando desde la cocina. Luego aparece Monterrey encima del pecho.
Gigante de concreto. Patrona del cansancio. Olvido detalles mínimos. Olvido rostros. Olvido pendientes. Olvido llamadas. Olvido apagar las luces intermitentes del automóvil.
Regreso varias horas después.
La batería muerta parece cadáver abierto sobre plancha metálica. Ni un suspiro sale desde el motor. Ni una chispa. Ni misericordia. Pienso entonces.
La semana anterior extravié el automóvil completo. Caminé varias cuadras bajo calor criminal. Revisé videos antiguos. Cámaras mugrientas. Imágenes parecidas a una película maldita. Como Memento.
La mente convertida en cuarto húmedo lleno de papeles amarillos. Allí estaba el vehículo. Quieto.
Descargado. Junto a la tienda de impresiones. Como perro abandonado afuera del Oxxo.
Apodaca siempre ofrece pluralidad extraña. Santa Muerte en recibidores humildes. Templos cristianos entre yonkes. Guardias privados tatuados hasta los párpados. Niños jugando futbol junto a talleres clandestinos. Universitarios vendiendo vapeadores piratas. Camiones industriales cargando obreros derrotados.
El camión de personal permanece estacionado frente al edificio. La puerta abierta invita hacia ninguna parte. Subo lento. Toco el barandal oxidado. El metal deja frío pegado en la palma.
Desde arriba alguien grita.
—Mae. ¿Necesita algo?
La voz sale desde otra dimensión.
Como vigilante nocturno dentro del observatorio final del universo regio.
—Cables para pasar corriente.
Silencio breve.
Después aparece el segundo piso. Lugar funcionando como despeje cuántico para criaturas sin horario laboral. Departamento flotando encima del caos. Sale entonces el chico delgado.
Viste solamente pantalón oscuro. Pasamontañas negro cubriendo media existencia. Nudillos tatuados con signos de dólar. Cuatro dedos marcados mediante codicia artesanal.
Huele a loción barata. Fragancia agresiva. Perfume comprado quizá dentro del mercado rodante. Tal vez regalo amoroso. Tal vez botín.
Ignoro sus cualidades morales. Ignoro antecedentes penales. Ignoro pecados favoritos.
El halo de maleante rodea cada movimiento. Presta los cables sin preguntar demasiado. Otro buen samaritano aparece desde ninguna parte.
Conecta terminales. Rojo contra rojo. Negro contra negro. Electricidad compartida entre desconocidos.
Milagro automotriz digno del Apocalipsis regio. El motor revive mediante rugido asmático. Las luces despiertan. El tablero resucita igual a enfermo terminal levantándose para pedir cerveza.
Doy gracias.
El encapuchado sonríe apenas. Detrás del pasamontañas sobreviven dientes cansados. Sus amigos esperan cerca de la escalera. Sombras largas. Figuras quietas.
Parecen custodios privados de la Santa Muerte gigantesca colocada en el recibidor. La patrona observa todo. Dueña absoluta del barrio. Protectora del narcomenudeo. Madre adoptiva del desempleo. Virgen patrona del voltaje muerto.
Nadie juzga demasiado en Apodaca. La ciudad entera perdió capacidad moral hace varios sexenios.
Aquí conviven obreros, sicarios, contadores, adictos funcionales, repartidores, influencers motivacionales, maestras agotadas, polleros, estudiantes endeudados mediante Coppel.
Todos sobreviven gracias al mismo monstruo. La metrópoli. Monterrey ya contaminó todos los caminos del exceso. Hasta la fe respira humo negro. Los rezos poseen intereses bancarios. Los altares parecen franquicias.
Miro otra vez la Santa Muerte.
La pintura enorme domina el recibidor igual a emperatriz de otro reino. No inspira terror. Provoca descanso. Quizá allí termina toda furia. Descansa toda memoria perdida. La patrona recoge llaves extraviadas, baterías muertas, nombres olvidados, promesas rotas, cerebros cansados por demasiadas avenidas.
Arranco finalmente el automóvil. La máquina tiembla. El humo sale espeso. Apodaca continúa respirando miseria luminosa.
Arriba, desde el segundo piso, el encapuchado levanta una mano. Parece santo moderno. Ladrón elegante. Parece ambos.
Avanzo entonces hacia ninguna parte. Entre fábricas. Anuncios espectaculares. Ruido industrial parecido al océano del infierno.
La vida queda detrás. Al frente espera otra cosa. Parecido a magia negra. Parecido a Monterrey.