Gerson Gómez
Han bajado las cortinas. Permanece la música en silencio.
Los malquerientes afirman la culpa pertenece a la FIFA. Resulta sencillo encontrar culpables cuando sobra tiempo libre y falta cerveza fría. La sentencia circula entre mesas vacías, banquetas despintadas y recuerdos con olor a perfume barato.
Colón esquina con Colegio Civil.
Territorio de leyendas urbanas. Santuario del exceso. República independiente del ligue regiomontano.
Oreja planchada. Panza relumbrosa. Bigote caído. Camisas abiertas hasta donde la prudencia renuncia. Hombres buscando pareja. Mujeres en celo. El espectáculo de las comunas. La tribu LGBT Plus. La fauna nocturna completa desfilando bajo luces moradas, rojas y azules.
Durante décadas nadie preguntó demasiado. Todos sabían. Nadie hablaba. La doble moral siempre encontró estacionamiento cercano.
En aquellos salones convivieron obreros, funcionarios, estudiantes, comerciantes, artistas de ocasión, políticos de clóset, empresarios devotos cada domingo y pecadores profesionales cada viernes.
El Wateke. El Jardín.
Nombres capaces de provocar sonrisas o muecas, según la cantidad de secretos almacenados en la memoria.
Las páginas policiacas encontraron material abundante. Un asesinato en plena pista de baile. Balaceras afuera. Ajustes de cuentas. Pleitos sentimentales. Celos convertidos en pólvora. Patrullas iluminando madrugadas.
Peritos recogiendo indicios mientras sonaba todavía algún éxito tropical desde bocinas sobrevivientes.
La noche regiomontana jamás necesitó escritores de ficción. La realidad producía argumentos suficientes.
En aquellos territorios floreció una comunidad completa. Amistades. Amores. Encuentros clandestinos. Despedidas. Reconciliaciones. Promesas imposibles.
Banderas del arcoíris antes del arcoíris corporativo. Mucho antes del patrocinio elegante. Antes del discurso institucional. Antes del selfie comprometido.
Cerveza. Ligue. Hoteles de paso. Comunidad.
Palabra sencilla para describir una multitud expulsada durante décadas hacia rincones discretos.
Pasó el Gay Pride. Llegaron discursos. Aparecieron funcionarios sonrientes. Sobraron fotografías. Faltaron espacios.
El soldado cayó. Permanece en silencio.
Morir de pasión resulta menos romántico cuando aparecen estados de cuenta, permisos municipales y reglamentos redactados por burócratas incapaces de bailar.
Por quién doblan las campanas. Doblan por todos. Por los ausentes. Por los sobrevivientes. Por quienes encontraron refugio. Por quienes jamás regresaron. Por quienes murieron despacio y en silencio sin saber.
Mientras tanto, unas cuadras adelante, Washington y Zuazua ofrece otra postal digna del cine negro.
Antigua sede cultural. Galería efímera. Espacio artístico convertido después en oficina gubernamental. Metamorfosis frecuente dentro del reino de Samuelandia. Donde ayer colgaban cuadros. Hoy descansan expedientes.
Donde antes circulaban poetas. Ahora transitan funcionarios.
Ahí funciona parte de la maquinaria estatal relacionada con la atención del VIH. También circulan historias. Muchas historias.
Parroquianos de Colón y Colegio Civil cruzan esas puertas. Reciben medicamentos. Esperan consultas. Intercambian noticias. Sobreviven.
El viejo bicho del siglo veinte continúa presente, aunque la conversación pública prefiera distraerse con estadios mundialistas, influencers gubernamentales y videos de inauguraciones.
Frente al inmueble aparecen vehículos del mal llamado periodismo independiente.
Reporteros oficiales del entusiasmo obligatorio. Especialistas en aplauso preventivo. Cronistas del boletín reciclado. Toda administración necesita evangelistas.
Samuelandia no constituye excepción. La propiedad pertenece a la familia Junco de la Vega. La renta corre por cuenta del gobierno. Negocio legítimo. Políticamente incómodo. Periodísticamente interesante. Moralmente flexible. Poco ético.
La mula no era arisca. Así la volvieron. Primero llegan las prebendas. Después las costumbres.
Finalmente aparecen los discursos sobre austeridad. El ciclo completo. Como reloj suizo.
Como novela repetida. Campaña electoral permanente.
Mientras tanto, los viejos asistentes del Wateke y El Jardín observan la transformación urbana. Los sobrevivientes conocen la diferencia entre inclusión y mercadotecnia.
Entre derechos y propaganda. Respeto y oportunismo. La experiencia otorga ventajas. También cicatrices.
Resulta imposible vender modernidad a quienes atravesaron décadas enteras soportando burlas, redadas, discriminación y violencia. Ellos conocen el precio real de cada conquista. Recuerdan los nombres, los funerales, las madrugadas.
Ahora las cortinas permanecen abajo. La música guarda silencio. Los fantasmas continúan bailando. Unos giran al ritmo de Juan Gabriel. Otros prefieren a Gloria Trevi.
Siguen abrazados a baladas imposibles. Ocupan una mesa imaginaria dentro del gran salón de los recuerdos.
Samuelandia presume inclusión. La FIFA exige apariencias impecables. Las autoridades sonríen para la fotografía global. Los funcionarios hablan de diversidad. Los empresarios descubren virtudes comerciales dentro del arcoíris.
Los moralistas continúan escandalizados. Los mismos de siempre. Los reprimidos profesionales. Los vigilantes de alcoba ajena. Los custodios del pecado administrado.
Aquí no existe fan fest. Sobran complejos. Abundan sermones. Prospera la doble moral.
Monterrey domina un arte antiguo: condenar durante el día aquello mismo celebrado durante la noche. Las campanas continúan doblando.
No por estadios, por reglamentos internacionales, por exigencias mundialistas.
Doblan por una ciudad incapaz de decidir entre tolerancia auténtica o simulación rentable.
Doblan por los salones cerrados, por los ausentes, por Samuelandia y Marianislandia.
El país entrometido de la FIFA. La capital mundial del “yo nunca estuve ahí”. Aunque media ciudad conserve todavía el boleto de entrada guardado dentro de la cartera.