Por Rodin
Cuando Samuel García ganó la gubernatura se pensó que Nuevo León estaba frente a algo más que un cambio de partido. Por primera vez, un joven nacido en 1987, formado profesionalmente y conocedor de las nuevas tecnologías, llegaba al gobierno hablando el idioma de una generación distinta.
No pertenezco a su generación, pero reconozco sus cualidades. Son jóvenes que aprendieron a trabajar en un mundo diferente al nuestro. Muchos estudiaron una carrera y después tuvieron que seguir preparándose. Manejan la tecnología, emprenden, trabajan para empresas internacionales y no le tienen miedo al cambio. Son más rápidos para comunicarse y menos pacientes ante las estructuras antiguas.
Por eso Samuel García despertó tantas expectativas. No parecía uno de aquellos políticos formados durante décadas dentro de un partido. Era joven, preparado, conocía las redes sociales y decía que venía a terminar con la vieja política. Mucha gente creyó que podía hacerlo.
La pregunta que hoy me hago es sencilla: ¿cuántos jóvenes de su propia generación estarán decepcionados?
No porque esperaran un gobierno perfecto, sino porque vieron en él la oportunidad de demostrar que su generación podía gobernar de otra manera. Esperaban menos pleitos, menos improvisación y más resultados. Pensaron que la tecnología serviría para acercar el gobierno a la gente y no solamente para construir una imagen personal.
Samuel García tuvo una oportunidad que pocos políticos reciben. Podía representar a una generación trabajadora, preparada, moderna y deseosa de cambiar las cosas. Podía convertirse en un ejemplo para miles de jóvenes que aspiran a ocupar espacios de responsabilidad pública.
Sin embargo, su gobierno ha quedado atrapado demasiadas veces en la confrontación, las promesas y la publicidad. Las redes sociales muestran un Nuevo León que avanza, pero la vida diaria presenta otra realidad: contaminación, problemas de movilidad, transporte insuficiente, obras inconclusas, cortes de agua y una relación política que parece vivir permanentemente en conflicto. A ello se suman eventos fastuosos y gastos públicos que, frente a tantas necesidades sin resolver, proyectan una imagen de derroche y de prioridades alejadas de la realidad cotidiana de muchas familias.
No todo lo que ha hecho está mal y sería poco serio negarle cualquier resultado. Pero tampoco puede pedirse a la ciudadanía que juzgue al gobierno únicamente por sus anuncios. Gobernar no es publicar lo que se piensa hacer, sino demostrar lo que realmente se hizo.
Una de las mayores decepciones ocurrió cuando, sin haber concluido su compromiso con Nuevo León, intentó dejar temporalmente la gubernatura para buscar la Presidencia de la República. Aquella decisión hizo pensar que nuestro estado podía haber sido utilizado como plataforma para una aspiración personal.
Los jóvenes de su generación saben lo difícil que es conseguir una oportunidad. En sus trabajos se les exigen resultados, cumplimiento y responsabilidad. Si abandonan un proyecto a la mitad para buscar otro puesto, deben responder por ello. ¿Por qué habría de ser diferente para un gobernador?
El problema no es la juventud. Tampoco las redes sociales. El problema es creer que una imagen moderna garantiza una manera moderna de gobernar. Se puede ser joven y repetir los errores de los políticos de antes. Se puede hablar de futuro y continuar actuando con las mismas ambiciones del pasado.
Se esperaba más de un gobernador joven: Que su preparación, energía y conocimiento del mundo moderno se tradujeran en una administración de excelencia. Creo que muchos jóvenes también lo esperaban.
Esta decepción no representa el fracaso de toda una generación, porque ninguna generación debe ser juzgada por una sola persona. Sin embargo, el gobierno de Samuel García sí podría dejar una mancha sobre la imagen del relevo generacional que él mismo afirmó representar.
Algo semejante ocurrió con Jaime Rodríguez Calderón. Su llegada al gobierno despertó la esperanza de que una candidatura independiente podía romper con los partidos tradicionales y ofrecer una manera distinta de ejercer el poder. Al final, el desgaste de su administración también terminó afectando la credibilidad de aquella figura independiente que había generado tantas expectativas.
Samuel García corre el riesgo de provocar un desgaste parecido. No porque todos los jóvenes de su generación sean responsables de su gobierno, sino porque él se presentó como la expresión política de una nueva época. Si su administración continúa por debajo de lo prometido, su mayor fracaso no será solamente personal: también habrá debilitado la confianza en una generación que merecía ser representada con mayor responsabilidad y excelencia.
Después de esta experiencia, queda una pregunta por hacer: ¿los nuevoleoneses se atreverán a votar nuevamente por lo mismo, aunque se presente con otro rostro y un discurso renovado?
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