Gerson Gómez
Amanece un lunes y, como todos desde el ser humano inventó el calendario para sufrir con horario fijo, el mundo decide irse al carajo con puntualidad ejemplar. No hay alarma que anuncie el Apocalipsis. Llega en silencio, como el saldo de la tarjeta de crédito o la tía que pregunta cuándo vas a sentar cabeza.
Lo primero es no entrar en pánico. Quema calorías, uno las necesita para hacer fila en la tienda de la esquina, donde ya no queda papel higiénico pero sí, milagrosamente, una torre entera de galletas de animalitos. Cómprelas. Si el planeta se derrite, sea con la boca llena.
Segundo paso. Ducharse. Esto es innegociable. El fin del mundo no es excusa para el mal olor. Es, de hecho, la única ocasión en oler mal frente a cualquiera sin consecuencias sociales, pero por dignidad. Uno no quiere presentarse ante la nada eterna oliendo a lunes viejo.
Después, ponga música. No cualquiera. Suene algo con acordeón, algo hablando de una flor de capomo marchitándose bajo el sol de un pueblo. Ya no existe en los mapas pero sí en la memoria. Hay algo profundamente cósmico en un corrido triste sonando mientras el cielo se pone del color de moretón. La tristeza rural y el fin de los tiempos combinan mejor de lo pensado, como el mezcal con el desconsuelo.
Entre acordes y ceniza, conviene preguntarse quiénes somos en el cosmos. La respuesta corta. Polvo con WiFi. La respuesta larga. Somos Ícaro, todos y cada uno, fabricándonos alas de cera con las cuotas del Buen Fin, volando directo hacia un sol. Nunca nos quiso, y sorprendiéndonos siempre, invariablemente cuando el calor las derrite. La diferencia con el mito griego es Ícaro al menos tuvo la cortesía de caer en silencio. Nosotros caemos publicando la caída en tiempo real, con hashtag y todo, esperando likes desde el fondo del mar.
Tercer paso, quizás el más importante. Revisar el correo del trabajo. Sí, incluso si el sol se ha vuelto una advertencia y las calles humean como una plancha olvidada. Habrá un mensaje de Recursos Humanos recordando la política de vacaciones, porque las instituciones, como las cucarachas, están genéticamente diseñadas para sobrevivir cualquier extinción. El capitalismo no colapsa. Manda un correo de seguimiento.
Para el mediodía, si el mundo insiste en su ocaso, siéntese en la banqueta con un café (el último, probablemente, así que hágalo bien, sin prisa, como quien reza) y observe. Cómo la gente sigue caminando apurada hacia ningún lado, cómo el perro del vecino ladra sin saber del vacío, cómo el sol, ese Ícaro mayor, ese suicida original, sigue ahí, quemándose a sí mismo desde hace millones de años, sin drama, sin publicarlo, sin pedir perdón.
El fin del mundo no es distinto de un lunes normal. Ambos exigen uno se levante, se duche, escuche una canción triste, revise el correo y finja, con la dignidad, dar las galletas de animalitos, todo esto tiene algún sentido.
Buen lunes. Buen fin. Que la flor de capomo florezca donde pueda.