lun. Sep 21st, 2026

Gerson Gómez
Carretera nacional. Tráfico. Humo. Claxon. Un tráiler te respira en la nuca. Avanzas a diez por hora y pierdes la dignidad en cada semáforo. Aquí nadie vive. Aquí se agoniza en cámara lenta.
Los aspiracionistas escaparon. Compraron casa en el rincón fresa. Beige por fuera, beige por dentro, beige en el alma. Pasto de catálogo. Perros con nombre de whisky. Hijos con nombre de marca. Huyeron del tráfico y toparon con algo peor. Los vecinos.
Todos se saludan. Nadie se soporta. Los sábados, los matrimonios se miran sobre la alberca vacía y bostezan en coro. Pagaron millones por la paz. Recibieron un cementerio con ciclovía y grupo de WhatsApp.
Caite, cadáver, caite. Cae la tarde sobre el pasto planchado.
Llega el rumor. Un restaurante de sushi. Planta baja. Junto al estacionamiento. Nadie lo ve. Nadie lo sabe. Un letrero flaco promete rollos, sashimi y tempura. Mentira podrida. El sushi es el disfraz. Detrás huele a vicio.
Entras. Arroz, culpa y cloro. Biombos de papel. Peces koi gordos, mudos, cómplices, mejor alimentados y más fieles a su pareja. Tres trabajadores atienden la barra de alimentos. Cortan pescado y te cortan con la mirada. Ya te leyeron. Traes la sed tatuada en la frente. Sueltas la clave. Vengo a ver la barra de vinos.
Ni una sonrisa. Ni una pregunta. Te franquean la puerta secreta. Secreta, sí. Como Chicago, 1925. Un pueblo de gente decente duerme a cincuenta metros y aquí juegas a Al Capone con tarjeta a meses sin intereses.
Caite, cadáver, caite. Cae la máscara junto al trago.
Adentro reina la belleza de la Ley Seca. Terciopelo. Luz de vela. Madera oscura. Botellas formadas como borrachos ante el pelotón. Todo sonorizado. No escapa un ruido. Ni un bajo. Ni una risa. Ni un grito. Si alguien se muere en la pista, nadie lo sabrá hasta el lunes. Nadie sospecha. Adentro todos pecan con aislante acústico.
La música manda y es para mayores de cuarenta. La llaman nuevos clásicos, en inglés y en español. Traducción. Canciones de cuando tenías pelo. Baladas. Pop noventero. Rock de radio. La eterna juventud llega con coros, gel y rodillas tronando.
Caite, cadáver, caite. Cae la noche sobre los solitarios.
Aquí cazan las damas aburridas. Esposas de marido ausente. En Houston, en el gimnasio, marido, en el celular, en otra cama. Llegan en manada. Piden mojito. Fingen no buscar. Cmo jauría. Del otro lado, los varones. Camisa abierta hasta el ombligo. Cadena de oro sobre pecho depilado a la fuerza. Reloj a plazos. Sonrisa de vendedor de autos usados. Todos ansían una aventura. Todos juran discreción. Se huelen, pesan, cotizan. Cada mesa es tianguis de carne con bolero de fondo.
El mesero circula. Sirve. Sonríe. Lo sabe todo. Calla todo. Confesor con charola y propina obligatoria. Sabe quién llegó con quién salió. Conoce como dejó el anillo en la bolsa. Cobra el silencio por copa.
La cantante de voz cansada abre el segundo set, lo de siempre. Los presentes la acompañan con la boca cerrada y el matrimonio roto. Alguien llora en silencio, graba. Nadie sube nada. Lo de adentro se queda adentro, vergüenza incluida.
Caite, cadáver, caite. Cae el pudor sobre la alfombra.
Llega la cuenta. Ahí está el pato. Te toca a ti pagarlo, bato. Cada copa cuesta un riñón. Pagas el silencio. Pagas la puerta secreta. Pagas los koi, el biombo y el sushi de utilería. Pagas la nostalgia. Pagas tu crisis de los cuarenta, servida con hielo. Pagas el pecado ajeno. Pagas hasta el divorcio de la mesa de al lado. El pato salió carísimo y ni lo probaste.
Caite, cadáver, caite. Caite en el estacionamiento.
Tambalenado. Miras al frente. Ahí duerme el pueblo sereno. Decente. Con su iglesia, su tiendita y sus abuelas rezando el rosario por tu alma condenada. Cruzando la carretera nacional. Ni cien pasos.
El antro chic opera sin permiso de venta de alcoholes. Ni un papel. Ni un sello. Ni una licencia. La autoridad mira al techo. Los vecinos miran al piso. El párroco mira al cielo. Hasta los koi miran a otro lado. A nadie le importa. Se cumple con servir tragos. Se cumple con escuchar la música de la eterna juventud.
Mañana llega el apocalipsis. Un meteorito arrasa el pueblo entero. Se abre la tierra. Arden los tráileres. Ahí adentro nadie se entera. Sonorizado, ¿recuerdas? Los cuatro jinetes tocan el biombo. El anfitrión sonríe y pregunta. ¿Vienen a la barra de vinos?” Pasen, señores. La música del ayer no se interrumpe por un detalle como el fin del mundo.
El pueblo reza. Las fresas bailan, se internarán por horas en los hoteles de paso de la zona. El tráiler pasa. El pato, amigo mío, ya lo pagaste tú.

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