Gerson Gómez
Monterrey estrena otoño con su ritual favorito. Los patronos se ponen la ropa buena, pues el Festival Internacional Santa Lucía regresa. La edición 2026 abrió en Parque Fundidora con la exposición Natura, donde seis artistas reflexionan sobre la industria y la naturaleza. Son dos vecinas obligadas a convivir. El tema es audaz en una ciudad donde el humo tiene apellido y el árbol paga renta.
La prensa nacional lo contó con solemnidad. Milenio describió el corte de listón, al cual asistieron Liliana Melo de Sada, fundadora del festival, y Victoria Kühne, presidenta del Patronato. Las tijeras funcionaron a la perfección. Eso tranquiliza, pues en esta ciudad muchos sueñan con cortar cintas y pocos con cortar privilegios.
Kühne vivía en Los Ángeles y se mudó a Monterrey para presidir el festival. Lo contó ella misma, sin pudor y con acento de escenario. Trajo nominaciones al Grammy bajo el brazo. Nadie discute su currículum, sobre todo cuando el currículum canta.
El lema oficial promete “Las Artes a la Calle”. Suena hermoso y casi democrático. La calle, sin embargo, llega siempre con escolta. Primero se cierra, luego se limpia, después se ilumina. Cuando todo reluce, entra el arte, y entra gratis. La gratuidad es el mejor regalo del capital. Cuesta poco, luce mucho y sale bien en las fotos.
La presidenta define el festival como incluyente, gratuito y para todos. Entran, y eso conmueve. Los invitados especiales entran primero, y eso también conmueve.
El programa ofrece de todo. El 22 de octubre, en la Explanada de los Héroes, habrá un homenaje a Juan Gabriel por su décimo aniversario luctuoso, con Aída Cuevas, Majo Aguilar y Paco de María. El Divo de Juárez habría disfrutado la ironía. Salió de la pobreza con una guitarra y hoy lo recuerdan con un patronato. Nadie niega el mérito de ambos caminos, pero tenía menos alfombras.
La noche del concierto, la multitud llenará la explanada. Las familias cargarán sillas, niños y paciencia. Los patronos cargarán copas, saludos y agenda. Cada bando llegará con lo suyo y nadie se estorbará. La desigualdad aprendió modales.
Las cifras impresionan. En 2024 el festival presentó 240 producciones de 26 países. En 2025 participaron más de 800 artistas de 19 países. Los números suben cada año, igual como suben los precios de las casas en San Pedro. El arte crece con elegancia, pues el mecenazgo es la manera más fina de presumir abundancia.
Monterrey ama a sus mecenas con devoción casi religiosa. Los ricos financian la cultura y la cultura les responde con una placa. La placa dura más de un sexenio y casi tanto como legado. En esta ciudad la plutocracia no manda. Sugiere, y todos obedecen con aplausos. El patronato es consejo de administración con mejor vestuario. Si el mundo se acaba, habrá inauguración del último atardecer, con boletos gratis y palco reservado.
La importancia es real y conviene decirlo. El festival coloca a Nuevo León en el mapa cultural, pues trae artistas del mundo a plazas donde el público suele mirar el teatro desde lejos. Hasta la prensa en inglés lo presenta como un evento de talla internacional. México gana escaparate. Monterrey gana algo raro. La sensación de ser una ciudad completa y no solo una fábrica con buenos restaurantes.
Al final, el festival cumple. Llena plazas, reúne familias y convierte una ciudad de acero en escenario. Eso merece aplauso, y lo tendrá. Los aplausos son gratis, como el festival, y nadie pregunta cuánto cuesta ser tan generoso. Natura seguirá abierta hasta el 8 de noviembre. La naturaleza, mientras tanto, permanecerá en exhibición permanente, siempre y cuando la industria lo permita. Arriba, en el palco, la plutocracia sonríe. Abajo, en la explanada, el público canta. Ambos coinciden en algo. Nadie desea hablar de la cuenta.
