Derecho al voto de las mujeres en México: 73 años de una conquista histórica
Luz María Ortiz Quintos
Este 17 de octubre conmemoramos el 73.º aniversario del reconocimiento del derecho de las mujeres a votar y ser votadas en las elecciones federales de México. Una fecha para reconocer el valor, la determinación y la lucha de las mujeres que abrieron camino hacia un país más justo y democrático.
En México, el reconocimiento del voto femenino fue una conquista histórica, resultado de décadas de organización y lucha de diversas sufragistas y movimientos sociales. Aunque en 1947 se reconoció el derecho de las mujeres a participar en elecciones municipales, fue hasta el 17 de octubre de 1953 cuando, durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines, se publicó la reforma constitucional que reconoció plenamente sus derechos ciudadanos en el ámbito federal. Dos años después, el 3 de julio de 1955, las mexicanas acudieron por primera vez a las urnas en una elección federal.
Entre los antecedentes de esta conquista destacan los movimientos de principios del siglo XX y organizaciones como el Frente Único Pro Derechos de la Mujer, que impulsaron el sufragio mediante congresos, movilizaciones y exigencias públicas.
El presidente Lázaro Cárdenas también promovió una iniciativa para reconocer el voto femenino, pero esta no concluyó su proceso legislativo durante su administración.
Los principales acontecimientos de esta lucha fueron:
12 de febrero de 1947: se publicó la reforma que reconoció el derecho de las mujeres a votar y ser votadas en elecciones municipales.
17 de octubre de 1953: se publicó la reforma al artículo 34 constitucional, durante la presidencia de Adolfo Ruiz Cortines, que reconoció la ciudadanía plena de las mujeres y sus derechos políticos en el ámbito federal.
3 de julio de 1955: las mexicanas ejercieron por primera vez su derecho al voto en una elección federal.
Hoy nuestro país cuenta con su primera mujer presidenta. Este hecho histórico nos lleva a pensar que las mujeres tenemos mayores oportunidades para participar en la vida política y ocupar los espacios de toma de decisiones.
Sin embargo, aún existen retos importantes. A pesar de las leyes que promueven la paridad de género en las candidaturas a cargos de elección popular, la representación de las mujeres en los puestos de gobierno todavía presenta diferencias significativas, particularmente en el ámbito municipal.
En Nuevo León, durante la actual administración, solo 9 de los 51 municipios están gobernados por alcaldesas, de acuerdo con la cifra que se ha señalado. Esto representa apenas el 17.6 % de las alcaldías del estado. También se ha señalado que ninguna de estas presidencias municipales corresponde a un municipio del Área Metropolitana de Monterrey, lo que plantea interrogantes sobre las condiciones de acceso de las mujeres a los espacios de poder en las zonas urbanas.
Ser mujer y participar en política sigue siendo un reto. Llegar a ocupar posiciones de mayor responsabilidad exige preparación, capacidad, convicciones firmes y, en ocasiones, enfrentar prejuicios que todavía persisten.
A veces se considera que una mujer con principios, segura de sus ideas y firme en sus convicciones es difícil de manipular. Cuando sus ideales van más allá de un beneficio momentáneo y lucha con determinación por la verdad y la justicia, puede resultar incómoda para quienes esperan obediencia o lealtades personales por encima del bien común.
Pero no todas las mujeres son fáciles de manipular, como tampoco todas son mujeres «difíciles». Lo importante es reconocer que cada persona tiene su propia personalidad, sus principios y su manera de ejercer el liderazgo.
En la actualidad, ya no debería sorprendernos encontrar casos en los que los valores éticos y morales quedan relegados ante los intereses personales. Conocemos escándalos de corrupción e impunidad protagonizados tanto por hombres como por mujeres.
Antes se podía pensar que contar con una mujer en un cargo de poder era garantía de respeto, justicia y honradez. La experiencia nos demuestra que el género, por sí solo, no garantiza esas cualidades.
La integridad no tiene género; se demuestra con hechos.
Hoy, más allá de si quien gobierna es hombre o mujer, debemos reconocer a las personas que participan en el servicio público con una legítima vocación de servicio, honestidad, responsabilidad y compromiso con la sociedad.
El derecho al voto femenino fue una conquista que abrió las puertas de la democracia a millones de mexicanas. Honrar esa lucha significa ejercer nuestros derechos, participar, exigir rendición de cuentas y evaluar a quienes nos representan por sus resultados y su conducta.
No solo se espera la equidad para que las mujeres puedan llegar al poder, sino que se ejerza esa responsabilidad de forma legítima con justicia, capacidad y honestidad.
